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ESCRITO AL RASO

Agosto o Madrid de zarzuela

David Felipe Arranz
lunes 24 de agosto de 2020, 20:03h

Los que disfrutamos del Madrid verdadero, sabemos que este se abre como una dama de noche, que florece durante el verano y durante un solo atardecer. Los amores estivales también parecen tener esta condición: en medio del agreste adoquín, al calor y a las luminarias del madrileñismo, se descubre ese paraíso en flor y menos transitado, que este “annus horribilis” ha sido, sin duda, el de las zarzuelas de los Veranos de la villa. La zarzuela, que es más que una comedia cantada y menos que una ópera, alcanzó su apogeo con los compositores Fernández Caballero, Chapí, Bretón, Jerónimo Jiménez, Vives, Serrano, Chueca, los Valverde, Nieto, Lleó, Calleja y otros.

Dos espectáculos, La corte de faraón, el clásico de 1910, adaptado y remozado al alimón por Juana Escabias y Ricard Reguant, y El estudiante y la zarzuela, de Raquel Acinas, han florecido en medio del agosto cavernario y pandémico como pétalos entre las baldosas y rasillas del Centro Conde Duque, antes cuartel churrigueresco ordenado levantar por Felipe V para su Guardia de corps en 1717. Nada más sólido que una liviana zarzuela para explicar el mito de la perennidad del amor y sus ciclos caprichosos: el amor no es tan amor como lo parece, y toda zarzuela es la explicación, con sus más y sus menos, de esta máxima.

De ahí que la forma que escoge la zarzuela para explicarnos que el amor se hilvana con retales de desamor sea entre el drama y la ópera, de manera similar a la opéra-comique francesa, la opereta italiana, el singspiel alemán y la musical play inglés, con la añadidura en nuestras fronteras del sabroso elemento literario. El nacimiento de la zarzuela no es cosa reciente: se puede asignar con exactitud al año 1629, como aseguran el maestro Pedrell y su discípulo Rafael Mitjana, fecha en que se representó en el Palacio real de Madrid y con música la égloga pastoril de Lope de Vega, La selva sin amor: porque el Fénix de los ingenios fue un adelantado en esto de los amores zarzueleros. La segunda, en orden cronológico, fue la comedia mitológica El jardín de Falerina, con música de Juan Hidalgo, estrenada ante los reyes en la casa de recreo de La Zarzuela que el cardenal-infante don Fernando poseía en el Real Sitio de El Pardo; de ahí el nombre de las fiestas de la zarzuela o, simplemente, de zarzuelas: obras de repertorio en que la música alternaba con el declamado.

Madrid se vuelve en agosto liricodramático, porque el estío se adapta a la zarzuela y no al revés: por eso el Teatro Real no programa en julio, ni en junio, mientras que otros espacios abiertos se llenan de chulapas que van a la verbena o, como el caso de la zarzuela “arevistada” de Guillermo Perrín y Miguel de Palacios, de suripantas egipcias, faraones bufos y generales de los ejércitos de dudosa masculinidad. Marta Arteta nos regaló una Lota picante, fresca, elegantísima de ademanes de la Belle époque, pero sobre las dunas del desierto. Normal que enloqueciera a las momias, al casto José y a algún arqueólogo que se la encontrase como si fuese la mismísima princesa Nellifer a la que dio vida (y carne) Joan Collins en Tierra de faraones (1955), de Howard Hawks; mujer fatal soñada y escrita por William Faulkner, por cierto, entre julepes de menta. Arteta lo mismo nos hace un Grease que un Hole en el corazón. Solo diremos que esta corte faraónica, con una divertida Belinda Washington, hecha parodia de sí misma y enjaezada de oro y collares de los pies a la cabeza, no hace sino confirmar lo que Madrid, bohemia y farandulera, tiene de eterna y musical para los veraneantes de la villa.

En El estudiante y la Zarzuela saltó la chispa de la química entre el barítono Manuel Lanza y la soprano Ruth Terán, que junto al magistral y mudo pianista Miguel Huertas –casi un mimo– mostraron y ejemplificaron pasajes de memorables zarzuelas de Pérez Soriano, Moreno Torroba, Asenjo Barbieri, Sorozábal y otros maestros, en un duelo musical a lo Pimpinela, que es cuando se comprende mejor el milagro del amor, el desequilibrio de los afectos de un Madrid que nutre las noches de los románticos, de los outsiders, de los soñadores, que están en la base de la poética cotidiana de los veranos. Madrid es la gran monografía del género chico, el tema recurrente de estas producciones escénicas, el espectáculo lírico predilecto de los españoles del siglo XVII y venideros. Lo que asegura Tomás de Iriarte cuando dice en su poema “La música”: “Digna mención pudieras / haber hecho también de nuestro drama / que zarzuela se llama, / en que el discurso hablado / ya con frecuentes arias se interpola, / o ya con dúos, coro y recitado; / cuya mezcla, si acaso se condena, / disculpa debe hallar en la española / natural prontitud acostumbrada / a una rápida acción de lances llena”.

La zarzuela es más auténtica en la medida en que se hunde más en el carácter humano de Madrid, que es el de España, y de él extrae sus esencias, mucho más trascendentes y universales que el pintoresquismo, el costumbrismo y el casticismo que muchos ignaros le atribuyen para lastrar al mal llamado “género chico”. Porque la zarzuela ha observado la humana condición y la ha poetizado, pues en ella se ve que la cotidianidad madrileña podría ser la de París, Roma, Berlín o Londres, según las variantes musicales arriba mencionadas. Es decir, que la zarzuela –o sea, Madrid– es universal sin dejar de ser madrileña. Como Lope de Vega, Calderón, Tirso y todos los glosadores que hacen de esta ciudad y sus gentes un mito romántico. Y eterno, naturalmente.

Twitter: @dfarranz

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