www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Historias murales

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 28 de agosto de 2020, 20:08h

Desde hace unos pocos años una pareja manchega de idealistas, Antonio y Maribel, andan restaurando una vieja bodega enclavada en el corazón de La Mancha, a 10 kilómetros de Valdepeñas y a otros tantos de Membrilla, y bastante apartada de la Autovía de Andalucía. Se llama Bodegas San Ricardo, y pretenden ahora transformarla en una especie de museo etnográfico, con venta de los manjares más propios de la tierra de nuestro hidalgo inmortal, introduciendo la garnacha o uva tintorera en la comarca del tempranillo o cencibel. La Bodega y los otros edificios anejos estaban enmarcados en una finca inmensa. De hecho, el origen de La Consolación, asentamiento de colonización y pedanía de Valdepeñas, es precisamente la expropiación en la época de Franco de esta inmensa finca que perimetraba la bodega y la casa señorial y las de la servidumbre. El anterior dueño de Bodegas San Ricardo fue León Herrera Esteban, el último ministro de Información y Turismo de Francisco Franco y creador del ente público de RTVE. Empezó como bodega a principios del siglo XIX, pero el complejo tiene dependencias de los siglos XVII y XVIII. Produjo un magnífico vino hasta los años 80. La restauración del empotro en la nave de tinajas ha tenido un resultado espléndido, así como la capilla familiar y el gran patio de magnífico suelo empedrado en hileras, en donde llegaban los carros cargados de uva. Todo está restaurado con primor y sensibilidad de anticólogo.

Pero a mí, particularmente, me han impresionado grandemente, por su inspiración artística, las maravillosas inscripciones que se pueden ver en una gran pared de la cocina en donde comían y dormían los gañanes. Resulta que en la pared de la derecha según se mira a los llares un artista anónimo, probablemente un jornalero, relató mediante un espléndido dibujo de incisión con navaja la Batalla del Seis de Junio, que se entabló entre franceses y valdepeñeros diez días antes de la Batalla de Bailén, y que constituyó un “tapón de sangre” gracias al cual Castaños pudo vencer al francés. La inscripción está fechada en 1852, y constituye por su ejecución todo un portento histórico. Estas primorosas inscripciones dibujadas recuerdan en su pureza a los paneles de piedra asirios, expuestos hoy en largos corredores en el Museo Británico, en donde vemos ejércitos en marcha o desfiles de innumerables esclavos en donde cada rostro es distinto, en donde la humanidad armoniza y se concretiza con la singularidad individual. El desconocido y genuino artista valdepeñero hace lo mismo: un desfile de soldados franceses singulares que avanzan hostiles y feroces contra el pueblo y las figuras más señeras de la gran hazaña valdepeñera; Juana “La Galana”, “Chaleco”, el cura “Calao”, “La Fraila”, Juan Toledo, Juan Vacas y, naturalmente, Nuestra Señora La Virgen de Consolación. Hace años Valdepeñas estaba cargada de guapas Consolaciones y Solines. Además de representar el artista a los principales protagonistas pilotados por la Virgen, también se destacan dos Iglesias, propiamente la de la Virgen de Consolación, epónimo de esta pedanía, y la de la Virgen de la Asunción, en la Plaza España de Valdepeñas. Pintar o inscribir en la pared dibujos es la continuación natural del arte rupestre, padre de las primeras artes. Y aquí es una recreación de la experiencia vivida por los vecinos de Valdepeñas, lo que nos suena mucho a Husserl y su teoría del arte. Este arte de la experiencia nos sitúa ante un tipo de espiritualidad que, enamorada de sí misma, no ha sabido encontrar objetos de plena satisfacción en ideales nobles que la transciendan. Se ha enclaustrado en un narcisismo localista. Por eso, esta inscripción más que la descripción de una batalla es el autorretrato de un pueblo ejecutado por uno de sus jornaleros. Es evidente que dos generaciones después de los tremendos hechos acaecidos en la Batalla del Seis de Junio, el heroico pueblo de Valdepeñas todavía retenía un eco poderoso de las emociones de aquella jornada sin par, sin duda la más patriótica de los campos de La Mancha. Y esas emociones entrañables que aún rebullían en el alma popular todavía obligaban a los hijos de Valdepeñas a celebrar la efemérides arañando con la navaja de modo sublime parte de la pared de una cocina. También dos grandes pintores españoles adscritos a la localidad, Manuel Delicado y Daniel de Campos han inmortalizado en espléndidos y ya inmortales cuadros aquella jornada que definió el carácter digno de un pueblo español. El actual Ayuntamiento ha levantado también en las calles de la ciudad formidables estatuas y un gran obelisco como remembranza de la gesta. Una de esas estatuas, “El Desesperado”, del gran escultor Víctor Ochoa, que también escribe en estas páginas, es especialmente hermosa y emocionante. Junto a ella flamea de forma permanente una inmensa bandera de España, que insufla patriotismo fresco a nuestros pulmones, y en la siguiente glorieta, la primera según entramos en Valdepeñas desde el norte, una inmensa Ñ de España y Valdepeñas, da la bienvenida a los visitantes.

La historia de las bodegas de Valdepeñas es muy complicada. Se asemeja a un árbol de cerezas genealógico, en el que las cerezas se enredan de modo casi inextricable. A veces los hijos reciben la herencia de su padre multiplicando las bodegas y separando marcas y marbetes, otras veces un hermano compra su parte a sus hermanos. La mayor parte de las veces la bodega grande se ha comido a la pequeña, o las bodegas pequeñas y “a la antigua” van muriendo por inanición. Otras veces un aventurero, que comparte eurítmicamente el espíritu de enólogo con el de empresario, compra una vieja bodega ya de capa caída para mostrar a la humanidad el triunfo de un néctar divino que su ingenio ha descubierto. Otras veces unos sobrinos resolutivos engrandecen la bodega de un tío. Mueren viejas cooperativas y se crean otras nuevas con los mismos vicios fatales que las viejas. Hoy el oligopolio de seis bodegas, una de ellas transnacional, la cual ha llevado el vino de Valdepeñas a todos los puntos de la rosa de los vientos, se ha impuesto, aunque siguen naciendo pequeñas bodegas con la pretensión de alcanzar el mercado de un sabor muy concreto que misteriosamente se espera. Su falta de ambición y elitismo será precisamente el éxito de su permanencia. En definitiva, el vino no sólo ha dado de comer a centenares de miles de españoles, y ha alegrado durante muchos momentos en la vida el alma tantas veces entristecida del hombre, sino que ha creado una acrisolada cultura material que hoy admiramos emocionados en las Bodegas San Ricardo.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (19)    No(0)

+
4 comentarios