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Vidas rotas

Luis de la Corte Ibáñez
domingo 24 de agosto de 2008, 21:16h
Como otras muchas veces, María y Clara toman un avión para desplazarse a las Palmas de Gran Canaria. Entran en el aeropuerto de Barajas y repiten las rutinas de seguridad y control que preceden a cualquier vuelo. Al iniciar la salida algo parece no estar en orden y se regresa al punto de partida. Todo el que haya subido a un avión con mínima frecuencia ha vivido alguna incidencia técnica. Tiempo de espera. Luego se recomienza el despegue. Probablemente la mayoría de los pasajeros ya están pensando en lo que les espera al llegar a su destino: el inicio de unas ansiadas vacaciones, con todas sus oportunidades de diversión y ocio; el final del descanso, con la vuelta a la rutina, el trabajo, las tareas pendientes, el reencuentro con familiares y amigos. María y Clara vuelven a casa, como tantas veces. Sus vidas son en buena medida inseparables pero también son distintas, como no hay dos biografías ni dos novelas iguales. Los traslados son como interrupciones en la propia existencia o en lo que ésta tiene de interés y sentido. El sentido de nuestra vida siempre aguarda más allá de las salas de espera, de los tiempos que ocupan nuestros desplazamientos de un lugar a otro del mundo. Lo normal es que mientras ocupamos el asiento del metro, el tren o el avión demos por hecho el final del trayecto y, con ello, la reanudación de nuestros proyectos y afanes, la vuelta a una vida con sentido. Sin embargo, esta previsión natural quedó truncada el pasado miércoles para todas las personas que tomaron el vuelo de María y Clara. Al día siguiente ambas aparecieron en los periódicos convertidas en números: Clara por ser una de las 153 personas fallecidas debido al fatal accidente sufrido por el vuelo JK5022 de la compañía aérea Spanair; María, en cambio, se cuenta entre los 19 heridos que ocupaban el mismo avión. Me remito aquí a María y Clara, y no a cualquiera otra de las víctimas del accidente, porque las conocí vagamente hace mucho tiempo al ser su familia amiga de mi propia familia. Además, el caso de ambas contiene un terrible agravante de dolor, y es que María es madre de la fallecida Clara.

Parece probable que María se recupere físicamente del accidente; vivirá… mas, como a cualquier otro familiar de cualquier otra víctima, le será bastante más difícil renacer a una vida plena de sentido. Como a cualquier otro familiar de cualquier otra víctima, le atormentará la ausencia de una hija joven que tenía toda la vida por delante, como suele decirse. Como cualquier otro familiar de cualquier otra víctima, María se hará preguntas que jamás logrará responder mientras a ella y a sus seres más próximos les remorderá la conciencia el recuerdo. Al principio levantarse cada día a un mundo donde Clara esté ausente parecerá un esfuerzo inútil, un despertar baldío a amaneceres en sombra.

Pese a todo, tarde o temprano María se verá abocada a alguna circunstancia que le haga vislumbrar la ilusión por alguien o por algo. Diversos estudios clínicos demuestran que el acompañamiento y las muestras tempranas de interés, afecto y apoyo favorecen y aceleran la recuperación de experiencias gravemente traumáticas. Esto contraviene la sensación de impotencia que suele asaltar a los amigos y familiares cuando intentan ayudar a las víctima de tragedias como las del pasado miércoles. Al convivir durante años con sus compañeros de un campo de concentración el psiquiatra Victor Frankl aprendió a sacar partido terapéutico a una sentencia de Nietzsche que había aprendido en su juventud: “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cosa”. Al hablar con diversos prisioneros que albergaban intenciones suicidas (algunos por haber perdido ya a todos sus familiares en el fragor de la guerra) Frankl descubrió que todos ellos coincidían en una misma actitud: los traumas padecidos les habían llevado a una situación en la que ya no esperaban nada de la vida. En consecuencia, la clave para su recuperación consistía en atacar ese efecto tratando de hacerles ver que “la vida todavía esperaba algo de ellos”, que el porvenir ofrecía la posibilidad de encontrar un nuevo sentido a sus vidas si se decidían a buscarlo. Y, en efecto, la posterior experiencia de Frankl, así como la de otros muchos profesionales de la psiquiatría y la psicología clínica, ha corroborado que la recuperación del sentido ha sido posible para millones de individuos traumatizados por vivencias tan catastróficas como la del pasado miércoles. Aunque a María y al resto de las personas afectadas por la tragedia de Barajas les aguarden muchos días de dolor y desesperanza es bueno que sus seres más cercanos no olviden que esa posibilidad es real e incluso probable. A su vez, esto es especialmente cierto si esos mismos allegados no desisten en arropar a los afectados y les impulsan, contra su natural desidia inicial, a reinsertarse al trasiego de la vida lo antes posible.
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