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ESCRITO AL RASO

Vuelta a la anormalidad

David Felipe Arranz
lunes 07 de septiembre de 2020, 20:29h
En el trajín de la vuelta al cole nos jugamos la segunda ola; los ministros del ramo sanitario y educativo, Illa y Celaá, chocando entre sí los chapines de colores como Dorothy pero al revés, dicen que se está más seguro en las aulas que en ninguna parte. La idea es muy poética y trae retazos de ficción, porque este inicio de curso se presenta azaroso.

Confían los ministros en las enfermeras escolares –cuando las haya–, las mascarillas, las manos lavadas y los geles desinfectantes, así como en las distancias que los infantes van a guardar entre sí, en ese jardín de almitas que se besan, empujan y golpean que es el aula. Si los niños no se contagian, el Ejecutivo habría obtenido una victoria sobre la realidad y caminaría hacia el sendero de los grandes magos, los visionarios y los profetas, destruyendo así la coherencia de la estadística. El coronavirus va camino de hacerse “ismo” a golpe de contagio, de manera que de enfermedad terminará en “coronavirisimo”, que es una actitud ante la vida, cuando uno se encomienda a los santos apóstoles y confía en su intercesión para que nos libren a todos de la pandemia, porque otra cosa parece que no.

El ciudadano español, sintomático o asintomático, elige para su biografía entre el confinamiento leve, la telepresencia, el zoom y la hipoxia, en una vida que tiene ya más de baile apocalíptico de máscaras que de regreso a la “nueva” normalidad, entre negacionistas de la Covid-19 y rocieros del Ejecutivo, caceroladas de la derechona y palmeros de la gestión ministerial. Todo un mundo de postrimerías para hacer este último tramo de la historia, donde al ciudadano se le exige confianza, confianza, más confianza y sentido común. Así que más de ocho millones de alumnos invaden hoy patios y comedores, mientras más de dos mil profesores dan positivo en las pruebas serológicas, solo en Madrid.

Los sindicatos de profesores calculan que se necesitarán setenta mil docentes y una inversión de cuatro mil millones de euros para cumplir con la ratio de los veinte alumnos por aula como máximo. Y los ministros y consejeros de educación, que estaban de vacaciones en agosto, corren para aprobar en esta repesca, que será enriquecedora por acumulación de enfermos y negligente por “abrumación” si nadie pone remedio. Conjurando esta realidad sublimándola, entrevistando a médicos y virólogos en todos los telediarios, escapando así y paradójicamente al realismo hospitalario, de cuyas unidades de cuidados intensivos apenas hay imágenes. Solo de enfermos que salen entre aplausos por los pasillos, empujados en sus sillas de ruedas, imágenes que son nuestra levadura pandémica: blanca y feliz.

El exdirector de asistencia sanitaria en situaciones de crisis de la OMS, Daniel López, ya ha dicho que “el esfuerzo que ha hecho Madrid con estas pruebas es un desperdicio de recursos vergonzoso y un gasto injustificado”, refiriéndose a las pruebas serológicas, que parece que tampoco son la panacea a la hora de detectar al bicho y a las que ha tachado de “improvisadas”. Negar la validez de estas medidas es negarle la gestión toda a la presidenta Díaz Ayuso, que ya tendría que ir pensando en dimitir, como tantos otros. La enseñanza, precisamente, legitima el hacer de los políticos, esa fe ciega que tienen algunos en que nuestros representantes están al cabo de la calle en eficacia y funcionalidad. Lo cual es un fanatismo.

Contra ese fanatismo se habría de levantar precisamente el periodismo, la masa crítica, los padres, el profesorado y hasta los bedeles, donde descansa –se supone– el escolasticismo de nuestros días. Pero las cifras ascendentes nos hablan de una España todavía medieval, cuyas élites comprenden que más vale voto en mano que servicio al ciudadano. En nuestra tradición, desde tiempos de Fernando VII, es siempre la imaginación del desmemoriado españolito obediente la que pinta con los mejores colores el ranking de sus dirigentes, del que solo tiene la visión exterior, que es la prosa maquillada de la gestión, y no la poesía. Se les disculpa todo porque salen muy guapos y feromonales por la tele o en el “cuore”. De manera que hacemos algo normal de lo anormal: normalizamos lo inconcebible. Y así nos va.
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