Los valores propios son los fines que dan sentido a la vida humana. Empleemos la expresión valores-fines. No empujan a tergo, sino que atraen a fronte. Son una invitación, una llamada, una propuesta, una oportunidad que se nos ofrece. El cartel en la carretera dice A Sevilla. Pero mínimamente acelera la velocidad de nuestro coche.
Por tanto, no hay aquí problema alguno respecto a la libertad positiva. Los valores-fines no empujan, o hacen fuerza sobre nuestra libertad positiva. Sólo nos estimulan o animan a decidirnos por el bien.
La cuestión se plantea ahora con respecto a la libertad negativa. Véase nuestro artículo “Patraña la libertad es un valor” (El Imparcial 10/06/20).
La libertad negativa consiste en un espacio abierto a nuestra elección. Se la designa también con la expresión libertad de elección. ¿Dónde está ese ámbito dentro del cual la libertad positiva puede decidirse y escoger?
Eso nos lleva inmediatamente a distinguir entre fines y medios. Los valores en cuanto fines no dejan espacio alguno a la elección. Deben ser cumplidos. Especialmente esto es claro en los valores éticos. Omitirlos es ya violarlos. Es obligatorio hacer el bien y evitar el mal. No podemos elegir ad libitum entre el bien y el mal. No hay libertad de elección en cuanto a los fines.
En consecuencia, la solución para la libertad negativa hay que buscarla en los medios. Somos libres en sentido negativo, porque cualquier valor ético puede llevarse a cabo con diversos medios. El espacio abierto a la elección está en las diferentes maneras en que podemos cumplir un valor-fin concreto. No somos libres negativamente en cuanto al valor-fin. Pero sí lo somos en cuanto a los medios para alcanzarlo.
Pongamos un ejemplo. El trabajo es un valor-fin. Estamos obligados a ganarnos la vida con nuestro propio esfuerzo y no ser una carga para los demás. Denotamos el vicio opuesto con la despectiva palabra gorronería. Lo decisivo ahora es que podemos cumplir con este valor ético del Trabajo lo mismo como mecánicos, abogados o fontaneros. Estamos obligados a trabajar, pero podemos elegir libremente el modo de hacerlo.
Quizá este ejemplo parezca un sarcasmo hoy día, cuando la tasa de paro está en muchos países en el 20% o más. Por tanto, se impone aquí un inciso.
No hay ciencia ética de los casos concretos. Sólo hay ciencia de los valores o principios generales de nuestra conducta. No está escrita en ningún libro la decisión que yo debo tomar ante el problema moral concreto que tengo delante. Lo único que puedo hacer es aplicar los valores a mi preciso caso lo mejor que pueda y sepa. Es lo que llamamos virtud formal de la prudencia.
Lo mismo les ocurre a los políticos. Tienen que tomar la mejor decisión posible para reducir el paro, de modo que lo normal sea encontrar pronto un puesto de trabajo. Pero cómo conseguir en la práctica empleo para todos tampoco está escrito de antemano en ningún libro. Sólo cabe apelar a la prudencia política. Algunos economistas piensan que es imposible lograr una tasa de paro inferior al 4%.
La Axiología es una ciencia teórica. Nos dice cuáles y cuántos son los valores éticos recurriendo a la Regla de Oro. Si todo el mundo hiciera A, y además vemos claro que todos saldrían ganando y nadie perdiendo, entonces A es un valor ético. Pero tomar luego la decisión adecuada para vivir hic et nunc el valor A, eso lo fiamos a la prudencia. Lo mismo para la persona singular que para los diversos responsables sociales.
Damos por concluido este inciso dejando claro que el trabajo sigue siendo, al menos teóricamente, un valor ético, cualesquiera que sean las tasas de paro efectivas en un país o tiempo concretos.
Volvamos a la idea de que siempre hay varios medios para realizar cualquier valor-fin. Hablando en general, podemos atribuir a los medios una valiosidad que refleje su utilidad para alcanzar los valores-fines. Hablaremos entonces de los valores derivados o valores-medios. Constituyen el ámbito axiológico que llamamos economía, entendida esta palabra en un sentido algo más amplio que el habitual.
Resumiendo. Frente a la causalidad, nos hemos topado con la noción de libertad en sentido positivo. Frente a la finalidad nos topamos ahora con la libertad negativa, o libertad de elección, vista como un abanico de medios útiles entre los cuales podemos escoger para vivir un valor-fin.
Todo lo anterior no presenta mucha dificultad teórica. Es fácil de comprender y aceptar. Pero en seguida surge un problema mucho más profundo y difícil. En teoría, no está abierta la opción de violar los valores éticos. Ni siquiera la de omitirlos. Pero de hecho la libertad positiva los viola y omite constantemente ¿Qué ocurre entonces con un deber-ser que no llega nunca en este mundo a ser como debe ser? Si el deber-ser nunca logra imponerse y triunfar plenamente sobre quienes lo omiten o violan, ese deber-ser sería una mera apariencia, un espejismo, un falso deber-ser.
Nicolai Hartmann habló de tres antinomias de la libertad.
La primera, o Kausalantinomie, ya la conocemos, si bien Hartmann no habló de la causalidad divina, porque se consideraba ateo. Se limitó a aceptar la solución de Kant respecto a la causalidad de la naturaleza o la sociedad. En todo caso, de esta antinomia surge el concepto de libertad positiva.
La segunda, o Sollenantinomie, consistiría en cómo ser libres frente a la finalidad de los valores. Sollen es la palabra alemana para deber. Hartmann no habló de fines y medios, sino que consideró los valores éticos como inofensivas ideas platónicas, que no pueden reaccionar o castigar las violaciones de hecho de la libertad positiva. Más bien se atrevió a escribir esta asombrosa frase: Si el culpable se eleva hasta el orgullo de asumir su culpa y cargar con ella, esto es en verdad el más alto orgullo de la libertad (Ethik, 78, a).
En palabras más llanas. Los valores son objetivamente tales y deben ser. Hartmann aceptó esta fundamental tesis de Scheler. Pero si el hombre los viola, y a continuación asume su culpa de violarlos…., ahí se acaba la historia. Pues los valores como ideas platónicas son impotentes para imponerse sobre los violadores. No existe un más allá donde los valores pudieran castigar a quienes los incumplen en este mundo.
Hartmann habló de una Tercera antinomia o antinomia de las dos primeras antinomias. Según la Sollenentinomie el hombre no puede de iure violar los valores. Pero según la Kausalantinomíe los viola de facto.
La curiosa opinión de Hartmann es que si el hombre asume la culpa de violar los valores, y carga con ella en su conciencia,…. ahí termina todo. Según él, los valores tienen una existencia real-ideal. En cambio, la libertad positiva del hombre es real-actual. Si entran en conflicto, lo real-actual es más fuerte -en la terminología de Hartmann-, y prevalece sobre lo real-ideal.
Hay una patente contradicción entre la primera parte de su Ethik, en que defiende la objetividad de los valores éticos, y la tercera, en que su deber-ser queda frustrado para siempre.
Hartmann plantea correctamente la Sollenantinomie, pero no ofrece solución para ella. No explica cuál pueda ser el espacio abierto a la elección que reclama la libertad negativa. O habría que suponer que ese espacio es en definitiva elegir ad libitum entre cumplir con los valores o violarlos. Si alguien los cumple, estupendo. Y si alguien los viola, echa tranquilamente la culpa sobre sus espaldas…. y santas pascuas. Asumir la culpa, sin recibir castigo alguno y sin necesidad siquiera de arrepentirse, es muy poca cosa. Para Hartmann, asumir la carga de la culpa es sólo reconocer que se ha ofendido a una idea platónica, y quedarse luego tan tranquilos, puesto que las ideas platónicas no muerden.
Las muchas páginas que Hartmann dedicó a la Segunda antinomia exponen en realidad la falsa solución que él propone para la Tercera antinomia. Esta incoherencia era en cierto modo esperable. Está obligada por la contradicción de fondo, antes aludida, entre la primera y la tercera parte de su Ethik. Los valores éticos no pueden consistir, en último análisis, en inofensivas ideas platónicas. Un supuesto deber-ser, que nunca llega a imponerse sobre la realidad que lo contradice, es un falso deber-ser.
La axiología, que se apoya en la formalización de la lógica, concibe los valores como perfecciones reales de Dios, y a Dios mismo como Valor Valorum, hontanar del que brota todo valor y todo deber-ser. Llamemos Sündeantinomie a la Tercera antinomia, o antinomia de las dos primeras. Por supuesto, jamás Hartmann hubiera empleado la palabra Sünde o pecado. Dejó sin bautizar a la Tercera antinomia.
Y resolvamos la Sündeantinomie afirmando que Dios hará que, en un Juicio Final en el más allá, el deber-ser de los valores éticos llegue enteramente a ser, o triunfe definitivamente sobre quienes los violaron u omitieron impunemente en este mundo.
Esta es la solución que Dostoiewsky anticipó con gran penetración en su célebre novela Los hermanos Karámazov. En ella se repite insistentemente la idea si Dios no existe, todo está permitido. Si un asesinato queda impune en este mundo, tiene que haber otro mundo en que sea debidamente castigado. Tiene que existir Dios, para que el valor ético de la justicia llegue plenamente a ser. So pena de que justicia no sea un valor-fin, sino sólo una palabra sin sentido, o a lo sumo una inofensiva idea platónica.
En efecto, si Dios no existe, entonces nadie haría nada malo por asesinar al que está fumando, y sólo porque le molesta el humo. Si es un poderoso de este mundo, le asesina y luego se queda tan tranquilo. Ni siquiera tiene que asumir su culpa, como dice Hartmann. Está bien seguro de que la justicia humana no le alcanzará y la justicia divina no existe. Al menos para él, ningún tipo de justicia existe.
Ese fue el caso de Smerdiakov. No corría riesgo alguno, ni en este mundo ni en el otro. Es el caso también de tantos poderosos de este mundo. ¿De qué se quejan las víctimas, si la mala suerte quiso que fueran los débiles? ¿De qué van a arrepentirse los explotadores, si nadie les va a pedir cuentas?
La lógica formalizada ha confirmado el argumento de Dostoiewsky. Véase el artículo La falacia ser →deber ser y la eutanasia. (El Imparcial 14/04/20). El deber-ser ético se formaliza lo mismo que el Ser Necesario.
Digamos de paso que los teólogos de la controversia De Auxiliis, mencionada en el artículo anterior sobre la causalidad (El Imparcial, 01/09/20), hubieran llegado fácilmente a la deseada concordia, si hubieran comprendido desde el principio que la gracia no es una presión a tergo, sino una invitación a fronte, que deja siempre intacta la libertad humana en sentido positivo.
En terminología axiológica, podríamos describir la noción religiosa de gracia como una intuición más profunda y penetrante de lo normal sobre alguno o algunos de los valores. Y concedida por Dios a alguien de modo excepcional. En nuestra jerga actual diríamos una información axiológica privilegiada.
En nuestro artículo La Trinidad axiológica (El Imparcial 05/07/20) se hace ver hasta dónde llega la Axiología, cuando se apoya en la lógica formalizada. En términos taurinos, se diría que nos pone en suerte para dar el salto desde la Razón a la Fe. Aceptar que Dios, como Ipsa Veritas, se ha encarnado en este mundo, para que haya una solución de recambio a la férrea y única que ofrece la Sündeantinomie. Que exista la segunda opción de arrepentirse y obtener el perdón a Dios.
Es el salto que deseo al lector, si aún no lo ha dado. Por lo demás, desde la formalización de la lógica, la existencia de Dios ha pasado a ser un tema que la racionalidad humana ha resuelto para siempre. De los que aún no se han enterado, cabe decir con San Agustín, son tan ignorantes que ignoran hasta su propia ignorancia.
Apéndice. Diálogo de Hartmann y el ladrón.
Hartmann. - Devuélveme los 5.000 euros que me has robado.
Ladrón.- No puedo. He asumido la culpa del robo. Si te los devuelvo, me quedo sin culpa con que cargar. Está en juego mi orgullo como ser humano.
Hartmann.- Tienes razón. No había caído en ello
Ladrón.- Y tú ¿has asumido ya la culpa de haber dicho tantas tonterías?