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TRIBUNA

El hipopótamo

miércoles 09 de septiembre de 2020, 20:29h

El griego, que es un idioma maravilloso del que en parte procede el nuestro, dispone de dos términos: Hypó es una partícula que significa debajo de, y otra casi homónima es ‘ippos, caballo. Al hipopótamo común (Hippopotamus amphibius) le encanta el agua, de ahí el nombre con que le bautizaran los griegos clásicos, caballo de río, aunque también pudiera traducirse la palabra hipopótamo como lo que está debajo del río. Por mucho que evitemos ponernos metafísicos, el río-hipopótamo queda siempre por debajo del animal-hipopótamo, para que el segundo se sumerja debe tener algo a su vez más profundo donde ocultarse. Sea como fuere, la realidad es profunda, tanto que se nos oculta inevitablemente cuando se manifiesta, incluso cuanto más se nos manifiesta. Ella tiene siempre algo debajo, algo que la subyace, porque la vida no es ni un río, ni un caballo insustancial. El caso es que nos volvamos tan desconfiados y suspicaces como un paranoico ante lo profundo que tenemos delante, pero también suele acontecer todo lo contrario, a saber, que cuando alguien no es un mero algo, la realidad está para él llena de sorpresas y el mundo se le antoja un enorme hipopótamo sumergido.

Mucho se ha hablado de la fabulosa Mesopotamia, que quiere decir río medio, y no medio río, como el Manzanares madrileño a una de cuyas orillas resido, es decir, el río que está en medio de otros ríos, interfluvilandia por así decir y, por añadidura analógica, la zona de tierra que queda en medio de ríos, razón por la cual cada país entre ríos podría ser llamado mesopotámico. Aunque algunos se enfaden, quienes se desinteresan por las etimologías ni han descubierto aún lo subyacente, ni han explorado luego a pie enjuto los países intermedios, ni siquiera han buceado en las zonas personales propias más intrincadas.

Los animales lo son cada uno a su modo; por ejemplo, los elefantes son al parecer muy memoriosos y, por su parte, los hipopótamos son animales anfibios, pues llevan hipócritamente una vida de noche y otra de día, no terminando de salir del armario; además resultan unos grandes nadadores que pueden aguantar hasta cinco minutos bajo el agua gracias a que sus ojos y su nariz se encuentran elevados, lo que les permite respirar y ver lo que ocurre en la superficie mientras se mantienen sumergidos. Así pasan la mayor parte del día descansando, y por la noche llegan a recorrer diez kilómetros para buscar pastos; en esas circunstancias de tanto desgaste paren una cría cada dos años y viven unos cuarenta años, cincuenta en cautividad.

Quien lleva una vida de día y otra de noche, una vida ambigua (amphibia) no solamente es receloso, sino también agresivo, y eso es justamente lo que les ocurre a los hipopótamos que, gracias a sus fuertes mandíbulas y largos colmillos que no dudan en emplear para atacar, ayudados también por su enorme peso, son los animales que más muertes causan en África entre humanos, por delante de especies tan temidas como el tigre o el rinoceronte, pedestal del que únicamente los desbanca el mosquito, que transmite graves enfermedades como la malaria o el paludismo. Para matar vale todo, lo mismo un animal grande como otro pequeño.

Los hipopótamos pasan su vida semicamuflados, por eso, aunque son animales gregarios, tienen un comportamiento solitario, gregarios por fuera, salvajes por dentro. Y, aunque no deseo convertir a los hipopótamos en personas, sí debo decir que existen muchas personas hipopotamizadas, cuyo fuero interior es netamente hipopotámico, aunque se pongan toneladas de rímel en las pestañas de sus enrojecidos ojos siempre en vigilia. No debería de extrañarnos demasiado que los animales desconfiados y violentos, y en el caso del animal humano especialmente, se vuelvan esquizofrénicos, duales, y paranoicos, pues se sienten perseguidos, de ahí que su hipervigilancia los lleva a exacerbar su prudencia, la cual termina siendo agresiva, condenada por desconfiada.

Por lo dicho hasta aquí, aun siendo animales gregarios, tienen un comportamiento solitario, nunca solidario. No me imagino, pues, una comunidad de hipopótamos, a no ser en el circo político. La naturaleza ha dado a cada criatura su defecto y, como nadie nace sin defectos, el mejor es aquel que tiene los más pequeños; definitivamente, un tartamudo entiende mejor las palabras de otro tartamudo. De todas maneras, tartamudos o mudotartas, no sé a estas alturas por qué cuando un hombre mata a un tigre o a un hipopótamo lo llaman deporte, y cuando el tigre o el hipopótamo matan a un hombre lo llaman ferocidad, ¿verdad querido Orwell?

Pero hay excepciones, y a ellas nos vamos a referir con alegría. Los perros san bernardo, conocidos por llevar el barrilito de cognac colgado al cuello, tiene una bella historia. En efecto, “Bernardo de Mentón fundó en 1035 el Hospicio de San Bernardo en los Alpes suizos, un santuario donde peregrinos, viajeros y soldados que se aventuraban a cruzar los difíciles pasos entre Italia y Suiza encontraban un refugio donde guarecerse del intenso frío y de la nieve. Se calcula que estos perros han rescatado en los Alpes a más de dos mil personas que, de lo contrario, hubieran fallecido. El san bernardo más famoso fue un perro llamado Berry, a quien se le atribuye haber salvado la vida de cuarenta personas entre 1800 y 1812, año en que casi pierde la vida por varias cuchilladas, al ser confundido con un lobo mientras trataba de desenterrar a un hombre de la nieve. Tras fallecer fue disecado y puede verse en el Museo Histórico Nacional de Berna. Imposible también olvidar a Niebla, de la serie Heidi, al que tanto le gustaban los caracoles”[1]. ¿Qué tal, queridos lectores, si en desagravio del hipopótamo humano hacemos una peregrinación a Berna, cuando pase el coronavirus, el año que viene si Dios quiere?

[1] Hoyo, J. del: Epónimon. El sorprendente origen de las palabras con nombre propio. Editorial Ariel, Barcelona, 2016, p. 83.

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