Ahora que comienza el curso escolar parece adecuado hablar de educación. De eso hablaremos, pero permítanme que aborde el asunto por una vía lateral que tiene algo de apología de uno mismo.
Conviene comenzar por declarar un cierto grado de satisfacción personal y un estado de relativo equilibrio psíquico por parte de alguien que posee una percepción muy sombría de nuestro presente. Bajo el imperio absoluto de la felicidad resulta antipático, si no arriesgado, describir el mundo a la oscura luz de una sensibilidad mal integrada. Ni siquiera es una sensibilidad sutil y penetrante como la que decía sufrir Jünger, como un olfato irritable que convierte en insoportable hedor el más leve olor desagradable.
Basta con una sensibilidad no suficientemente embotada por una vida tomada por la imagen, estragada por la abundancia interminable de sugerencias inconsistentes, llevada por el agitado vaivén de deseos constantemente inducidos. No ya vencidos, ni aquietados, sino enardecidos por el comercio y sus efectos disolutivos sobre nuestros modos de consumo. Basta una sensibilidad que, por cualquier razón, haya conservado la mínima capacidad de respuesta a la invasiva presencia de estímulos degradantes de la condición humana, envilecedores de nuestra dimensión antropológica o directamente destructivos del modo humano de ser. Porque – discúlpenme los negacionistas – hay un modo humano de ser.
La hiriente oscuridad en torno es capaz de estimular la más fatigada sensibilidad, siempre que conserve el mínimo de vitalidad, la más escasa reserva de realidad. Pero la constante irritación de esa superviviente sensibilidad conduce irremediablemente al final agotamiento y a la inhibición de cualquier respuesta: a la muerte espiritual, en suma. En mitad del torbellino de estímulos calcinantes y devastadores la sensibilidad superviviente dejará de responder, se acallará o se hundirá lentamente en una insensibilidad silenciosa y cerrada.
Y, sin embargo, es posible conservar no sólo una cierta satisfacción personal o un estado de relativo equilibrio psíquico, sino también una alegría profunda y una consistente fortaleza de ánimo que se consolidará con el silencio. No responder – dice Nietzsche – es propio de naturalezas nobles, sólo el que es fuerte puede detener la respuesta. Acaso la ofensa de constantes aguijones lleve por lo pronto a una defensa negativa o reactiva, sin embargo, si la disposición personal es fuerte, se robustecerá en el silencio al punto de que finalmente la ausencia de respuesta tendrá el valor de una acción decidida y determinada y no un simple efecto del agotamiento. Se configura así el carácter de una persona tranquila que no responde constantemente, sino oportunamente.
¿Pero cómo lograr una disposición personal fuerte? ¿cómo construir el carácter de una persona tranquila? Quien tuviera la respuesta a esa cuestión: ¿no estaría en posesión del secreto fundamental de una auténtica educación? El problema es original o arcaico, contemporáneo del ejercicio de esa actividad pasmosa, que constituye la forma de vida característica del viejo Sócrates. Como original o arcaica, la cuestión es no sólo vigente, sino que resulta cada vez más urgente ofrecer la respuesta adecuada, quiero decir, verdadera. La profusión siempre creciente de trastornos psíquicos que, al parecer, nos alcanzan a edad temprana, el desorden universal de las conductas o las actitudes, la desorientación entre la polvareda de las opiniones… son signos de una pérdida fundamental. Los sistemas educativos europeos – cada vez más homogéneos – no parecen hallar solución al naufragio colectivo y es difícil objetar la tesis, defendida por Jean Claude Michéa, según la cual están orientados consciente, sostenida y sistemáticamente contra la educación no sólo técnica o instrumental, sino también personal o filosófica, a la que aludía. Nuestro sistema educativo es – en palabras de Michéa – una escuela de la ignorancia.
Para mantenerse en pie, pese al descorazonador diagnóstico acerca de nuestro presente, es preciso no haber perdido – lo que presupone que se tuvo alguna vez – toda confianza en el prójimo, de manera que quepa esperar alguna respuesta efectiva capaz de remover de algún modo el detrito que asfixia nuestras vidas. Y es condición anterior no haber perdido – lo que presupone su previa posesión – un vínculo comunicativo y real con el prójimo, que facilite una apertura generosa y confiada capaz de engendrar bienes comunes. Esas condiciones arrojarán una sensibilidad capaz de percibir el sombrío estado presente del mundo sin volverle el rostro.
Configurar esa actitud exige una forma de vida en común que hoy resulta apenas concebible y cuya demanda exige revoluciones. Esa actitud es, sin embargo, condición necesaria y anterior de cualquier educación instrumental que no conduzca hacia un horizonte atroz. Quien conserva esas virtudes o sabe cómo construirlas tiene asegurada una fuente inagotable de alegría en mitad de la barbarie. Desempolvar los textos en los que se definió ese modo de estar en el mundo empieza a ser urgente. Es – por lo pronto – el gesto que delata la alegría del cenizo.