Pablo Carreño volvió este viernes a las semifinales del US Open, único Grand Slam en el que ha podido concurrir a esa altura. Repetía el peldaño alcanzado en 2017 y esa vez se enfrentaba a uno de los nombres pujantes de la nueva generación. Se trataba de Alexander Zverev. Pero ni el español ni el alemán -de 26 años- habían probado nunca el sabor del aterrizar a una final de un 'major'. Con lo que se esperaba cierto nerviosismo global.
Sin embargo, la pista Arthur Ashe acogería un inicio rebosante de confianza y de seguridad por parte del español. El jugador que se benefició del pelotazo que Novak Djokovic propinó a una jueza de línea -sin querer, en el duelo de octavos de final ante el asturiano- sometió al germano con total claridad en los dos primeros sets. Se trabajó una salida a cancha fulgurante desde el fondo de la pista para sellar un 3-6 y 2-6 en un pestañeo.
Dudaba Zverev -pupilo de David Ferrer-. No leía cómo romper la fluidez con la que el tenista de Gijón le había neutralizado el poderío de su saque. Lucía desquiciado 'Sascha', impotente para superar las pegajosas defensas de Carreño, quien aliñaba su rocoso despliegue con golpes ganadores de derecha y también con el revés. Se había quedado sin soluciones el teutón, que nunca, en toda su carrera como profesional, había remontado dos sets en contra.
La inercia apuntaba a una ventisca contra el que fuera número 3 de la ATP, con el español brillando. Pero la tercera manga asomaría torcida, con respecto a lo visto, y susurraría una metamorfosis del paisaje y las sensaciones. Las vacías gradas del templo neoyorquino atestiguarían un renacer del todo inesperado del alemán, que iría afinando su servicio, amontonando 'aces' (sellaría 24) y pegando cada vez más fuerte y firme. Al tiempo, el físico y la convicción de Pablo se esfumarían.
Arrastraba el asturiano problemas en la cadera derecha -fue tratado en su guerra de cuartos de final ante Shapovalov- y lo pagaría. Esas molestias rimarían con su pérdida de determinación para crearle un verdadero problema con su revés. Zverev le buscaría ese perfil de manera insistente, al tiempo que tornaba inaccesibles sus turnos de saque. Y rascaba bolas de break casi en cada oportunidad de servicio rival.
El excelso juego inicial de Carreño se diluyó y ya no llegaba a los cañonazos ni devolvía bolas punzantes. Su saque también quedó contaminado, en un bloqueo de juego que le constriñó a jugársela en el quinto set, toda vez que perdió 6-3 y 6-4. Se había reiniciado el enfrentamiento con una sola manga por jugarse. Y con el representante ibérico, 27º del circuito masculino mundial, sollozando en cada intercambio. La cifra de sus errores no forzados se agigantaría, empujándole hacia el descarrilamiento anunciado por el cambio de dirección del viento.
Se le escapó la ocasión de tomar el testigo de Rafael Nadal en Flushing Meadows y de convertirse en el jugador con menor ránking en alcanzar la final del Abierto de Estados Unidos. Tres horas y 22 minutos duraría un esfuerzo que en sus dos segundas partes se limitaría a sobrevivir y evitar la remontada de un Zverev imperial desde su servicio y también siguiendo la estrategia de lanzar latigazos profundos y hacia el revés ajeno. Pasó de cometer 36 errores no forzados en los dos parciales inaugurales a resucitar en modo dominante.
Luchó Carreño con orgullo, incluso lanzándole un par de bolas al cuerpo al oponente germano. Se había quedado sin fuelle y, en el desenlace, sin ideas. Recibió tratamiento en la cadera antes de arrancar el set decisivo y se dejó todo para sólo ceder un break -que sería el definitivo- en el tramo postrero. El gijonés murió de pie pero impotente. Pecando de inconsistencia, un síntoma impropio en su repertorio. Su declive sería irrefrenable, para su desgracia. Tanto como el crecimiento de un joven teutón que estrenará final en un Grand Slam ante el ganador del cruce entre Thiem y Medvedev. Sin Djokovic, Nadal y Roger Federer en liza, la juventud grita protagonismo. Al fin.
"Sé que es un buen resultado y es una buena actuación, pero en estos momentos es duro asimilar la oportunidad que he perdido hoy. Es difícil decir algo positivo", señaló el asturiano al término del encuentro. Destacó, eso sí, que en su opinión ha jugado "muy buen nivel" en todo el torneo. "Estas dos semanas han sido increíbles", remarcó. Y se despidió subrayando que este viernes se siente "peor" que cuando perdió en la semifinal del US Open en 2017. "Hace tres años era mi primer semifinal, estaba muy feliz de hacer eso, pero ahora no es suficiente con jugar la semifinal otra vez. Era una buena oportunidad de continuar ganando partidos, de ganar el título. Pero tengo que continuar, estoy jugando bien, me encuentro cómodo en la pista. No puedo parar ahora", concluyó.