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ORIENT EXPRESS

Cuando Europa se salvó en Viena

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 13 de septiembre de 2020, 19:09h

El 12 de septiembre debería ser una fecha celebrada en toda Europa. Ese día del año 1683 las tropas del rey de Polonia Jan III Sobieski y del duque Carlos V de Lorena derrotaron en la montaña de Kahlenberg, frente a las murallas de Viena, al ejército otomano que asediaba la ciudad. Fue el último intento del sultán de conquistar Europa y puso fin a una serie de ofensivas que, prolongadas desde el siglo XIV, habían ido ampliando el Imperio otomano por los Balcanes y la llanura danubiana. En adelante, la Sublime Puerta iría sufriendo sucesivas derrotas militares que revelarían una decadencia política y cultural. Bernard Lewis situaba la toma de conciencia de ese declive por parte del imperio en la firma de la Paz de Karlowitz (1699), en la que los otomanos tuvieron que negociar un tratado conforme a los usos diplomáticos europeos y desde una posición de debilidad. Ya no dictaban las condiciones de la rendición, sino que debían entenderse con los vencedores. El camino a Karlowitz empezó a las puertas de Viena.

No era la primera victoria sobre una potencia islámica en Europa. La caída de Granada, que puso fin a la Reconquista, el ascenso de Moscovia y la expansión imperial española y portuguesa por África y hacia la India, China, y las Filipinas fueron jalonando ese retroceso de los grandes imperios árabe, persa y otomano. Aún tardarían unos dos siglos en desaparecer, pero los ejércitos del sultán no volverían a ser una amenaza existencial para la Cristiandad, es decir, para Europa.

Por supuesto, es un episodio problemático en tiempos de sensiblería, pacifismo y desmemoria en nuestro continente. Una victoria militar en el contexto de una guerra de religión y no sólo política resulta incómoda; sobre todo, si los vencedores están sumidos en un complejo de culpa tan injustificado como paralizante. En Europa, hoy, parece que uno debe sentir vergüenza por el pasado como si la civilización occidental fuese la responsable de las calamidades que azotan el mundo. El miedo a herir sensibilidades termina provocando un olvido de la historia y una reescritura de los acontecimientos. En ningún país islámico existe complejo alguno a la hora de celebrar victorias del islam. El imperio islámico construido por el Profeta y sus sucesores se considera una época dorada. No se lamenta la toma de Constantinopla, ni la conquista del Asia Central o del norte de África. No se considera que haya culpa alguna por el tráfico de esclavos, que en algunos lugares persiste hasta hoy. Sólo Occidente sufre de complejos absurdos y culpas universales a la hora de mirar a su historia.

La victoria de Kahlenberg fue un éxito clamoroso para toda Europa. Al año siguiente, nacería la Santa Alianza para combatir a los otomanos en Europa y neutralizar su amenaza. El proceso que había comenzado con la conquista de los Balcanes en el siglo XIV-la batalla de Kosovo Polje fue en 1389- y que había llevado a la caída de Constantinopla en 1453 tocaba ahora a su fin. Como indica Bárbara Stollberg-Rilinger en “El sacro imperio romano-germánico” que ha publicado hace algunos meses La Esfera de los Libros, “la Santa Alianza entre el Emperador, Rusia, Polonia, Venecia y el Papa consiguió espectaculares victorias contra los turcos, que hasta 1739 fueron expulsados paso a paso de Europa de forma que, en el siglo XVIII, habían dejado de representar un peligro para Europa”.

Así, no es exagerado afirmar que, hace 337 años, la carga de los tres mil húsares alados de Jan III Sobieski con su rey al frente salvaron a Europa en Viena junto a las tropas de Carlos V de Lorena y la guarnición que defendía la plaza al mando de Ernst Rüdiger von Starhemberg. Llegó a haber una cabalgada de 18.000 jinetes divididos en cuatro cuerpos ladera abajo contra las tropas otomanas que veían cómo los cristianos acudían al rescate de la ciudad asediada mientras los defensores hacían una salida después de semanas de asedio.

Los héroes de Viena deberían tener estatuas en todas las grandes ciudades de Europa y en su memoria deberían dedicarse calles y plazas sin complejos ni miedos. Aquel 12 de septiembre de 1683 así como en las campañas posteriores -la liberación de Buda, por ejemplo, en la que combatieron, por cierto, 300 españoles que asaltaron las murallas- se salvó nuestra civilización y, de alguna forma, nos salvamos nosotros.

Esta columna honra hoy la memoria de la victoria a las puertas de Viena.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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