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TRIBUNA

El eterno retorno reflejo de Adam Kadmon

Víctor González-Quevedo
lunes 14 de septiembre de 2020, 20:46h

Tras la reelaboración suntuaria y santuaria de unos deliquios oscuros como la eidética visión de la Muerte («because death is a party, indeed the obscurest one»), nos nihilizamos contorsionadamente ante el negacionismo romadizo y obsceno de estos congéneres, que tan poco reputamos asimilables a estas gnoseologías imperfectas pero decantadas, extraño o extranjero conocimiento arrancado al dolor y a la injusticia deambulatorios: ellos, agresivos como ectoplasmas, representan quizá seguramente (oh lógica difusa) el Frente Ultrapsíquico Popular. Unigénito, tú no existes salvo en la noche, y ya somos un monolítico Adam Kadmon, el primer profeta que se clavó en los ijares estrellas cual vampíricas estacas: entre un mar de verráquicos procederes, caminamos heridos hacia el Parnaso verde de la vindicación en olvido parcial, «because death is an horizon». Sustantivamente transidos por un lampo amarillo, y transportados por las luces blancas nocturnas, trepidamos unos conceptos en la ignición, no trasnochados, vistos con horror en 1991, capicúa del «sexual arousal». «Cause life is essentially painful, we are beyond significance, in between the semantics of void». Traduzca (no sabe) multifásica (no querría) la neurosis (no quiere) que su mano, de artrosis o artritis invadida, nos ofrece votiva con dedo engatillado hasta hacer clac de claqueta. Nos duele un punto corporal como a Tiresias las mamelas en el obeso aquél, estelado en el «Friso Beethoven» de Klimt, gran pintor aparte de préstamos y quizás hasta plagios, pintura ciclópea acerca de los pecados capitales: nos duele hasta el momento de la ingenitura desecada, de la abstracción refleja, en la perfección de Kadmon, Alfa y Omega de la nihílisis, con o a pesar de cualquiera ansiólisis. Porque la vida David la da cuando la vid es removida, lo davítico no es un barro ni el Golem ni el opio ni la gentilidad más miserable, sino el sedimento que construye el Edificio hasta el Infierno.

Así, una tensa pureza nuestra nos enferma, pero la impureza anímica de tantas gentes (cuán cultivados, caritativos y humanizados están estos prójimos, con o sin escabel) proporciona al concepto de la esencialidad sustantiva un miosotis violentado y violeta, exudado en la piedra sin transmigrarse: exudado acaso de la sangre henchida de la ternera amarilla, proporciona a la plasticidad del concepto (concepto de función fruitiva) una adherencia semítica de índole daimónica algo eudemonista, y hemos llegado acaso a la primera parada cerebral en el ínfero: buen camino para el Descensus ad Inferos, con vocación de jacobeo o de jacobino, tanto da. Nos reímos con espasmódico vicio cuando el inicuo es ajusticiado (rara vez ocurre), pues «Ius iniquitas es». Y es que quizás en los acólitos de un club giratorio no has de hallar a Adam Kadmon, sino al belfo gordo de Belfegor, a ese bello cebú de beldad de verdad que es Belcebú. En la ciudad de los cigotos traicioneros llueve en verano, y nos hacen efecto las píldoras para dormir: los que están por debajo de la norma (agria es la norma no alcanzada, por debajo del concepto abstractivo, y se paga cara en el otro mundo, los zotes según Blake no arriban al Paraíso, por evitar lo telúrico y falsificar lo terrenal) plantarán todos ellos flores sanguinolentas para añadir al equipaje para el Huerco. Defunciónense quienes viven y no comprenden, pues ésos son deleznables y tibios, y hay que ser un hipocausto interior en vela y en lucha, no candoroso ni cándido. Nuestro puñal nos abre una tibia duda en el infinito; después, cae sin noticia...

Necesitamos una taza de café caliente para anortar aún mas el conocimiento espiritual cuya vaina, cuerpoalma metafilósofo, se quiere a toda costa perjudicar y forcluir. Necesitamos la riqueza del ¿quién puede sacar a un buen cantor de la sequedad? para dejar al emperifollado alacrán muy confortable con su nudo corredizo bajo la garganta: el chalaneo, los mamelones túrgidos de Tiresias en la hora Omicrón, las óperas en el centro del burgo que nos proponen los planteles, todo ello camina por debajo del concepto, y nuestra obra más estúpida sería suicidarnos, si bien no sería precisa, exactamente absurda: acostumbrados a la denegación del símbolo, simbolizamos y no sacamos de paseo al signo, ese can cerbero sin dimanación respetable, tan encantador, faucero, tan fautor de inconvenientes. Dos albertos locales que se parecen mucho en el corpucho dan sus murgas sin comprador, y a mediados del Siglo de las Artes y las Letras un enorme y precursor Charles Baudelaire se dio cuenta: «la clase preponderante ya no encarga poemas», sólo catafalcos con alas que parecen élitros, más que plumas de ángel de albura. Así pues los corderos siguen por los viales alucinantes su naturaleza visionaria, que es sacrificada como tótem y convertida en tabú. Y el guerrero que ocupa su lugar en la cúspide y teme ser asesinado, sabe que el asesino también temerá ser asesinado, sacado esto de lo freudesco. Tal noción, atavío apenas de lo atávico, que valía en Roma tanto como en culturas más veteras, es ahora un mohín de renuencia en la suprema confianza de los más avisados tetrarcas, que emiten sus mensajes de hielo y fuego, como en el libro de un Gimferrer. Así, más menos como hemos indicado, es el eterno retorno reflejo de Adam Kadmon entre la niebla. El sol no se sabe si castiga o eterniza el día, y estas ciudades saben todo y no conocen más que la lucha eterna..

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