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TRIBUNA

Casa III. Aliviar al alma como un mapache

miércoles 16 de septiembre de 2020, 21:02h

¡Cuántas veces me he visto delante de un fregadero con la pila repleta de vasos, platos y cubiertos y sin friegaplatos!. Enjuagas, friegas, aclaras y escurres, uno detrás de otro o por partes y no hay que pensar en ello sino en cualquier otra cosa para entrar en automático, aunque sea una tarea que exige sumo cuidado. Al cabo de un buen rato, con la pila nuevamente despejada y con la ligera frustración que nos produce el saber que no durará así mucho tiempo, lo que más nos sorprende es que las angustias y preocupaciones que nos invadían se han escurrido igualmente por el sifón del fregadero o se han ido orillando desde tus ojos hasta las manos al compás del agua y no tienes ganas de llorar como antes, un milagro.

Hay otras variantes para esta efectiva terapia, como cambiar muebles de sitio, el reorganizar trastos y ropas de una sala o el mover las tierras del jardín, el plantar y hacer podas de aficionado. Cosas que parecen insignificantes frente a tus méritos y capacidades, con minutos gastados que no te van a engrandecer nada de nada, pero cosas al tiempo que ayudan a restablecer tu alma. Sí, ya sé que he dicho primero milagro y después alma y que no soy un hombre religioso, pero al igual que pasa con expresiones como el ¡vaya por dios!, ¡dios mío! y otras casi idénticas sobre la divinidad, son parte de nuestra educación, expresividad o lenguaje y no le busco empeño por eludirlas o encontrarles sucedáneos. Si la persona ciega no hace más que ver cosas cuando te habla y se lo toman con gracia cuando se lo preguntamos y los ateos mencionan a dios continuamente y los creyentes mal hablados lo utilizan para expresiones más fecales que no comparto en absoluto, ni por respeto, ni por ese lanzamiento verbal que ensucia el firmamento y a sus deidades, por muy espontáneas que estas sean, es al hilo de ese alma, al que tan bien le sienta que nuestro intelecto superlativo y nuestras manos entren en fregados, habremos de imaginarnos mapaches lavadores que asean su psique al borde de un arroyo, ayudándose del rítmico protocolo de las manos.

Y si queremos posterapia, recomiendo regar plantas con regadera o con una manguera algo destartalada, que nos salpique un poco, para mientras la tierra y las zapatillas se van empapando, sentir cómo nos alienta que en nuestro aturdido mundo haya seres que simplemente brotan y reverdecen con tal elemental cuidado, y no se si incluir como tales a los dedos de los pies que tengo… encharcados.

Pdta.

El artículo está escrito por un hombre que evidencia que en las casas las mujeres ya están excesivamente aliviadas en su alma con esas exquisitas tareas, rutinarias y esclavizantes, lo que convierte al relato en un absurdo y sin-sentido para ellas, casi en una ofensa. Que se me perdone, porque hablo para aquellos que de vez en cuando se buscan a sí mismos con una fregona o un estropajo y si encima creen que acarrea algo sublime, tal vez en adelante echen una mano en casa.

VICTOR OCHOA
Cuaderno. Hombre fregando. Tinta y aguadas sobre papel. El Tigre (B.A.)
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