Hay en la poesía de Justo Braga un gusto por cultivar un verso cotidiano. En su obra de gran empeño, tras Poemas del apacible interior, La fábula del viento o De todo lo que fue, el nuevo Todos tus crímenes (BajAmar Editores), nos dice en el poema inicial del mismo título: “Tienes ojos de venganza / cuando miras / y un azul / en tu mirada inamovible (…) / Soplaba, / otra vez, / la fábula del viento. / Y tú, / ni pálida ni débil, / te alegrabas / de tanto crimen, / tan injusto cometido por tus ojos”. Los crímenes se encuentran no solo en inhóspitos patios traseros, sino también en nuestros informes del interior. Se zambulle constantemente en la novedad, aunque no deliberadamente, todo está vivo al principio. Citando a Paul Auster: “Al principio todo estaba vivo. Los objetos más pequeños estaban dotados de corazones palpitantes, y hasta las nubes tenían nombre. Las tijeras caminaban, teléfonos y cafeteras eran primos hermanos”.
Justo Braga utiliza el juego del culturalismo. Su poema “Klimt o Kandinsky” señala: “Ya sabes -lo hemos hablado- / que somos solamente un terreno celular / pero robusto (…) Mirado al microscopio, bien pudiera parecerse / a explosiones hormonales / que no aciertan muchas veces / a ocultar lo que hay dentro de nosotros. / También a mí se me parecen / a algún fondo marino o cuadros de Klimt o de Kandinsky”.
Lo que hay detrás de los poemas del filólogo y periodista Justo Braga son abismos, bolsos de Prada, sed asesina, muerte de amor, conciencias, desamparo, cafés comerciales, cementerios y envidias. En el prólogo, de lenguaje poético, Fernando Beltrán nos lo cuenta, audaz y brillante: “Los poetas son quizás los únicos malhechores - desobedientes empeñados en no hacer rectas las cosas, para entendernos- que no regresan nunca a la escena del crimen”. Los poetas, si regresan a la escena del crimen, lo hacen con los papeles extraviados y con una precisión impasible. Un poeta, si es buen poeta, posee una fe y una confianza invencibles.
En Braga hay cadáveres refinados a la manera de Francisco Umbral, el autor sin cabeza pelada que escribía cosas gigantescas como Crímenes y baladas (1981): “Voy a poner primero, donde empieza este libro, / un cuchillo de tiempo que he visto en la cocina, / voy a poner delante, porque el lector lo use, / un bruñido abrecartas, pulcro de asesinatos”. Se entremezclan en el poemario páginas y palabras impecables que conocen bien el camino, el hilo del tiempo que se ruboriza, un lector que dice cosas y se sostienen como un tornillo, prosas que alegan que nos van a vigilar, dagas que abusan de su hospitalidad, luces de fin de mes que guardan silencio, grandezas rotas que son realistas, bocas destrozadas que besan con claridad.
Justo Braga no se mete en mil jardines desconocidos. Es un poeta autobiográfico que refleja lo que le pasa sin dejar de lado sus grandes ideales. Crece poema a poema. En “Los teléfonos de la ciudad” nos dice cómo escribe cuando escribe versos: “Para eso, / necesito estar ausente, / salir del despacho / y jugarme la vida con alguna carambola”. Fugaces son muchos de sus poemas (Justo Braga puede hacernos recapacitar sobre la naturaleza humana hasta irritarnos, para que veamos con claridad), otros levantan el vuelo a base de oxímoron (“un cadáver muy bello”) o de estrategias trabajadas (“Primera carta a José Luis). Al autor le gusta reescribir una y otra vez sus propios poemas, esos que se dan cuenta de que pueden o deben cambiar la situación. Le da nueva vida al adiós y al día gris en Vetusta. Hay golpes que dejan grandes cicatrices. El poema “Tu padre” es de los mejores del libro: “A veces / tu padre se te muere / a principios de semana. / Es lunes. / Tú ya sabes / de la muerte. / Te lo anuncian. / Entonces, / uno cede / al contratiempo / y se acostumbra / a casi todo”. Un padre “se te muere”, afirma. Y sabemos que es tan triste como corriente, tan fugaz como doliente. El cansancio está tranquilo y crepitante.
Las mejores ocurrencias vienen de fantasmas de cuerpo presente y pétalos de flor, de ninfas enamoradas que tratan de seguir las convicciones personales con un espejo que las alimenta de manera torpe, de situaciones cotidianas, de puertas que se van cerrando conforme vamos avanzando. ¿Cómo consigue entrar en el juego del lirismo con vivacidad y mucho ánimo? El tono de Justo Braga confía en el amor remachado por las lecturas de Mallarmé, Verlaine y Baudelaire. La lucidez es levantada como una silla a gran altura en el aire. “Los sospechosos” y “Los culpables” se titulan las secciones del libro en las que nos trae a Góngora y versos espontáneos, guerra y paz (“¿Te acuerdas, amor?: era La Paz. / Con mayúsculas”), una España trenzada en llamas (“Nosotros pasábamos la tarde del domingo / estudiando la gramática de la guerra que habría de venir”), erotismo (“En la orilla, / una multitud contempla el cuerpo desnudo de Belisa”), atajos que no se destruyen por la psicosis (“No hay fronteras, ni límites, ni aduanas. / Siempre hay tiempo para el amor / que todo lo puede”).
Columnista de prensa diaria, colaborador, entre otros, de El País y la Ser, Justo Braga encuentra la precisión en escenas de la vida real y reflexiona sobre el desorden que atisbamos como en “Restos”: “Esta mañana he recogido los restos / de la cena. / Ceniceros llenos / y vasos vacíos de la nada. / Te estuve observando desde la puerta / y mirando cómo dormías. Vi cómo te agitabas / y miré cómo crujías sobre la almohada de seda / en nuestra generosa cama (…) Vasos vacíos de la nada / y ceniceros repletos de huesos / que convierten tu cuerpo dormido / en un cadáver de hombre imperfecto”. Que también sabe Justo Braga hacernos ver que la precisión delata a los asesinos. Cadáveres exquisitos y verdad gritando como un rebelde, poesía con una misión que cumplir: iluminarnos con chispeantes líneas que se mantienen a flote, con inteligencia y erudición.