Rémy de Gourmont (1858-1915) fue un escritor, crítico de arte, periodista (publicó gran parte de su increíble obra en el autofundado «Mercurio de Francia», hasta que una polémica le defenestra de su tribuna) y también ensayista francés, de gran éxito en su día desde el principio, debido a su ciclópeo y penetrante «insight» acerca de temas y procesos troncales en las Altas Humanidades. Gracias al Proyecto Gutenberg y a falta de algo más tangible, obtuve una copia digital en inglés (no la he encontrado en cárpeto) de «Decadencia y otros ensayos». Me gustaría circunscribirme a la sección última de este trabajo: en ella, un Rémy deliciosamente analítico (pero no obstante, también sintético a su manera y muchas veces visionario) describe los procesos creativos subconscientes, necesarios para un arte legítimo... ¡desde el punto de vista del Arte excelente y puro, no de la vida luenga ni de la conveniencia connivente de ninguna sociedad! De Gourmont es un gourmet de los «artistas del subconsciente», desde Mozart a Beethoven pasando por Vigny y Baudelaire, hasta Villiers de l’Isle-Adam o algún filósofo ilustrado como Locke. En todos halla un idéntico patrón obsesivo y revelador: el subconsciente trabaja en artistas, escritores y científicos como una duda excitante pero rumiada, que invita a cuestionar la realidad a partir de los subestratos de la consciencia. Para Gourmont, el inconsciente es el aguijón de la creatividad intelectual: para todos o casi todos los artistas que comenta, el signo patognomónicamente mortal de una biografía sometida por extrañas fuerzas a la insania biopsíquica.
La condición intelectual más exigente está reñida con el descanso de la psique en vicarías de lo activo: quizás por ello el intelecto se lleva bastante bien con la horizontalidad no procreativa-sexual del cuerpo. Ya Cioran decía que en horizontal, despierto o dormido, se piensa mejor. Para nuestro autor, la voluntad no es más que el encauzamiento del caudal artístico; es el caduceo, no el cuerpo que sufre y el espíritu que crea, contorcido. La voluntad al modo de Maese Schopenhauer es perfectamente secundaria (o al menos, sencillamente complementaria) en el hombre de genio (el «man of letters» clásico), mientras que el hombre de deberes opera justo inversamente, por voluntad, sin ceder un ápice de preeminencia al marcado carácter mistérico-misterioso, telúrico-trasminador e íntimo-esotérico de la parte oscura (en un sentido diurno) de la potencia psíquica del subconsciente. En la primera sección de su libro, el gran escritor que comentamos nos habla acerca de varios tipos de talento: el basado en el sentido común es el más basto y alcanzable por la mayoría; luego habría otro que deriva originalmente unas ideas a partir de otras preexistentes (lo conozco y es un pensamiento nervioso como cola de lagartija, un dinamismo metasensorial, no obstante primerizo, que resulta inicialmente placentero) y ya finalmente nos encontraríamos en el súmum de la creatividad pensante, el desagregacionismo, que parece preceder en décadas a la deconstrucción de Derrida; de ahí el «anterior a la letra» de este hombre genial, deformado en el rostro por un lupus putañero, que era cauterizado hasta la deformación.
La idea es simple y para nada más provocadora de lo necesario: la condición creativa es quizás un don, pero un don que lleva al malditismo macrosocial, y a la incomprensión monolítica. Nadie con esta condición se interesa por la superficialidad, y los conscientales lo hacen continuamente: el cisma entre el homo creator y el homo habilis hace totalmente imposible el consensuar un concordato, pues lo que el uno muere el otro lo vive, y lo que el uno vive el otro lo desconoce. Es como un verso que se escinde entre lo irreal simbólico y lo real sígnico, como comparar inútilmente la profundidad de la noche de un Vladímir Holan con cualquier poeta de hoy en día, superficial y por tanto parte de la tribu, de la horda y de la recua. Nosotros, hasta los tuétanos y en partida desde el géiser y el adminículo, trasudamos en el recuerdo una hipofanía cuyo correlato no parece ser de este mundo, o al menos está en las profundidades o en la materia oscura. Los subconscientales somos así: cualquier tentativa por comprender a los conscientales o ser comprendidos por ellos es una utopía sin remedio. Rémy de Gourmont lo supo, quizás, desde el principio...