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Buero Vallejo o la honestidad

lunes 25 de agosto de 2008, 22:32h
Mi amistad con Buero Vallejo nació de mis primeros estrenos, que no iba nadie y que no pasaba nada. Allí había un señor muy serio con pipa, imperturbable, que al acabar el estreno me saludaba, me regañaba y se iba. Fuimos habituales en el café Gijón, donde descubrí la verdadera personalidad del eximio autor. El mejor dramaturgo de la postguerra. Un estreno de Buero constituía un acontecimiento. Burlaba como le daba la gana la censura. Sabía que estaba ahí y continuaba escribiendo. Por cierto, hay que ver lo poquísimo que los teatros públicos reponen la obra de este genial autor. Nació en Guadalajara, como el que no quiere la cosa, el año 1916. Ganó el Premio Lope de Vega del año 1949, con Historia de una Escalera. Se abrió la plica del concurso y el autor estaba en la cárcel por rojo. De lo que se deduce, que aún no se había puesto de moda la cosa del pucherazo. Tratándose de un autor novel, es de subrayar el hecho de que, por primera vez, en el teatro Español de Madrid se suspendieran las tradicionales representaciones del Tenorio, a causa del éxito de La escalera. En una escena dramática tensísima. Se aplaudió tanto, que Chapete -el regidor de escena- dio un empujón a Buero y salió al escenario. Aquello fue la leche. Desde la primera obra, Buero fue un autor consagrado. Y jamás cambió: Ni de mujer -la gran actriz Victoria Rodríguez- ni de amigos. Este misterioso personaje, no iba de tal por la vida y cualquiera que se topaba podía atestiguarlo: Cordial, educadísimo, de risa fácil y espontánea. Lejísimos de los atormentados personajes de sus obras. Engañosa con su triste figura, que más bien parecía un quijote en lucha abierta, con sus molinos de viento particulares. Coincidimos en el Consejo de la SGAE. La amistad de Buero era un lujo, que no estaba dispuesto a dejar pasar. Me empeñé y logré ser su amigo hasta el final de sus días cercano al siglo veintiuno. Raro era el día, que no le acompañaba a su casa y que no me regañase con vehemencia y con razón, supongo.

Un día terrible, su querido hijo se mató en una moto, viniendo de El Escorial. Ni Victoria, ni Antonio lograron superar esa tragedia, digna de la invención de Buero Vallejo. Se venía a mi despacho de la SGAE. Se sentaba con su pipa apagada en frente de mí; “He venido a llorar, no quiero que me vean en casa”. Yo le acercaba una caja de pañuelos y allí se quedaba hasta que se cansaba y se marchaba sin regañarme.
Tuvo todos los premios habidos y por haber. Fue Académico de la Lengua. Su teatro se representó en el mundo mundial. La publicación de sus obras completas fueron todo un éxito de ventas y él siguió siendo el mismo. Con su misma honestidad, su honradez, su mujer, su otro hijo y sus amigos.

¿Cómo triunfó en este país sin enemigos? Esa es la pregunta del millón. No se sabe. Puede ser, que en vida de Buero no se atrevieran. Después de muerto es condenado al silencio. A su persona y a si teatro. Buero es el representante más calificado en este país, de un teatro trágico, en el que los problemas del hombre se plantean con hondura y esperanza. Ni los elogios, ni las censuras le han logrado desviar de su propósito: buscar a un público maduro y hablarle de su condición humana y social sin caer en la tentación de aleccionar a toda costa. Lo importante en su teatro es la libertad del personaje, lo positivo que debe imperar en nuestro libre albedrío, es decir; la libertad de que disponemos en este mundo. Hay que leer a Buero y verán que bien.

Un ser humano irrepetible y un lujo de amigo. ¡Qué suerte he tenido!

Juan José Alonso Millán

Comediógrafo

JUAN JOSÉ ALONSO MILLÁN es comediógrafo

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