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TRIBUNA

Desmemoria

miércoles 23 de septiembre de 2020, 20:23h

La distancia es el olvido, se decía antes con un aire de melancólica resignación. Cuando se predicaba el amor al prójimo y el vecino – uno más de la familia – era una presencia habitual en los momentos fundamentales de nuestras vidas. Esos momentos que estaban significados por ritos de paso o, en un mundo católico, por los Sacramentos: bautismo, primera comunión, matrimonio… Las mismas ceremonias que destruye la actual victoria de la distancia: eran ceremonias de proximidad, de comunidad y trato mutuo.

Si algún poeta ya encontraba el colmo de la amargura en una boda por lo civil ¿cómo calificaría a una boda por la pantalla? Me pregunto si las décadas que Platón convivió con Sócrates tendrán una medida proporcionada en número de horas de docencia online. ¿Quién se aproximará al lecho en que agonicemos para darnos la extremaunción sin mediaciones telemáticas? Tendremos que morir solos, como solos hemos vivido y hasta el último aliento codiciaremos una caricia sugestiva, virtual y psicológica.

La distancia es el olvido, ese olvido que late en la palabra “letal”. En las condiciones de aislamiento en que sobrevivimos, el Leteo inunda nuestras vidas, que se pierden entre estímulos electrónicos y claves de acceso mientras vamos y venimos en navegaciones asombrosas. Por lo menos el flâneur, que flotaba por las calles de las grandes metrópolis europeas de principios del siglo XX, se cruzaba todavía con cuerpos que había que evitar, recibía el aliento frío de las tardes o los olores de la ciudad. Hoy es únicamente una mirada extraviada entre un estímulo y otro, turista a la velocidad de la luz que emite la pantalla.

Los que ya no caminan realmente, sino acaso sobre cintas continuas en salas de fitness, y no se han tallado el hábito que permite sostener la mirada sobre largos textos, es natural que padezcan de falta de atención: la enfermedad del olvido. En efecto, el olvido no es simple ausencia o mero vacío, sino precipitación discontinua entre objetos efímeros. Privados de la fortaleza de la duración, la plasticidad infinita de los impulsos configura un sujeto mudable y quebradizo. Las cosas se diluyen como aquellos objetos que Salvador Dalí – con su fuerza profética – situó en “La persistencia de la memoria”. Las cosas perdieron hace tiempo su sustantiva consistencia y resultan hoy fugaces, ocasionales, provisorias. Así también se define la subjetividad que las ve pasar, cambiante ante el fluctuante devenir.

La distancia y el olvido encierra también un infierno afectivo y voluptuoso. El sujeto desmemoriado y solo, inquieto y vibrante, se confunde con su deseo – fuente interminable de sufrimiento – acicateado por un horizonte poblado de inestables sugestiones comerciales. De aquí para allá navegamos, como cagajón por acequia, dándonos caprichos con la yema del dedo y cobrando venganzas, o regalando dones insustanciales, con la punta afilada de la mano con la que administramos iconos emocionales. Nadie parece notar que la distancia que introduce la telecomunicación es la raíz de la epidemia de desatención, que el juego comercial constante que se representa ante nosotros online apenas nos vincula a nada, aunque resulte eficaz como medio para sostener el incremento del beneficio. Nadie parece reconocer que sería preciso retirarse y recogerse offline, en auténtica soledad, para aproximarse a la presencia real del prójimo y recuperar el corazón y la memoria. Par coeur dice la bella expresión francesa que expresa de una vez el fundamento cordial de la memoria, su raíz comunitaria herida para siempre en esta sociedad de individuos fantasmales y apetitos sin gloria.

Ayunos de recuerdo, incapaces de atención, flâneurs entre novedades ruinosas, dotados de una voluntad blanda y pantanosa asumiremos o consumiremos el pasado que nos narren los señores de la historia y así como vivimos en un presente artificial, diseñado para la pseudosatisfacción de un deseo inagotable, así también creeremos conocer un pasado definido por el arcano ministerio de la memoria: democrática, naturalmente.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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