La que nace y muere conmigo la llamo intimidad.
Mostrar con pulcritud todo lo que somos es una trampa, como lo es tener que decir todo lo que se piensa o no repensar aquello que se dice. Horadamos en nuestra vida uno o varios túneles “chapoguzmán” que se van dilatando por sí mismos a lo largo de los años con la pala de nuestros imaginarios y desvaríos y el pico de los arrebatos y de lo que buenamente nos de la gana. Conforman un fantástico mural, como aquel tríptico de Las tentaciones de San Antonio del Bosco (Hieronymus Bosch. + 1501) en su gruta del desierto que hace las veces de sepulcro. Un mural impenetrable a los demás y que no tiene por qué pasar a la realidad como el jugo de limón, pues juega en los mundos inexistentes sin necesidad de la aprobación del resto de seres humanos. Como dije, nacen y mueren en nosotros y nadie tiene derecho a exigirles la luz de la virtud, ni las tinieblas del pecado.
Psicólogos, terapeutas, psiquiatras, consortes, amigos y familiares, andamos siempre trapicheando a sus puertas con la pretensión de calmar el espíritu de nuestros semejantes, pero la más de las veces ese atropello enfrenta a Jekyll y Hyde (Robert Louis Stevenson, 1886) en una lucha fratricida o goyesca hasta que uno derrote al otro y lo deje devastado. Y por eso nos sentimos obligados a mentirles con el silencio de lo inapropiado, respondiendo que no pensaba en nada, cuando en realidad no sería necesario responder si nos respetáramos lo que no sabemos del otro.
La intimidad hace sus dibujos con la mente, pero necesita en ocasiones interpretarse y es ahí donde se construye el escenario de la casa. Deberían los arquitectos y diseñadores dar cabida a su armario, como un espacio fuera del mundo tangible y estigmatizado, a resguardo de las miradas, escuchas y tactos, donde vivamos con absoluta libertad nuestras íntimas ensoñaciones sin dar cuenta a nadie.
Acabemos con aquello de - ¿se puede saber qué haces tanto tiempo encerrado en el baño? - y a lo mejor hay que poner un cuarto con un cartelito que diga INTIMIDAD y basta.

VICTOR OCHOA
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