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TRIBUNA

Esta España nuestra

Juan José Vijuesca
miércoles 30 de septiembre de 2020, 20:01h

Para quienes ofertamos sentido patrio en clara sintonía con el deber y el compromiso de lealtad, sin duda España es un país rico en matices. Para otros, un simple juego de rol. La diferencia entre aquellos y éstos lo da la sensatez; por eso, a los que ya tenemos amortizada una buena parte de la vida se nos premia con la contemplación. Se trata de uno de esos galardones honoríficos que llevamos prendidos en la retina, porque los ojos, cuando saben mirar de frente, no pierden memoria. Por ejemplo, los aconteceres que estamos viendo a día de hoy.

La España pretérita carecía de dudas para cualquiera de nosotros: «España limitaba al Norte con el Mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separaban de Francia; al Este con el Mar Mediterráneo, al Sur con este mismo mar; y al Oeste con Portugal y el Océano Atlántico». De tal manera que esta parte del mapa era una para todos y todos para una. Sí, eran letanías de cultura general de obligado cumplimiento, pero crecíamos en educada armonía junto a tratados de nuestra primordial historia. Teníamos a un país de enciclopedia que nos acompañaba como la mochila de un sherpa.

De tal manera que la historia de España era sabida por asignatura encuadernada en un solo tomo, porque una nación, estado, patria o país ha de ser solo eso, una sola unidad con su diversidad ideológica dentro del estado de orden. Habrá quienes piensen que esta fórmula no resulta del todo compensatoria, pero la instrucción que desprende el conocimiento de nuestro propio legado, hace que la dignidad individual sea suficiente motivo para seguir creyendo en nuestro país. Me niego, por tanto, a ser un manso ciudadano de los muchos que cohabitan con su desprecio hacia todo lo que España representa.

No confundan a España con su Gobierno, con este Gobierno o con cualquier Gobierno. El juego de las urnas es solo eso, un recreo para las fantasías de cada cual. De manera que los gobiernos pasan y seguirán pasando mientras el empeño de cuantos formamos el sostén de nuestra dote será la única manera en mantener la identidad de este país. Compromiso y amor a España es lo único que nos diferencia respecto de otros que se dedican a crear zozobra, ya saben, son los vividores que actúan en nombre de un futuro utópico.

Sabido es que hoy triunfa más la demolición de lo pasado que la mano de obra del futuro. Se apuesta más por retroceder que por avanzar. Se incentiva más a quienes utilizan la doble moral, el odio y la venganza, que al emprendedor de honestidades; de ahí la tibieza de muchos a la hora de abanderar la condición de ser español. No, este país no debe caer en el disimulo ni en guardar el orgullo frente a quienes practican la equidistancia con la historia y fomentan la ruptura a base de golpear al Estado al Rey y a la Constitución. Ser un ciudadano libre representa ser leal con los principios de igualdad, y esto va intrínseco en la idéntica paridad de derechos y de obligaciones. Unidad de respeto, dentro de la más estricta legalidad, esa sería la mejor bandera que podría representarnos a todos en estos momentos de difícil e incomprensible convivencia por culpa de la disociación patrocinada por unos cuantos imagineros de purulentas ideologías. No es de ley convertir a este país en un instrumento de políticas partidistas, que a buen seguro convienen para solapar otras cuestiones de mayor calado histórico. España y los españoles de buen talante y mejor aguante no lo merecen.

A España lo único que puede librarla de la mediocridad es la recuperación de un estímulo perdido a modo de sentimiento patrio. Ahora bien, nunca confundir el patriotismo con extremos ideológicos. Aquí no se trata de recuperar movimientos intransigentes enemigos de las libertades bien acuñadas. Nada de fanatismos ni aquelarres de viejas doctrinas y tiranías opresoras. Nada de dictaduras cuya memoria guarde el estigma de millones de víctimas en su haber. Nada que no sea otra que la de mantener un estado español de ciudadanos libres e iguales y de manos limpias. Se lo debemos a nuestra historia, a la riqueza de culturas, a tantas mujeres y hombres valerosos y valedores. Solo por eso es de justicia que España nunca debe estar en manos de unos pocos, ni siquiera aceptar que estas minorías sean portavoces de la ruptura en un país de enorme riqueza en recursos humanos. Gente de bien, gente de paz.

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