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TRIBUNA

Náufragos en el paraíso I. La sor y la primavera en Los Llanos

miércoles 30 de septiembre de 2020, 20:04h
Actualizado el: 30/09/2020 20:12h

5:30 de la mañana. Mejor que me vaya y por eso me he preparado un cafecito con leche y un bollo. Aquí, lo primero que desayuna la gente es un negrito superdulce, denso, denso, capaz de alzar a un muerto de su cama y mantenerlo sobre su caballo hasta la tarde, pero yo, después de tantos años en los Llanos, no he perdido la vieja costumbre del convento de mojar sopas de pan en un tazón de café con leche.

Ayer tarde comprobé que tenía suficiente gasolina y aceite y las ruedas bien infladas de mi querida minimoto. Eran treinta y siete km. hasta San Fernando, por una carretera a tramos asfaltada y el resto de una pista de gravilla e incluso de trozos de tierra anegada, que hacen, sin problemas, una hora de viaje . Menos mal que a estas horas la plaga de mosquito va desapareciendo, así que no necesito ni casco. Un poco antes de llegar está la Alcabala de Biruaca , pero esos pendejos no se atreven con esta monja de “culo gordo” y pelo canoso de más de sesenta años, capaz de llevárselos por delante y menos a ponerme pegas con el casco, cuando ellos llevan el uniforme todo torcido y desarrapado.

Arranco a la primera y salgo de ésta mi diócesis de San Juan de Payara, con mucho cuidado que es de noche, por si me tropiezo con alguna culebra en el asfalto o peor aún, unas de esas vacas nada tontas, que se salen de los pastos anegados para dormir en suelo caliente, ¡que vaya trompazo! Voy pensando en la de años que llevo aquí y en que soy la única monja que está sola en todo El Orinoco; vamos, no como esas otras de Fe y Alegría, tuteladas por los jesuitas vascos , que aún se creen que esto es un caserío, aunque también a ellos se les ha ido la vida en misiones, pero que siguen comiendo judías verdes y se pasan el tiempo maniobrando con tractores.

Bueno, hay que decir que en este pueblo también está el padre Talegón, con el que apenas me hablo desde hace años, porque hace unas cosas raras ,que si no son de risa , son de vergüenza ajena. Como los maniquís que adquirió en las tiendas de los palestinos, para reconvertirlos en vírgenes y santos para la iglesia y que con esas túnicas andrajosas y remendadas una y otra vez por las beatas del pueblo, que encima las han maquillado , parecen títeres de feria o fulanas, y Dios me perdone.

¡Qué lejos quedaron mi familia, mis padres y hermanos! y la cara de bobos que se les quedaron cuando les dije que me habían destinado a una zona como la pampa, con enormes reptiles y gente criolla no curada en espantos, como llaman a los espíritus que cabalgan en la noche, y toda suerte de aventuras que podrían entender cuando leyeran a Doña Bárbara (Rómulo Gallegos. 1929)

Y sí que ser misionera aquí es una lucha constante, no con la fe, sino con este desastre en el que mi poca cordura resulta ejemplarizante al estilo Moisés sobre la polvorienta sequía de la estación seca y al estilo Noé en un mundo anegado como el diluvio la otra mitad del año. Una lucha constante con el machismo llanero, las guitarras y cantos alborotados de los evangélicos y unas niñas y jóvenes a las que se lleva por delante la sumisión y el embarazo con apenas 13 años. ¿Qué hacer?

Estos mis pensamientos van acompañados de cabeceos arriba y abajo, a un lado y otro, que parezco uno de esos perritos de adorno de los coches utilitarios, cuando yo me asiento o me lo niego en redondo, pero como estoy sola ¿a quién puede importarle?

La monja y la moto se alejan en sentido nordeste renqueando como en una viñeta de tintín y también será ella quien a contraluz antes que nadie se recorte en el amanecer, con ese brote de luz gigantesco emergiendo sobre el pasto como nunca lo habría visto en su tierra natal. Porque aquí todo está por hacerse cada día y ella lo sabe.

Las personas , los animales y los espíritus volverán a apoderarse del paisaje y ella se sabrá feliz en este Trance. Tanta es su paz que se atreve por un instante a cerrar sus ojos y navegar el universo que recién se abre con su máquina, como los carros de los santos yendo hacia La Luz, de las estampitas de su breviario.

A las 6:00 de la mañana encontraron a la Sor sin vida sobre la carretera y la minimoto tirada mucho más adelante. Fue en el mismo instante en que ella soñaba, que el enorme maute con joroba de una tonelada saliera desde la cuneta saltando hacia el otro lado, cuando ambos destinos se encontraron. La Sor se estampó de cabeza en su vientre y el enorme toro tiró para adelante, como si nada, mientras la moto se deslizaba por debajo de su vientre. Ni sangre ni desgarros, la Sor naufragó en su paraíso y al maute (cebú. Bos indicus ) nunca lo localizaron.

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