El presidente de los Estados Unidos de América, que es el hombre más poderoso del mundo, se carcajeaba de...
El presidente de los Estados Unidos de América, que es el hombre más poderoso del mundo, se carcajeaba de la Covid-19 y alentaba incluso a los grupos negacionistas. La realidad abrumadora le hizo moderar sus exabruptos. Y como a veces la providencia escribe derecho con renglones torcidos, la pandemia ha infectado a Donald Trump. Nadie puede alegrarse por semejante circunstancia, pero sí extraer las consecuencias lógicas.
Mientras no exista una vacuna capaz de combatirla, la Covid-19 es un virus especialmente contagioso y potencialmente muy letal. A todos afecta, lo mismo al indígena de las selvas de Botsuana que al inquilino de la Casa Blanca. Ha hecho ya más daño en vidas y en deterioro económico que si hubiera estallado una guerra convencional. Y cuando en algunas naciones parecía dominada, la segunda oleada ha venido a demostrar que es imprescindible mantener la guardia.
Los grupos negacionistas y los sectores irresponsables de la sociedad han contribuido a extender la pandemia. Malo es que algunos jueguen con su propia vida. Inaceptable que contribuyan a amenazar la de los demás con su irresponsabilidad. Dentro del respeto a los derechos humanos que definen el Estado de Derecho, habrá que estimular a las autoridades para que impidan cualquier irregularidad que avasalle las normas de actuación defendidas por los expertos científicos.
Desgraciadamente, España es uno de los cinco países en los que, proporcionalmente, más se ha cebado la Covid-19 y en gran parte por la torpeza de los gobernantes. La decisión de Pedro Sánchez de mantener las manifestaciones del 8-M por razones políticas y clientelares resultó letal. Afirmar que “hemos vencido a la pandemia” y marcharse de vacaciones fue una ligereza imperdonable del presidente del Gobierno.
La infección de Donald Trump, en fin, es un símbolo de la necesidad mundial de mantenerse en guardia ante un mal, en gran parte desconocido y gravemente amenazador.