Las elecciones presidenciales en Estados Unidos tienen la particularidad de concitar la atención mundial. No es para menos: se trata del país más poderoso del mundo y sus gobernantes rápidamente se convierten en figuras internacionales, de peso global. En el siglo XX algunos de ellos definieron guerras mundiales, fueron actores centrales de la Guerra Fría, partícipes de la lucha espacial y líderes de una gran potencia económica. Como sabemos, muchas decisiones de la súper potencia tienen impacto más allá de sus fronteras, lo que explica la preocupación que existe por los resultados electorales, que interesan en China y en Europa, en América Latina y en Medio Oriente, así como en muchos otros lugares del planeta.
Por lo mismo, sus elecciones y los debates presidenciales son esperados con especial interés, se transmiten y siguen desde diversos lugares, por analistas y personas interesadas en la política y las relaciones internacionales, con ansias de comprender el proceso e incluso de aprender de una de las democracias más sólidas del mundo, por su historia y su Constitución. Quizá por ello el debate entre los candidatos Donald Trump y Joe Biden ha dejado un sabor tan amargo y haya causado una decepción transversal en los interesados en la política de los Estados Unidos.
El martes 29 de septiembre, en Cleveland, estaba programado el enfrentamiento entre los dos postulantes, que se extendería por una hora y media, en un formato acordado por ambas candidaturas. El resultado fue lamentable para cualquier observador interesado, por muchas razones, al punto que muchos analistas y la prensa ha calificado el debate como el peor de la historia. El moderador Chris Wallace poco pudo hacer para lograr que se respetaran las reglas y para orientar el debate hacia una discusión de ideas que concitara interés real en la ciudadanía y en el ámbito internacional.
¿Qué idea relevante se discutió en debate? ¿Qué sueño de país apareció en esos noventa minutos? ¿Cuáles fueron los grandes temas y su respectiva argumentación? Más importante todavía, ¿qué estadista estuvo presente en el debate, para liderar Estados Unidos en los próximos cuatro años? Las respuestas tienden al vacío, a la insignificancia y genera legítima preocupación hacia el futuro.
Han surgido muchos comentarios sobre el esperado debate: las interrupciones repetidas de Trump, el caos que estuvo presente durante largos momentos, las respuestas más o menos adecuadas, los intercambios de acusaciones o el formato acordado. Todos coinciden en que se trató de un debate pobre –“una vergüenza”, han señalado algunos–, que aportó muy poco a la campaña y las elecciones, aunque algunos advierten que Trump hizo su juego, hablando a sus partidarios, mientras Biden demostró ser más caballero, como sostienen quienes lo apoyan. Pero todo eso es muy poco y no logra revertir la sensación general sobre el pobrísimo nivel del primer enfrentamiento de cara a las elecciones del próximo martes 3 de noviembre.
Desde el punto de vista histórico, el foro ha sido muy ilustrativo sobre el momento que vive la democracia norteamericana, con algunos problemas que son propios de la era Trump, pero también otros de que describen a un poder que parece amenazado o en decadencia, como lo que estaría sufriendo Estados Unidos frente al crecimiento de China en las últimas décadas, con muestras de debilidad o vulnerabilidad, como ha quedado demostrado con la pandemia del coronavirus. Sin embargo, me parece que no hay que engañarse en dos cosas: EEUU sigue siendo una gran potencia, y constantemente da muestras de vitalidad de su sociedad civil y su capacidad creadora, un sistema universitario de con muchas de las instituciones de mayor prestigio en el mundo y otros tantos factores que permiten pensar en su reinvención y capacidad futura. Pero a la vez parece claro que actualmente vive las tensiones del cambio de época, con resultados inciertos que estas elecciones han vuelto a poner en la palestra. Y en la política estas contradicciones se notan con mayor fuerza y publicidad.
Por lo mismo, el debate debe ser evaluado con rigor por los partidos Demócrata y Republicano, ambos de larga trayectoria y que hoy presentan candidatos muy lejanos a otras figuras históricas, cómo podrían ser John F. Kennedy o Ronald Reagan, respectivamente. Es probable que en esta elección la voluntad electoral se manifieste más contra el adversario que a favor del propio candidato. Trump no representa exactamente el espíritu y trayectoria de los republicanos y Biden carece del nivel que en otras circunstancias pondría a los demócratas en una primacía más clara.
En los últimos días Donald Trump ha mostrado algunas encuestas que lo dan por ganador en el debate, aunque los estudios tienen resultados contradictorios. Lo que sí es verdad es que se han estrechado las distancias que antes daban un claro favoritismo al postulante demócrata sobre el actual gobernante. De esta manera, las elecciones aparecen con resultado abierto, aunque con una tendencia todavía favorable a Biden, con dificultades para un análisis más claro ante la incertidumbre sobre quién realmente ganó el debate del martes pasado. Como en otras ocasiones, la clave estará en aquellos estados que pueden inclinarse hacia una u otra candidatura.
En cualquier caso, entrando al último mes de campaña, la situación no deja de ser sorprendente y curiosa. Desde luego, porque Trump ha comunicado que padece coronavirus, lo que ciertamente altera el desarrollo del proceso. No sabemos qué pasará con los próximos debates ni quién ganará las elecciones del próximo 4 de noviembre, que podrían proyectar un segundo periodo de Trump o bien permitir el regreso de los demócratas a la Casa Blanca.
Cualquiera sea el resultado, el debate del martes 29 de octubre se ganó un lugar en la historia, por su lamentable nivel que sin duda afecta al proceso electoral y pone una nota de alerta en la democracia de los Estados Unidos. No creo, como algunos han señalado, que estemos ante el riesgo fatal de la democracia norteamericana, o que un segundo gobierno de Trump podría ser significar una serie de males anunciados por sus detractores, como no lo sería un eventual triunfo de Biden. Sin embargo, es evidente que el debate y las elecciones –también el gobierno de Donald Trump estos últimos cuatro años– han puesto algunas señales de alerta que Estados Unidos debe considerar si quiere conservar su lugar preeminente en el mundo, así como el prestigio y la solidez de sus instituciones.