Ha quedado demostrado que la lucha contra el coronavirus no ha sido la preferencia de Pedro Sánchez en sus decisiones como presidente del Gobierno. Primero, negó el riesgo de la pandemia por el interés partidista de celebrar la famosa manifestación del 8-M. Luego, cuando era evidente que la enfermedad había entrado en tromba en España, se erigió en el gran dictador asumiendo el mando único y encerrando a la gente en sus casas durante tres meses. Pero, cuando llegaron los calores del verano, poco antes de subir al Falcon rumbo al palacio real de la Mareta, se lavó las manos y pasó el testigo (las llamadas competencias) a las Comunidades para poder solazarse en paz. Y, ahora, enrabietado por la decisión del Tribunal Superior de Madrid que tumbó sus medidas de confinar la capital de España, ha vuelto a sacarse de la manga el estado de alarma. Porque le parecía inadmisible que la Comunidad de Madrid, gobernada además por el PP, se saliera con la suya.
Los bandazos del Gobierno sobre las incomprensibles medidas han provocado el desconcierto y la confusión de la opinión pública, además de arruinar a miles de empresas, en especial las de Hostelería y mandar al paro a millones de españoles. Aunque lo peor de todo fue que con sus torpes decisiones puso a España como líder mundial en cuanto a muertos y contagiados. Pese a ese vergonzoso dato, antes de desaparecer rumbo a Lanzarote tuvo la desfachatez de declarar que había logrado acabar con la pandemia gracias a su estado de alarma. Un gesto tan falso e irresponsable como chulesco. Y, de nuevo, ahora esa soberbia que le corroe ha sido el motivo para aplicar el autoritario estado de alarma para confinar Madrid. No podía admitir que un Gobierno presidido por el PP le derrotara en los tribunales.
No es verdad que las decisiones del Gobierno se basen en los informes del Comité de Expertos. Primero, porque no existe tal Comité. Pero, sobre todo, porque en España manda él. Es una dictadura camuflada por unos incomprensibles textos elaborados por unos leguleyos. También desconocidos, por supuesto.