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Novela

Felicity McLean: Las chicas Van Apfel han desaparecido

lunes 12 de octubre de 2020, 02:25h
Felicity McLean: Las chicas Van Apfel han desaparecido

Traducción de Daniel de la Rubia. Siruela. Madrid, 2020. 280 páginas. 19, 95 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Soledad Garaizábal

La joven periodista Felicity McLean (Sidney, 1982) debuta en la escena literaria con su primera novela, Las chicas Van Apfel han desaparecido, publicada por Siruela y traducida por Daniel de la Rubia. La autora nos sitúa en una pequeña población australiana para desarrollar una obra inquietante y desasosegante, llena de misterios, sobre el triste caso de la desaparición de tres hermanas y sobre la huella emocional que estos trágicos sucesos dejaron en la comunidad en la que se produjeron. Miedo, inseguridad y una investigación policial que arroja pocos resultados, para que el recuerdo de las tres niñas -Hanna, Cordelia y Ruth- quede enquistado de forma traumática en la memoria de los habitantes de un valle marcado por la desgracia.

Desde las primeras líneas se percibe la tensión, todo es signo de mal agüero: el valle apesta “como si hubieran extraído algo malo y hubieran vuelto a coser el cielo; un cielo bajo, magullado y sofocante”, las cacatúas negras vuelan en círculo, el calor pegajoso no deja respirar. Todos estos detalles van colándose en la narración como advertencias, inevitablemente ponen al lector en alerta, sirven para mantener la tensión y ayudan a provocar el presentimiento de que algo terrible va a suceder de un momento a otro, sin que sepamos de donde va a venir el golpe. Mientras, el lector devora páginas y capítulos a buen ritmo, gracias a un estilo ágil y directo. Antes de que nada suceda, el texto está ya plagado de huesos, gritos, fantasmas y cadáveres. Como en una ecuación irresoluble, el planteamiento se llena de incógnitas. Así, entre citas bíblicas, castigos físicos y manglares hediondos, las hermanas Van Apfel pasan el verano.

La novela se estructura alternando pasado y presente. En primera persona, es Tikka Molloy la que echa la vista atrás e intenta ordenar, desde la perspectiva ya de un adulto, los traumáticos sucesos que vivió veinte años antes, cuando la inocencia de su niñez se vio bruscamente interrumpida por la desaparición de las tres hermanas. Hoy está en la treintena, trabaja en un laboratorio y vive en Baltimore, lejos de todo, pero ese verano del 92 era solo una niña de once años, compañera inseparable de las Van Apfel. Una calle separaba dos universos familiares opuestos. Acabados los juegos infantiles y el tiempo compartido, cada una de ellas cerraba la puerta de su casa y se enfrentaba a una realidad muy distinta. Compañera de juegos, confidente y testigo, ni ella ni su hermana Laura se atrevieron a decir a la policía todo lo que sabían, no quisieron delatar a nadie, creyeron que la amistad consistía, principalmente, en saber guardar los secretos. Ahora, los remordimientos no la dejan vivir en paz, de vez en cuando cree ver a Cordelia Van Apfel entre la multitud de la calle, bajando al metro o cogiendo un ascensor…

Por medio de una ajustada descripción de personajes y ambientes, la autora nos guía para que establezcamos nuestros propios sospechosos, para que empecemos a mirar con desconfianza a algunos miembros de esa pequeña comunidad en la que todos se conocen y comprendamos los motivos por los que una desaparición voluntaria también pudo ser posible. Secretos, abusos, meras sospechas, cuerpos sin aparecer y un espeso silencio que lo cubre todo para dejar en la mente de los que lo vivieron de cerca infinidad de interrogantes y ninguna respuesta. Veinte años más tarde el caso de las hermanas Van Apfel sigue sin resolverse. El recuerdo de las tres niñas que un hediondo valle pareció haberse tragado en el asfixiante verano de 1992 continua imborrable, como una úlcera sangrante, como una dolorosa herida abierta que no puede cicatrizar.

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