Qué es el prójimo, en principio suena a alguien a quien timar, se sea malpensante o no. Esa proximidad de lo de otro modo subalterno se mueve únicamente por el interés o por la gana de fastidiar, salvo que ese otro sea un verdadero amigo nuestro; de ese modo, hay únicamente los semejantes afines e incluso amigos, y del otro lado (detrás de una membrana de ruido y furia, espesa como la sangre y al tiempo transparente como el aire) un ejército de taimadurías, coimófilos y demás zarandajas de putañería más o menos disimulada. Atrapados en el ascensor, la sangre se congela como una ristra de ajos en el corazón de un vampiro, no hay más. Pensamos que nos caemos, que es un complot, pensamos en denunciar a los ascensoristas si salimos vivos del trance: para qué, si la obliteración es la marca de fuego de la vida, no su agua, que siempre se invoca a sí misma. Los chacras de la irracionalidad abren sus espitas en un mar de otro fuego azul, de llama dual o doble, en la cual lo que quema es un Espíritu mantenido a raya, prometeizado o izado cual Prometeo en este festín horrible que es la vida. Las psicólogas, mientras tanto, enferman de estrés, y nos acodamos sin subrepciones en la zona de confort, mientras alguien habla de Delibes o de Pérez Galdós, autores que (siendo sinceros) nos interesan más bien poco tirando a nada, prefiriendo leer al último Aníbal Núñez, a las personas del verbo de Pessoa o al Byron del «Caín», lectura esta última que hemos de acometer sin tardanzas y al completo. El otoño da otra vez en frío, las lunas ejecutan su trimegistada muerte con o sin alcance, confinadas por una ocasión más de sometimiento: las lunas se agitan en la barbacana del castillo, en la balaustrada del abismo. Un sortilegio amarillo se apezuña de nuevo en la incertidumbre sin epístola del Tiempo, al socaire de los campanazos del centro histórico de la ciudad, en donde se concentran más y mejor los espíritus de los finados, energías con dónde y sin porqué. Las capas de la memoria son primero cicatrices, luego dan en costra, y después (después de la penúltima vez) no se sabe qué serán. La industrialización es una cosa que no podemos aprehender: somos quizá demasiado núbiles, al par que antiguos...
Todo poder, por mínimo que sea, deriva seguramente de una calculada ratio de introyección puramente superyoica: el ego no es aquí trascendental, sino que está pegado a la rocalla como una lapa (eso sí) desplegable, insidiosa, no ajena a su propia obscenidad. Al mismo tiempo, un compositor de vocablos líricos explota si le dejan o implota si no le dejan, perece en la angustia suprema del instante creador, se abisma en el lirismo mientras el mundo deja de funcionar o de ser función para convertirse en franca injusticia, en una estulta historia del corazón. Los virotes llegan al esquife, y entonces es cuando sabemos que importa poco viajar en patera o en el Titanic: los demonios acumulados en la pira funeraria de la destrucción desbrozan y destrozan erráticos vínculos familiares, y la existencia se convierte en un trasunto del no ser. Todo poder, por mínimo que sea, ejerce una resituación invocadora de una realidad alterada, ordenadamente demencial, sibilinamente ejecutada, con sus negras resmillerías sobre las cuales la tinta blanca no sirve y la roja, en cambio, marida o combina a la perfección. Entre las ruinas de un mundo forzado hacia una angustia perpetuada, los escombros puntiagudos dictan el azogue de una presencia ínfera e inferior, que se mueve a todo trapo a las órdenes de un batutista loco, nervioso e irascible. Alguien llama Bastián a un escritor con talento: así transita la porquería de este mundo, a la espera de la enésima anagnórisis derrotada por omiso caso, estructuras que son desleídas por el pico cancerberial del peor pajarraco que pueda alguien imaginar.
Así las cosas de este mundo, las vidas esculpidas por encima o muy dentro de la Realidad tienen ventaja supervivencial, pero no saben nada de Poe o de Nerval: viven en la chufa machacada de su propia inesencialidad inquebrantada, sin conocer el dolor, la injusticia o el crimen (en sus propias carnes, bien sûr). La mascarada a la que se une el «staff» resulta impropiamente tolerada dentro de su «sfumatto verlainiano», dentro de la verlana o senda verde de aquellos que no van a cesar jamás. Mientras, a nosotros (poetas de otro tiempo y verdaderos poetas, no como la filfa actual, superventas y multipremiada) se nos prefiguran agrestes monstruos de cabezas hídricas, prestos para las jaculatorias que nos impiden la eyaculatoria última, como no sea para caer en el abrojo. En el vals del enebro estábamos mucho mejor: alguien dijo en cierto lugar de trabajo que «sentía un desorden en el sistema muy intenso». Podría ser la sal yodada del Maestro Yoda (vamos, oiga, no me joda) pero es una alegoría realmente insoportable y machacona acerca de los envíos de la muerte, acerca de la yacija que se arrastra por un río de lava imponderada, en el cual tiene siempre que morir trágicamente alguna suerte de Harold Hart Crane. Y la grúa del tiempo, mientras tanto, pacta enérgicamente su sinfonía de picos máximos y músicas guerreras, preludiando de tal suerte futuros conflictos bélicos ya pasados, cuya actualidad es una posibilidad perpetua en la caja tensionada del tambor ubicuo. Y puede que las esencias quintas no mueran, pero siempre viven diferidas entre su misión noble y su destino sacrificial. Al final, siempre hay la proboscídea nariz del Otro en nuestros asuntos, que tampoco nos pagan alquiler alguno, y se complacen (niños dementes) en la destrucción por la Destrucción misma...