Aquel joven recostado en la acera como Julio César en un banquete imperial, con apenas treinta años, su melena oscura y un aspecto atarzanado, resultaría inquietante si no fuera por el hedor que despedía y porque sus pantalones vaqueros estaban rajados de abajo a arriba, mostrando sus genitales. ¡La ostra, ¿qué le pasará?! -diría cualquiera que se lo encontrase.
Me acerqué a él para preguntarle si se le podía ayudar, si necesitaba algo, si estaba bien, porque no casaba su juventud y su serenidad con aquella paradoja sobre el suelo de la capital, pero me miró y me di cuenta de que ¡claro que necesitaba algo!, pero no era una limosna, ni apaciguar el hambre, ni un pantalón nuevo o una caja con latas que pudiera llevarle, ni de mi charla, sino que clamaba con su mirada por otro mundo fuera de esta ciudad y de sus hermosas calles. No era un mendigo ni un vagabundo, sino un hombre sin hogar y cuando digo hogar sé que todos lo entienden porque es allí donde refugiamos nuestro espíritu y nuestras flaquezas, pero acompañados.
No se trata tan solo de aliviar y ayudar al desvalido sin dinero ni techo y puede que ni siquiera valga con crear unas condiciones de amparo, porque ya hay habilitados en nuestras ciudades entidades de refugio que las y los acogen y que presuponemos que alivian su descarnada pobreza y al tiempo también nuestro cargo de conciencia, poniendo tiritas allí donde más sangra, en especial en semáforos y terrazas; porque esto si cabe es más grave; es la quiebra frente un sistema, que no en poca gente, los y las ha trasfigurado.
Aquel joven “bien parecido”, abducido por nada y por nadie, quizás en un instante, quizás a lo largo de años, de forma traumática o quién sabe cómo, se había convertido sin saberlo en náufrago, nadando en visiones hacia donde él quería, aunque no alcanzase jamás su playa.
VÍCTOR OCHOA
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