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ORIENT EXPRESS

Un maestro asesinado

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 18 de octubre de 2020, 20:26h

El asesinato del maestro francés Samuel Paty a manos de un joven terrorista checheno con estatuto de refugiado ha traído de nuevo al debate público la idea de que “las religiones” son malas porque generan intolerancia. Me resultó particularmente miserable un tuit que contraponía los símbolos de las tres religiones del tronco abrahámico a una pluma como símbolo de la libertad de expresión. No deja de haber cierta hipocresía en estos planteamientos. Cuando una conducta reprobable se puede atribuir a un sacerdote, un pastor o a un rabino, nadie tiene problema en atribuírsela al cristianismo o al judaísmo. Cuando, en cambio, se trata de un musulmán, abundan los llamamientos a prevenir la islamofobia y los lamentos de que las religiones sean la fuente de todos los males.

Esto es síntoma de uno de los peores males que aquejan a Europa (y me temo que también a los Estados Unidos): el temor y los complejos.

No todas las religiones son iguales ni todas han evolucionado de la misma manera. A los cristianos se los ofende todos los días. Sufren el escarnio de sus creencias, la burla de sus dogmas y el insulto a sus ministros de culto. En España, so pretexto de la libertad de expresión, se ridiculiza a la Virgen María y al propio Jesucristo. Se hacen montajes y performances con imágenes y con objetos sagrados. Se profanan cementerios y se roban iglesias. Fuera de Europa, se persigue a los cristianos con saña en buena parte del mundo. Las comunidades cristianas del mundo islámico han desaparecido, o están en trance de hacerlo, en la mayoría de los países. En Egipto, en Irak, en Nigeria sufren con frecuencia el azote de terrorismo y deben vivir vigiladas y protegidas por las autoridades. El Genocidio Armenio y la destrucción de los cristianos griegos y asirio-caldeos supuso la desaparición de los seguidores de Cristo en buena parte del Imperio Otomano, incluidos los territorios históricos de esas comunidades. En la India se han incendiado iglesias y se han asaltado centros comunitarios de Uttar Pradesh.

¿Dónde están los cristianos que decapitan gente? ¿Dónde están las iglesias que legitiman la violencia? ¿Dónde están los sacerdotes, los pastores y los obispos que llaman al asesinato desde sus púlpitos? Se dirá que hay radicales o que hubo atrocidades en el pasado, sí, pero se los desautoriza, se los excomulga, se los excluye y se los condena.

En los Estados Unidos -de esto se habla muy, muy poco en España- las agresiones contra judíos jasídicos se han hecho cada vez más frecuentes. Más de la mitad de los delitos de odio de la ciudad de Nueva York, fueron contra judíos ortodoxos. En casi toda Europa -la excepción es Hungría- las sinagogas necesitan protección privada y, a menudo, también a cargo de la fuerza pública. Atentados terroristas como el de la sala Bataclan no son el inicio, sino el destino de un discurso antisemita que legitima la violencia contra el Estado de Israel, la única democracia estable de Oriente Próximo. A medida que se suscriben tratados de paz con los países árabes, el antisemitismo europeo crece al calor de la extrema izquierda, la extrema derecha y el islamismo.

¿Dónde están los judíos que decapitan a quienes los insultan? ¿Dónde están las comunidades judías que legitiman la violencia contra inocentes? ¿Dónde están los rabinos que celebran el homicidio, el asesinato y el coche-bomba? Se dirá que hay fanáticos, sí, pero no gozan de autoridad reconocida, no son líderes en el mundo judío, no proliferan sus seguidores ni sus doctrinas gozan de predicamento.

Por desgracia, en cambio, los discursos islamistas y yihadistas más radicales se extienden entre los jóvenes europeos. Mientras en Marruecos o en los Emiratos Árabes Unidos se persigue a los radicales, las medidas que se adoptan en Europa son insuficientes. El mejor diagnóstico de lo que está sucediendo en nuestro continente lo dio, precisamente, Sheikh Abdullah bin Zayed Al Nahyan, ministro de asuntos exteriores de los Emiratos, cuando declaró que “llegará un día en que veremos muchos más radicales, extremistas y terroristas surgir de Europa debido a la falta de toma de decisiones, al intento de ser políticamente correcto o a la asunción de que conocen Oriente Medio, el islam y a los otros mucho mejor que nosotros. Lo siento, pero eso es pura ignorancia”. Es llamativo que algunos países islámicos sean más conscientes de este peligro que los propios países europeos, que parecen atrapados por los complejos y la corrección política.

El islam -huelga decirlo- no es intrínsecamente violento, pero hay un problema de fondo con el yihadismo y el islamismo (sí, con los dos) que conduce a la radicalización y el terrorismo. El profesor decapitado en Francia fue señalado por sus alumnos, acosado a través de las redes sociales y, finalmente, asesinado. Su pretendido “crimen” fue haber enseñado en una clase de libertad de expresión unas caricaturas del Profeta. Los cristianos no decapitan a quienes se burlan de su fe. Los judíos no matan a quienes se ríen de sus creencias. No lo hacen los budistas, ni los fieles del candomblé o la umbanda. No lo hacen los sintoístas, ni los taoístas, ni los zoroastrianos. No lo hacen millones de musulmanes que profesan su fe en paz.

Ahora bien, el terrorismo yihadista es un producto específico de una religión específica, con rasgos específicos y con un discurso específico sobre la violencia. El islam no es, obviamente, el islamismo ni el yihadismo. Los musulmanes sufren, por todo el mundo, los crímenes de las organizaciones terroristas yihadistas. El GIA, Al Qaeda, el Estado Islámico en Irak y Siria y otros grupos de asesinos han matado, en primer lugar, a miles de musulmanes. Ahora bien, lo han hecho en nombre de una religión concreta y no se puede cerrar los ojos ante eso. Este crimen abominable no representa al islam, pero sí representa al islamismo y al yihadismo en Europa.

La inmensa mayoría de los musulmanes es pacífica y condena estos atentados, pero es en el seno de su religión donde esta tragedia se está produciendo. Es en sus comunidades, en sus mezquitas y en sus centros cívicos donde se da la radicalización. Es en las redes sociales donde se difunden y alimentan esos discursos que ponen los cuchillos y las pistolas en manos de los terroristas. Esto está sucediendo entre los musulmanes europeos y es un error cerrar los ojos y callar por miedo al estigma, a la acusación de racismo o a la etiqueta de la islamofobia. Sí, la islamofobia existe, pero no incurre en ella quien denuncia lo que está sucediendo en las comunidades islámicas de Europa. Negar el problema sólo lo perpetúa e impide buscar soluciones.

El islam sufre hoy dolores de parto. La relación con la modernidad, que otras religiones afrontaron hace más de dos siglos, está abriendo debates en el mundo islámico que van desde la limitación del poder político hasta el derecho de familia y la poligamia. Uno de los debates más importantes es el de la violencia. Líderes importantísimos del mundo islámico la condenan, pero parece que eso no es suficiente para evitar la radicalización de jóvenes musulmanes en Europa. Insisto en que no son la mayoría, pero es absurdo pretender que no son musulmanes: se reivindican como tales, son aceptados en los círculos religiosos, se les reconoce en ellos como creyentes y participan de la vida de sus comunidades. Yo no tengo la menor duda de que Dios -que es clemente y misericordioso, pero también justo- condena estos crímenes, pero me temo que esa condena no está tan extendida en los círculos islamistas europeos y del resto del mundo.

Ninguna pretendida blasfemia justifica matar a nadie. Ante los terroristas, debemos afirmar la libertad de expresión. Europa no debe cambiar nada, nada, nada para satisfacer a los islamistas, los yihadistas y sus simpatizantes. No me gustan los insultos a las personas religiosas, pero me gustan todavía menos los que culpan al profesor -es decir, a la víctima- o los que pretenden que esto es un problema “de las religiones” como si todas las personas religiosas fuesen matando a quien las ofende. El futuro de Europa no puede pasar por su islamización para apaciguar a los violentos, los radicales y los acomplejados que temen ser tachados de “islamófobos”. El terrorismo no puede dar réditos. No se puede claudicar ante quienes exigen silencio y respeto a fuerza de asesinar gente.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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