Ya he escrito bastante en esta mi columna de lo que tenía en mente agolpándose junto a la nuca y que no tenía pinta de ser reabsorbido a medida que envejezco, sino que más bien semejaba la de ir haciendo costra como los callos de los pies y sin el pequeño artilugio de mesilla de noche que pudiera rasparlos para volverme a la delicada piel anterior. Hay cosas que debes escribir y hay cosas que debes repudiar de ti, que ya con 66 años, en que acabose el colegio, acabose la juventud, acabose la tutela y hasta la buena y complaciente educación, en que ya eres definitivamente así y no te quieres engañar con eso de que siempre estás aprendiendo y que cada nuevo día es un renacer, hermosa patraña sin el consuelo de la verdad. ¡Venga ya! Apechuga con lo que eres, que no te queda demasiado del niño que fuiste y más vale que las cagadas, los miedos, los temblores, los dejes reposar en el recuerdo y los sueños, anhelos y fantasías también. O si prefieres, los empaquetas y los lanzas hacia atrás, que con 66 solo tiene sentido hacer lo que buenamente puedas, aquello que mejor aprendiste o que supiste mejor hacer. Llegó, inevitable, el momento de recolectar tus frutos, tras esa laboriosa y dura siembra de 6 décadas y empeñarse en seguir dispersando más semillas como en el relato bíblico o como me decía que había que hacer el magnífico Eduardo Chillida, seguro que es banal empeño o artística espontaneidad, pero tampoco son verdad. A partir de ahora harás menos cosas y aún así te caerán críticas displicentes por doquier, pero no pretendas agradar a los paisanos o morirás de esa complaciente idiotez, ¿y para qué?.
Tienes que hacer Testamento para dignificar tus postreros años de vida, sin afiliarte a esa listas de lo que una persona debe ser, cuyas hermosas rimas y escuetas sentencias tanto nos gusta escuchar y que reenviamos por WhatsApp a nuestros seres queridos, porque ya te acordarás de que Gila, Quino, Mingote, Forges y más, nos las servían en jarabe día a día y sin endulzar, para que parecieran un chiste, aunque fueran sentencias, esas sí, de verdad.
Cuando mi tío, un hombre acomodado y trabajador, fue pillado en una sangrante infidelidad, lo único que se llevó de su enorme casa cuando le echaron fue la colección de sellos y el Espasa-Calpe. Eso era un testamento en vida y habría que trepanar su póstumo cerebro para entender lo que uno mismo se llevaría cuando se le destierra hacia el más o menos allá. Pero es que con 66 y muerto de la risa, eso es lo que te queda para enfréntate a un mundo con pocas certezas y muchas dudas sobre el qué coño somos y hacia dónde vas.
VICTOR OCHOA