www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Nuevo capítulo de la Historia de España

Antonio Domínguez Rey
sábado 24 de octubre de 2020, 20:18h

Preguntaba en un artículo anterior de El Imparcial si el presidente del Gobierno de España será un topo comunista. Poco tiempo después reivindicaba él las figuras de la Pasionaria, Rafael Alberti y otros militantes comunistas por el papel político desempeñado en la Transición. Algo que ya hizo España en aquellos años al votar la Constitución de 1978. Sea por agradar a su socio gubernamental el vicepresidente segundo y ministro, o porque, en efecto, está “podemizado”, como dijo otro socialista con experiencia en cargos similares, las actuaciones del presidente se escoran hacia las tesis de un radicalismo opuesto al clima político de entonces.

La pregunta hay que trasladarla entonces al partido socialista. ¿Están de acuerdo afiliados y votantes con la deriva que el Gobierno de España ha iniciado hacia un comunismo de corte venezolano? El Centro de Investigaciones Sociológicas debiera realizar una encuesta neutral, si ello es posible, sobre este tema entre toda la población española. ¿Quiere España adentrarse en un sociorrealismo de tal índole? Si fuera solo por sostener los votos comunistas necesarios para salvar la legislatura, manteniendo a sus líderes en una frontera de difícil equilibrio político, la intención es bastante ingenua. Para el sistema “científico” marxista-leninista, el clásico y sus derivados, el socialismo es solo una transición dialéctica.

En caso de estrategia por similitud de intenciones —establecer una república federal—, la hipótesis anterior sigue vigente. Serían los comunistas quienes la proclamasen o, al poco tiempo de instituida, la dominaran. Esto supondría, a su vez, un período de tensiones e incluso revueltas civiles no exentas de serio conflicto nacional. Por eso reviven en parte el contexto ideológico de los años 1934-1939 con semántica similar a la de aquel período inestable y fratricida de la segunda República. Y lo aceleran cuando el Gobierno cumple apenas un año de ejercicio. Y ante las narices del resto de los españoles. Con escasa representación nacional, el sociocomunismo desmonta, mediante larvada y patente técnica legislativa, el actual sistema político de España. La oposición, dividida, solo representa a una clase media adocenada, incluidos socialistas de la Transición.

El socialismo anuncia una federación republicana que será prólogo de una confederación, Cataluña y el País Vasco no aceptarían otra antesala de sendas repúblicas. Y en ningún caso tendremos una federación alemana o confederación suiza, ni el federalismo norteamericano, donde la cohesión nacional prima sobre las partes. Tampoco sería un desarrollo constitucional de las Comunidades Autónomas, de por sí tan o más avanzadas.

El comunismo prevé una parcelación más estanca del territorio español: una república de repúblicas. La balcanización de España. La idea estimula un incremento entusiasta de los nacionalismos periféricos y de la revolución en marcha. Desembocaría con cierta probabilidad en una contienda civil de taifas vascas y catalanas. Hay organizaciones que se preparan en tal sentido para ello. Difícilmente soportarían el País Vasco y Cataluña, tal vez también Valencia, y sectores andaluces, un régimen comunista en sus fronteras.

Ante este posible panorama, nada arbitrario, la propuesta federal socialista es innecesaria y una fuga gaseosa por estancamiento de iniciativas. Es decir, por cansancio ideológico. Desde el paréntesis felipista de gobierno, que realizó una transformación moderna del partido, el socialismo arrastra su sombra por los residuos de la historia.

La intención comunista es más ambiciosa. Prevé encabezar una alianza euroamericana con sectores ideológicamente afines. Quieren resignificar el vínculo hispánico aplaudido por el franquismo. Bastaría, de hecho, con remar a favor de corriente aprovechando los setenta años de propaganda oficial en una etapa histórica más fetichista que auténtica. España no supo rentabilizar la invitación que Europa le hizo en tal sentido al integrarla en el gran proyecto de la Unión Europea. Se limitó a hipotecar su haber histórico y al alquiler, venta, del patrimonio cultural —el político y económico ya lo perdimos a finales del siglo XIX— y hasta con simonía en algunas transacciones. La integración sociocomunista en el grupo de Puebla y su afinidad con el foro de San Paulo intenta extender a Europa esta corriente desde España.

¿Y en qué se basa semejante ensoñación agorera? De momento, en el camino conjunto de ambas formaciones políticas. A esto induce la prisa legisladora —ley va, decreto viene— aprovechando el repliegue social ante la Covid-19 y la creciente usurpación de funciones constitucionales del presidente respecto de la Jefatura del Estado. La paulatina, pero firme conversión del Parlamento en instancia exclusiva de representación nacional. El deseo de sojuzgar a la judicatura. El ahogo y desinterés por la enmienda parlamentaria. El enroque del poder, con oídos sordos, ante cualquier crítica adversa. El establecimiento de una censura y control político. Y esto, circuyendo la Historia, el análisis de los precedentes, con barreras legales, punitivas, y claro desprecio de la hermenéutica. Conculcando o recortando, directa o sesgadamente, derechos constitucionales, como la libertad de expresión y de cátedra. Comprando y manipulando los medios de comunicación con ayudas partidistas que los convierten en altavoz y eco de su amo. Creen sus empresas, vendidas, mercenarias, que pueden cambiar, cuando quieran, el rédito de su mercantilismo. Casi nunca fue así en los procesos revolucionarios.

Induce también a este presagio la declaración abierta de que estamos en un período constituyente. Es decir, la actual Constitución tiene los días contados. Para ello, se toman decisiones que creen el clima propicio que socave el sistema democrático que estos políticos juraron defender y a los que sostiene en los ministerios. Desacreditan las instituciones, a la Monarquía, la Justicia, el sistema económico, a veces con sobrada razón, pero confundiendo la crítica con el derribo del sistema. Hay que reconocer, sin embargo, que los comunistas declaran abiertamente sus intenciones. Aprovechan errores, corruptelas, para, con táctica de herradura, y encubriendo, como los socialistas, las suyas, tergiversar los espacios libres mientras esperan una ocasión más propicia de asalto al poder absoluto. Llegado el momento, si el sistema lo requiere, los medios aplicados —sabemos por historia cuáles son— se justificarían por sí mismos.

Alegar el articulado de la Constitución como freno de lo que decimos, es otra ingenuidad y sirve de poco si los gobernantes no son verdaderos demócratas. La Constitución misma permite destronarla. ¿Cómo? En virtud del parlamentarismo que subscribe. El Parlamento puede anularla cuando haya consenso para ello. Basta con que la realidad social siga descomponiéndose —educación, salud, cultura, economía, trabajo, justicia—; el paro aumente; las ayudas económicas recudan y la voz del pueblo, acuciado por la necesidad y propaganda, lo pida, exija. En una sesión extraordinaria de urgencia se salta el articulado casi entero previsto para enmendarla y en nombre de la sociedad ya revuelta. Artículo 1 del Título Preliminar: “La soberanía reside en el pueblo”; y el punto 2 recalca la idea: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Soberana es la gente y la Asamblea Nacional que la representa, se oye decir en ciertos círculos. Y cambiada la sustancia, mutará la forma. En el punto 3 —“La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”— el nuevo predicado será la República. No sabemos con qué adjetivo determinada. Si hay anuencia, como la hubo en la moción de censura del 1 de junio de 2018, la Carta Magna española salta por los aires. Y el Gobierno habrá conseguido en el Parlamento lo que no logra en las urnas.

¿Y la Corona, el Rey, Jefe del Estado? Se habrá cumplido el Preámbulo constitucional, promulgado y subscrito por el entonces Rey de España Don Juan Carlos I, hoy monarca emérito. Dirán los nuevos compromisarios, a tenor de los sofismas en boga, que la Constitución de 1978 era juancarlista. Y que el Rey Juan Carlos I fue acordado por el franquismo y extralimitó la potestad que la Constitución le otorgaba. Una etapa, además, ya prescrita y censurada por la Ley de Memoria Histórica.

¿Y el Rey actual, Felipe VI? El Gobierno lo tiene en una burbuja. En otro artículo de hace unos años, nos preguntábamos también si España daría el salto metafórico con una Monarquía formalmente republicana o con una República coronada según conveniencia del instante. Dados estos precedentes, la prosa será lisa y llana.

Este augurio no es descabellado si analizamos la paradoja política de nuestro tiempo. La sociedad está enmascarada, incierta ante el coronavirus y sorprendida por su escasa significancia política. El Gobierno aprovecha la ocasión para legislar aceptando insultos y desprecios contra la Constitución y el Rey por parte de nacionalistas y separatistas, en quienes apoya la legislatura. Tiene dentro además a ministros que promueven una dictadura “chavista”. Es decir, hay un cóctel molotov en la entraña del Estado. Y sin rebozo alguno ante la Unión Europea, a la que solicita ayuda económica para paliar los efectos de la doble pandemia, la del virus y la financiera. Además, y ante estos propósitos, ¿qué garantía hay ahora mismo de que se celebren elecciones generales si el Gobierno no está seguro de ganarlas? ¿O de que se realicen según cánones constitucionales si a la Constitución ya la dan por abolida? ¿Aguantará la situación actual el descrédito sistemático del país creado por tales paradojas? La contradicción es campo propicio de revoluciones. Incrementarla, socava más el sistema y facilita descomponerlo.

Estas preguntas no tienen respuesta clara. El socialismo democrático debe dar explicaciones. Estamos ante un nuevo, temeroso capítulo de la historia de España.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios