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TRIBUNA

Víspera de aquello que no podemos, pero debemos, nombrar

Víctor González-Quevedo
domingo 25 de octubre de 2020, 20:17h

El optimismo es una enfermedad muy agradable, que pacifica la conciencia y despulga las pecheras. El optimismo nunca peca de otra cosa que de cortedad de miras: a su favor, en cambio, la inquebrantable voluntad, el seguir la línea de la Historia como un progresivo e imparable refinamiento del ser humano, aunque las cabezas (algunas cabezas, al menos) huelan todavía a la pica a la que olieron y siempre olerán. Porque hurra, horros somos de momento, y fumamos tabaco en el siglo veintiuno, y disfrutamos con la literatura mejor escrita, y aprendemos a dar gracias a los escritores de nuestro país, llamado España por Hispania, y hemos visto que no es un país tan híspido como se encargan de ministrar los gremialistas de la leyenda negra más insolente y subrepticia: la casposidad sólo es una opción a partir de la crisis de la Generación del 98, más exactamente en sus postrimerías, pues ahí está un Manuel Machado, verbigratias. Y es que uno puede fundamentar toda una vida, por encima de lo excremental, tan sólo leyendo a los clásicos, que fueron quilla de su tiempo: por eso la cultura y no sus sucedáneos, escorias o lixivios son tan deliciosos, y es que muestran admirablemente las esencias de un país. Ya Mariano José de Larra, tan injustamente castigado por el tal Zorrilla a cancamusa traicionera y soberbia de vellocinos, dijo aquello de que todo el mundo decía «este país», en lugar de decir España: de sobra conocemos a los apóstoles del jengibre podrido, en la casa de las ménsulas, en el páramo majadero de los boyeros más enteraos. Pues hace quince años, en la ciudad sureña, esperábamos una voluble y yo nuestra entera de jamón, y ahora no podemos estar más en desacuerdo y más confinados: lo único bueno de las rupturas amorosas, o precisamente lo mejor, es que permiten echar un ojo a la buena biblioteca, que debe tener lo principal (no es necesario sea muy amplia, pero sí leer los libros con un ojo en lo infinito y el otro guiñado sobre la inmanencia perenne). La falta de muelle permite atracar el barco en lo verdaderamente importante, y vaya todo lo demás a hacer diligencias...

Realmente, todos los contenidos políticos son acaso y por cierto excrecencias de nuestros arquetipos, las tormentas más basturras que el alma pierde en sus aceleraciones inopinadas, en sus deceleraciones forzadas, quizás y tan a menudo debiendo esto simplemente a las dilaceraciones de una patulea, caterva o recua más gazmoña mentalmente de cuanto imagina. Pasas uno, tres, seis puentes en la ciudad sureña y huele a leyenda, a un tiempo más puro, recio, duro; a lancetas de barbero, a una síntesis de tiempo eternamente congelado, cuya huella de no perecimiento se da incluso en este lado, en esa ciudad, en tal recodo de esplendor y de gracejo, mientras el patio de arrayanes colmado injerta sus espíritus (al menos parece hacerlo, realmente) en las almas de los jóvenes amantes. La ansiedad en el hotel, durante los años realmente del dispendio y de la disipación, era calmada mediante el acercamiento y el roce fratricida de los cuerpos: cada conciencia (no lo sabían los amantes jóvenes) busca la muerte de la otra (Hegel), pero todo lo real no era, por entonces, racional (todavía Hegel); acaso se tratase de una busca de lo monolítico en lo eléctrico de Electra de las aventuras, al fondo de las cuales no se hallaba ventura alguna, haciendo refuerzo de la propia palabra aventurada. Después, tras el cristalazo comenzaba una lenta recuperación, con la consciencia aún colocada en una pronación mal aconsejada, y provistos de un ello demasiado influyente como para poder mirar de cerca lo cercano, abandonando los libros extranjeros y dejándonos destellar por el acervo cultural de la patria, prístino y realmente inmensurable. El avispero comenzaba a cocear su agua hirviente y la barbacana desaparecía, las almenas caían a puro trozo, el castillo del ánima interior era violentado chocarrera, chabacanamente, por el gobierno desventrado de los oclos, y las estructuras más perdidas y analfabetas se permitían darnos clases de bizarría. Pues bien, ¿dónde están ahora? En el fondo del mar, atocinados y amancebados en el fondo de un mar muy proceloso, en verdad...

Porque, realmente, no sirve de nada investir con las caracallas falsas, con el oropel de la vergüenza a los tafulleros codiciosos del filete y rasgadores del tafilete, a los castillos hechos por tejones sinvergüenzas y oprobiosos, a los instauradores de una movida (a colocarse y al loro) obsesionada por el plexiglás y los trombos venosos como regla de adecuación a los tiempos deudores del «giro epistemológico» que los caderines instauraron a partir del 68, verdaderos aniquiladores de casi quinientos años de cultura secular europea y también plenariamente española. Debemos medir ahora en el vacío, arquitectar sobre un material por definición huidizo y casposo, ramplón y punzante, cuya enseña parece consistir en escupir sobre España, despreciando a los que tienen dos dedos de frente e instaurando el fideicomisado de la vileza y de la abyección espiritual, cómo no aliñada con la supinación del jeribeque maleducado, del aspaviento más hediondo. La clave de las perfidias actuales es la bóveda atacada por los castillos-tejón, que deben irse a tañer al Báratro azufroso su mandolina de cuerdas bífidas si no dobles, delectantemente enroscada en los cuellos a degüello (y estamos hasta salva sea la pubococcígea): preferentemente al Tártaro más que al Hades, ya que solamente son capaces de componer melodías y epístolas adefesias, por muy polloperísticas (Fígaro, Fígaro) que se crean a sí mismas, un socaliño enfrentado a un espejito mágico, mientras destrozan y falsean a todo un país, no a «este país» sino a la España capaz de lo mayestático, en base a un revoltijo de idos y venidos que están pagando a Mefistófeles con un ánimus que suena por dentro a herrumbre de segador, a crimen nefando y a burla de apostolado necio y birlibirloquero (están de loquero si no de verdugo éstos, que siempre han sido delincuentes, por más que ahora vayan travestidos de delicuescentes «empáticos», juá, juá), con su catálogo de cucarachosos advinieron la lesa majestad y la corrupta humanidad. España, España, te precipitas a una negrura cuyos bastimentos son corrompidos por tus peores «compañeros de viaje», si es que Dios o el Espíritu no remedian este remedo de zapatero remendón, mendaz y arrabalero...

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