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FRACASA MEJOR

Luis Miguel Rabanal, lluvia y verdad

lunes 26 de octubre de 2020, 20:20h

Hay poetas originales que se dan reglas para ser totalmente libres mientras el día declina. Luis Miguel Rabanal es uno de ellos. Poeta que cabalga todas las noches con gran estrépito y con el caballo de la imaginación nada reventado acierta en cada libro luchando con varios misterios. Es la suya una poesía como un mundo donde el escritor construye para la eternidad. Es un murmullo ordenado que consigue emocionarnos. Nuestro Roberto Juarroz. Nuestro Paul Celan. Nuestro Derek Walcott que habla de lo demoledor inundado de sol y con reflejos de nieve. Eso es lo que encontraremos al abrir Que llueva siempre (Huerga y Fierro). La lluvia puede hacernos volver a sentirnos enamorados de la vida, enamorados de la vida entera, limpiarnos para así contemplar los cambios, las transformaciones, la expansión que se ha creado, o bien producirnos un miedo grande, una oscuridad en el interior del subconsciente.

Paisajes que no son triviales. Tiene más cosas que decir que nadie. Conflicto entre lo anímico y lo físico, el amor importante que proporciona alegría. Aventuras pasadas. Lo desconocido. La desgracia quiere darles la espalda a las ideas. Elegía y días de felicidad sin agua turbia que aún protestan angustiados, ansiosos, heroicos, hay aquí a espuertas, pero de una forma noble y clásica. Ciertos períodos de lágrimas también se cuelan por los versos del autor de Riello. Cincuenta poemas completamente despiertos, pero sueñan. El niño se aleja de los sueños ordinarios un poco desilusionados. Asociaciones sensoriales como pájaros cantando como siempre. “Despojos de la vida alegre” titula la primera de las tres secciones del libro de casi una quincena de poemas cada una. El primero, “Un hombre que dice adiós” es el que más nos conmueve, es un poema río, con un lirismo como potente corriente de agua: “Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor, / con solo hacer burla de sus piernas, que no existen / tampoco o con susurrarle al oído un nombre de niño / sofocado, y ya estaría en nuestro poder su vida”.

Cada obra de Rabanal es una obra mayor y no desmerece. Al frente del abismo se tiene cierta idea clara de lo que se ha dicho. Que llueva siempre, con la mirada fija en la madurez, nos da la información a voz en grito. “Lluvia, por favor”. Me recuerda a las puertas de las que nos habla Elías Canetti en El corazón secreto del reloj puesto que “quien se ha abierto demasiado pronto a la experiencia de la muerte jamás podrá cerrarle otra vez sus puertas: una herida que acaba siendo una especie de pulmón a través del cual se respira”. Lo que pasa a diario ocupa un lugar significativo en sus versos que profundizan por medio de la reflexión. Les dedicamos toda la atención a sombras que proporcionan una curiosa compañía. En el volumen hay mucho de diario maravilloso con descripciones de personas aparentemente reales, como en “Recuerdos de Anita: “Bebimos el aire / nauseabundo del desamor, como si fuera mentira vivir / de espaldas a la realidad brutal de los periódicos”. En la misma línea se inscribe “El sexo de Angelines”, tan nerudiano: “Yo la amaba y ella también me amaba, / bien es verdad que a duras penas los lunes y los jueves”.

Aparece lo viejo que vuelve a ser nuevo y nos trae la identificación del Yo. Las despedidas discuten furiosamente con el autor que sobrevive. “No comprendes que es el final, el verdadero / final, es un pasaje arrancado de tus ojos, / un niño que te mira y se parece a tu niño, un barco / que en la Ría cumple con su oficio de perseverar / en lo grotesco de la noche”. Como toda poesía de sentimientos reales y sinceros, la de Luis Miguel Rabanal gira en torno a retratos de personas donde parpadea el recuerdo de otras vidas. “A nadie le convence su rostro estropeado / por las brumas agoreras del último invierno” comienza el libro que nos habla de paraísos de los que fuimos expulsados en un tiempo desacelerado. Donde hubo el crecimiento de la semilla de la felicidad hay ahora duras piedras como leemos en “Para conmover al hijo que regresa” con su fraseo que nos hace preguntarnos a los lectores cómo terminaremos.

Pocos poetas que sigan el rumor de la tradición como Rabanal, pocos también dispuestos a defender el último reducto del lirismo. De poemas como “Mirlos y gigantes” (nos habla de los amores flotantes al decir “Feliz quien ha llegado a conocer la verdadera causa / de lo que sucede en este instante de melancolía. / Acaso los nombres garabateados en la corteza del chopo”), se pasa a otros como “Aléjate del fuego” lleno de detallismo: “Debiste proteger mejor tu cuerpo entonces. / Hoy ya es tarde para deambular a ciegas / los lugares que dispuso la rutina ante tus ojos”.

El autor de Poemas de Horacio E. Cluck o Matar el tiempo -que cierran la trilogía Postrimerías- me ha hecho abrir la ventana para que llueva y quiero agradecerle en mi diario personal -construido con el ensanchamiento de mi conciencia- la eficacia de su minimalismo. Alguna vez hemos oído que “todo está escrito”, pero no todo está escrito. La despedida de Luis Miguel Rabanal como poeta sería un agua gélida -de enero- y lo cubriría todo. Sin su poesía -inolvidable, no es posible que desaparezca- despertaríamos con una sensación extraña en el pecho en el lado fatídico del corazón. Uno nunca está solo al leerlo. Eso es, por encima de todo, lo que caracteriza la vida.

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