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Jorge Salvador enciende una hoguera sobre el mar por Javier Tomeo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 29 de octubre de 2020, 20:11h

¿Cuáles son los caminos nuevos de la Metaliteratura? Muchos lectores se muestran abatidos, cuando no desesperanzados, por la novela trufada de frases, en plan Calendario Zaragozano, y una trama general de novela-río, donde si quitamos veinte o cincuenta páginas la historia al completo sigue igual. Toda literatura es un palimpsesto o sistema de citas que cierran, sí, pero Borges hoy desde esa poética puede elevarse a algo con mayor esfuerzo personal. Jorge Salvador Galindo, lector omnívoro, editor carnívoro en Pez de Plata, licenciado en Derecho y con estudios en Criminología, licenciado en Filología Hispánica en sus ratos libres, lo ha conseguido en libro-homenaje a Javier Tomeo: Las croquetas del señor Keller (Eolas). Vanguardia radical y luces largas.

La prosa de Salvador es expresionista, rezuma color, los guiños son al humor absurdo (de Ionesco a Mihura), el bestiario es copioso (humano y animal), siempre el clic de foto fija a Javier Tomeo es seña identitaria (en los diálogos, al modo del maestro, pero mucho más a nivel grupal). Decía Tomeo, a quien mucho traté, que lo suyo no eran novelas sino “automatismos psíquicos prolongados en el tiempo”. La hoguera absoluta de una escritura dramática: cierta agonía, en forma de conversación y en mita de la nada, sí, donde los personajes no hacen sino buscarse o dirigirse en dirección contraria a la del precipicio. Lo mismo hace Salvador Galindo, pero desde el humor, el disparate, un surrealismo plástico de prosa ligera y culta, de muy buena prosa ahormada por una mente diabólica, donde la imagen frontal es un susto y la narración, bella en su prosodia e hipotaxis, la mejor caricia y verbo encendido.

Por todo lo anterior, aparecen unos ojos antes que una cara, a la manera de Lewis Carrol, surgen gritos antes que las bocas sucias y su amparo, personajes con las cejas pintadas y sin memoria, seres con orejas de goma o la piel de sus mejillas brillantes como los muslos de una muñeca hinchable. Criaturas hechas solo de Tomeo: el “cerdalí” (mezcla de cerdo y jabalí). Bípedos con una sola mano prensil donde brilla una cuchara de madera. Jorge Salvador es la fiesta, sin brida, de una imaginación desbocada, donde cada relato lleva el título de una novela de Javier Tomeo y la prosa, queriéndose metaliteraria, inicia caminos nuevos por otra plasticidad sin citas (salvo el comienzo) para que el adjetivo empuje y el verbo retenga, a dos velocidades, en perfecto juego de relojería kafkiana, gótica, fantástica y todo un mundo cotidiano raro donde nos salvamos por lo maravilloso.

Tomemos un relato al azar, el segundo, Ceguera al azul, que fue la primera novela seria de Tomeo, observemos la manera de narrar: “El muerto no tuvo nada que ver porque era ciego. El perro lazarillo se desentendió de su amo en un momento inapropiado: cuando el ciego, creyendo haber cogido su tacita de café, agarró la copita de cianuro. Mostró los dientes. “Qué asco de café”, dijo, y luego se quedó en silencio. Avisaron a su mujer y su mujer, dos minutos después, me avisó a mí. Conectamos una cita para dos minutos después. La señora tenía prisa porque el escroto del cadáver parecía un pergamino, según dijo, y empezaba a molestarle su colonia”. Vemos las repeticiones clásicas de Tomeo, vemos ese rito de lo áspero donde lo extraño se cuenta de modo cotidiano, La metamorfosis de Kafka al alcance de vista, oído y tacto. Cepos donde lo racional se encalla, y así sacar el pie de la herida es la curación milagrosa.

Explicamos a Jorge Salvador Galindo lo mismo que al maestro desaparecido Javier Tomeo: soledad e incomunicación son las notas musicales de cada personaje. Una soledad colisiona con otra, la peripecia se teje y desteje, pero siempre tales monstruos no escapan de su victimario, en el caso de Tomeo, ni de la exhibición gozosa o gag, en el de Salvador Galindo. Juan Benet de un modo u otro da título a este libro: “Javier Tomeo escribe novelas como croquetas”. El señor Keller fue el pseudónimo que empleó Tomeo en algunas novelas de kiosco hoy desaparecidas. ¿Qué quiso decir Benet? Está claro: que todas sus novelas eran iguales y que nunca se esforzó en hacer otra ficción diferente. Así, por ejemplo, dejó pasar el Premio Planeta, que le ofreció Rafael Borrás en bandeja cuando dirigía la casa. Así dejó más premios correr, más honores, a su bola, entre El viejo y el mar y La metamorfosis. El propio Tomeo describía su poética mínima: “Yo es que después de haber escrito cien páginas me aburro”. Relatos-croquetas, novelas-posavasos, libros breves con sabor a bala y metal, disparos ingeniosos.

La Metaliteratura, en mayúsculas, de Jorge Salvador Galindo, se ensancha con la patafísica, la literatura experimental, la ciencia ficción, el relato policiaco, la crítica de arte, el arte de la comicidad, la novela gestual, en una línea nueva distinta, ya quedó dicho, a la del Calendario Zaragozano con mil frases ajenas y ninguna trama. Los treinta y ocho relatos rezuman frescura, novedad y fuerza. Lo que más tiene Jorge Salvador son ganas de escribir y ninguna inercia. Nos sobrecoge esa insolencia en este carrusel literario imparable donde muchos clásicos ríen mudos –pienso en Alfred Jarry, por ejemplo- ante el homenaje velado que se les hace. Un torrente, un grifo abierto que llena el mar, son estas páginas nerviosas por las que un clásico vuelve redivivo.

Diego Medrano

Escritor

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