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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

La Sharía sí, la Sharía no

Juan Manuel Uruburu
jueves 29 de octubre de 2020, 20:16h

Hay palabras que estremecen solo por su sonoridad. Una de ellas es la de Sharía o ley islámica, un término que gracias a los medios de comunicación asociamos rápidamente a la imagen de un barbudo alucinado y munido de kalashnikov junto a una aterrorizada jovencita. El collage televisivo, no por ser falso, ya que hay mucha maldad en este mundo, puede inducir una imagen distorsionada y parcial de un fenómeno mucho más profundo y complejo, como es el de los sistemas jurídicos de inspiración islámica que rigen y han regido una parte de nuestro planeta. Creo que asociar la ley islámica al castigo feroz sería una simplificación comparable a la de vincular el sexo al SIDA o los automóviles a los accidentes de circulación. Es decir, existen, pero no deberían ser su tarjeta de presentación.

¿Pero exactamente qué es la Sharía? Como decía, se trata de un sistema jurídico, cuyos orígenes se remontan a los orígenes de la religión islámica. Así, a lo largo de los extensos territorios en los que las poblaciones compartían señas de identidad tales como la lengua árabe y la religión islámica floreció un rico patrimonio jurídico cincelado por una extensa actividad jurisprudencial. Un patrimonio que se enriqueció al contactar con los más desarrollados sistemas jurídicos de la época como el romano-bizantino, el sasánida o el mosaico, y que legitimaba sus opiniones en algunos pasajes del Corán y de la Sunna. Por lo tanto hablamos de un derecho sagrado para los musulmanes, revelado o inspirado por Dios. Esta es la particularidad esencial de la Sharía frente a otros sistemas jurídicos. Su legitimidad no depende de la voluntad del gobernante de turno o del refrendo popular, sino de su adecuación a los mandatos divinos. Este sistema jurídico, como cualquier otra manifestación de una cultura tuvo su momento de esplendor y también de decadencia. Así, desde el siglo XIX, con la implantación progresiva del colonialismo europeo en la mayoría del Mundo Árabe, la Sharía quedó relegada apenas a regir las cuestiones privadas que no interesaban al colonizador, como era el estatuto personal de los colonizados, esto es, el matrimonio, divorcio, herencias, filiación y poco más.

Tras su independencia de la ocupación colonial, bien entrado el siglo XX, los nuevos países árabes debieron de implantar, generalmente en plazos muy breves, nuevos ordenamientos jurídicos que regularan la vida de estas sociedades recién independizadas. Para esta misión los juristas árabes tuvieron la difícil misión de componer un ordenamiento a partir de fuentes tan diferentes como eran los derechos de los países occidentales que, en numerosos ámbitos ya habían sido aplicados durante el periodo colonial, y, por otra parte, un derecho islámico creado, desarrollado y anquilosado a lo largo de su historia, por medio de una jurisprudencia fértil en un principio y repetitiva e inmovilista desde el final de la época moderna. El derecho europeo era moderno pero extraño culturalmente mientras que el Derecho islámico era próximo culturalmente pero extraño en lo temporal. Esta circunstancia ha creado una permanente dicotomía que ha presidido la recepción del Derecho islámico en los países árabes. ¿Tradición o modernidad? ¿Valores y principios islámicos o verdaderas leyes islámicas?

La solución inicial fue la de mantener el status quo heredado de la época colonial, es decir, relegar la Sharía al ámbito privado y familiar e implementar el derecho de inspiración europea en el ámbito público, como es el caso del derecho administrativo, constitucional o penal. La independencia de los nuevos países árabes marcaría el inicio de una competición entre diversas élites por el control del poder. Tras una primera etapa de democracias que podríamos calificar como “bananeras”, a partir de los años cincuenta el ejército pasó a asumir el control político en la mayoría de los estados árabes. El ejemplo del egipcio Nasser traspasó fronteras y en estos estados el estamento militar pasó a asumir de modo directo o indirecto el poder en aras de la estabilidad. A medida que los regímenes dictatoriales se iban implantando y la incipiente sociedad civil se iba desmantelando, el estamento religioso iba quedando como el único espacio organizado desde donde se podía presentar una cierta resistencia ante los abusos y fracasos del poder militar. Así, serán las madrasas, mezquitas y las sedes de organizaciones de inspiración islámica, como los Hermanos Musulmanes, los espacios donde se denunciará la corrupción de los gobiernos dictatoriales. Algunos acontecimientos puntuales como la revolución iraní de 1979, serían decisivos para configurar este islam de resistencia que abogaba por la plena reimplantación de la Sharía como modo de moralizar la vida pública y la acción del Estado.

Es en este punto cuando debemos volver a nuestro barbudo alucinado. Será precisamente en los momentos de zozobra política, en los que se ve amenazada la sacrosanta “estabilidad”, cuando los gobernantes redescubran el viejo derecho penal de la Sharía y su función ejemplarizante. El pistoletazo de salida de esta tendencia se producirá en Libia en 1971, cuando dos años después del Golpe de Estado que le llevaría al poder, el Coronel Gaddafi causaría una sorpresa general al anunciar el establecimiento de una Comisión encargada de presentar propuestas para la islamización del ordenamiento Jurídico libio, incluyendo la legislación penal. Así, algunos delitos reconocidos en el Corán, como el adulterio, el robo o el consumo público de alcohol pasaban a estar sujeto a castigos físicos públicos como la flagelación o la amputación. Es decir, una vuelta a la vieja concepción ejemplarizante del derecho penal. La iniciativa del gobierno libio, lejos de tratarse de un fenómeno aislado fruto las “excéntricas medidas” que se atribuían a Gaddafi, marcará el inicio de un nuevo movimiento de islamización del Derecho Penal que se extenderá durante los siguientes años a otros países árabes e islámicos.

Por ejemplo, en Mauritania la reorientación de su Derecho penal, con el establecimiento de penas físicas, se produce igualmente en el contexto de un Golpe de Estado perpetrado en 1978. Las nuevas autoridades militares tratarán, desde un primer momento, de atraer a los sectores más tradicionales de la sociedad, que se habían visto marginadas en el anterior régimen, al mismo tiempo que procuraban obtener la financiación y el apoyo internacional por parte de los países musulmanes más tradicionales. En otros países, la aparente jugada maestra de reconciliar al poder militar con los sectores islamistas por medio de la versión medieval de la Sharía tendrá trágicas consecuencias desde el punto de vista colectivo. Así, en Sudán, a lo largo de la década de los años 70, el gobierno de Nimeiri se desprenderá progresivamente su discurso nacionalista y socialista para sustituirlo por otro de carácter islamista con el objetivo, por una parte de reforzar su base política interna atrayéndose a la rama sudanesa de los Hermanos Musulmanes y, por otra, de asegurar el apoyo financiero de Arabia Saudí y de Estados Unidos. La consecuencia de esto fue la aprobación, en 1983, de un nuevo Código penal que establecía los castigos físicos y la pena de muerte para una serie de delitos recogidos en el Corán. El problema es que buena parte del sur y del centro del país contaban con mayoría de población cristiana que. De ninguna manera, querían ver aplicada la sharía en sus territorios, por muy ejemplarizante que fuera. La consecuencia directa fue que esta iniciativa acabaría por poner la guinda al pastel de la sangrienta guerra civil que acabaría por desgajar a Sudán del sur del resto del país.

Pero, sin duda, el país árabe que se presenta como adalid en la aplicación de la versión medieval de la Sharía es Arabia Saudí. Si en los anteriores casos veíamos como la sharía funcionó como una moneda de cambio para atraer a los sectores islamistas hacia posiciones próximas al poder, en el Reino del desierto la situación es diferente. Nunca fue colonizado por Occidente ni nunca tuvo contacto directo con el derecho occidental. Es un reino creado por la fuerza militar de una tropa dirigida por una familia que nada debe a los occidentales por ganar su independencia. Por ello este gigante árabe organizó sus leyes con arreglo a su tradición secular sin tener que presentar cuentas a nadie. Con el paso de los años parece cada vez más sorprendente ver a un país con un importante desarrollo económico y una política exterior considerada afín a los intereses de Occidente, en el que las decapitaciones y flagelaciones públicas por delitos como acostarse con la vecina o el vecino siguen a la orden del día. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción? Quizá el factor tiempo pueda darnos unas pistas. En poco más de medio siglo muchos saudíes han pasado de conducir camellos a pilotar flamantes vehículos 4x4 e incluso Ferraris. El desarrollo económico ha sido espectacular pero el desarrollo de las mentalidades no sigue forzosamente el camino del dinero. Así, en el Golfo Pérsico vemos ejemplos claros ejemplos en los que unas sociedades, que a pesar de disfrutar de análogos estándares de desarrollo económico a los occidentales, responden a mentalidades muy diferentes que se anclan en su historia. La Sharía no es más que uno de los elementos que se integran en esa mentalidad o visión del mundo.

Así pues nos encontramos con dos contextos diferentes en los que el derecho penal de la Sharía se implanta en los países árabes. Uno responde al oportunismo político de gobernantes poco escrupulosos, otro responde a una tradición secular e ininterrumpida que entiende las penas físicas como el camino indicado por Dios para ciertos delitos abominables. Quizá ambos contextos cuentan con un elemento en común como es el del apoyo de una parte de la sociedad a la represión del crimen por los métodos que dicta su tradición. ¿Esto debería cambiar? Pues depende de quién lo mire. En Texas, sin ir más lejos las ejecuciones por horribles inyecciones son públicas para los parientes de la víctima. Creo que allí no tomarían en serio a nadie que preconizara a desaparición de esas macabras ceremonias. Al final solo es una cuestión estética. El sentimiento de venganza es universal y trasciende culturas y continentes.

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