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TRIBUNA

Real Meeting Party o los nuevos cortesanos

viernes 30 de octubre de 2020, 20:18h

Cuando nací el ser humano no había pisado la luna y España, que estaba excluida del Mercado Común, se presentaba en mis libros de texto como un país “en vías de desarrollo”. Mucho han cambiado las cosas, tanto que la comunicación con las generaciones más jóvenes empieza a resultarme impracticable. Supongo que siempre ha sido así, porque la queja es recurrente. Un jeroglifo del año 2000 a. C. aproximadamente dice: “Nuestro mundo ha llegado a un estado crítico. Los jóvenes no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar lejos”. También yo incurriré en el error de considerar que la situación contemporánea encierra una singularidad. Grande es la paradoja.

Soy un envejecido ejemplar del hombre viejo entre ejemplares del hombre nuevo, que no siempre es joven. El hombre nuevo tiene resueltos – diría que engañosamente – todos los problemas relativos a fines y causas últimas. Verá incluso ridículo que le preguntemos por el sentido de la vida o el último objetivo de sus actos. Una suerte de idea utilitaria de felicidad le es suficiente a título individual y le provee de un programa colectivo resumido en la máxima: la mayor cantidad de felicidad posible para el mayor número posible de individuos. Esta patraña le parecerá luminosa. Sus relaciones se pretenden racionales, con lo que quiere decir contractuales. Se llevan a cabo a partir del cálculo del beneficio que extraen de la relación los propios contratantes: desde el trabajo a la amistad, desde el matrimonio a la filiación.

Tampoco le perturban las graves transformaciones políticas, porque ha depositado una confianza ilustrada en los valores de la representación y la democracia. Nada le convencerá de la falacia que se esconde en su antifascismo, su antirracismo, su anticolonialismo o su antinacionalismo. Su integrismo democrático le deja ver un fascista en todo oponente. Sentirá realizarse su destino cada vez que su voto cae levemente en el interior de una urna sacralizada. Educado en el consenso que siguió a la hecatombe de la última Guerra Mundial, todo el resto carece de importancia.

El hombre nuevo, no necesariamente joven, conoce todos los recursos telemáticos para una educación eficaz y a la vez liviana. Ha encontrado en las herramientas tecnológicas un camino de reyes para cualquier disciplina. La objeción de Euclides – cuyo nombre ignora ignorar – le parecerá efecto de una insuficiente habilidad pedagógica.

Todo ensayo de definir al hombre nuevo incurrirá – a su juicio – en una insoportable constricción porque – dueño soberano de su identidad – sólo él puede construirse y deconstruirse a voluntad. De ahí su rostro sin gesto o su cara de plasma, bien ajustada al tratamiento a través de la pantalla. La misma pantalla, que neutraliza la realidad y virtualiza todo el contenido de nuestra vida, es para el hombre nuevo un escudo protector: paréntesis digitales que suspenden la eficacia y el riesgo de las cosas mismas.

El imperio del hombre nuevo se ha extendido profundamente desde que, allá por el mes de marzo del año aciago de 2020, se inició un confinamiento que supuso el vuelco lento de nuestra constitución antropológica residual. La clave está en la distancia. Hace tiempo que el comercio salva distancias enormes en tiempos cada vez más breves, los viejos objetos de las culturas son fugaces mercancías que no sólo se deshacen entre nuestros dedos, sino que vuelan hacia nosotros desde cualquier extremo del mundo. Los mismos sujetos se emiten a enormes distancias para sustanciar relaciones a través de las pantallas, en un incesante ir y venir con la fluidez de los fantasmas.

El trato directo – cara a cara – se ha convertido en un lujo inalcanzable para las masas virtualizadas y desactivadas, porque esas masas – que entraron en la historia hacia el siglo XIX – puede decirse que han sido hoy plenamente neutralizadas por el desarrollo asombroso del Big Data y la implantación del nexo distante de la pantalla. Es cotidiano el fenómeno – que hace unas décadas parecía imposible – de una gestión nominatim: de cada uno y al instante. No diremos en “tiempo real” porque de “real” no nos queda nada… O acaso, sí. Queda para unos pocos el lujo de cruzar sus miradas con el prójimo, brindando y conversando, en torno a una mesa. El viejo hábito del convivium: la ceremonia desenmascarada de una vida real está hoy sólo al alcance de las nuevas élites privilegiadas. ¿Han visto la lista de los invitados a la gran fiesta de la última semana en que hicieron vida real (convivieron) los grandes señores del periodismo y la política? Cuando nací España – centrada en la inamovible península – no estaba en Europa y no se había dado sobre el polvo lunar aquel gran paso para la humanidad…

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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