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Un significativo silencio

Florentino Portero
miércoles 27 de agosto de 2008, 21:32h
La Crisis de Georgia es un hecho mayor en la política internacional de nuestros días, que tendrá importantes consecuencias en los años venideros. Además, ha sido un caso ejemplar para analizar los aspectos culturales que se encuentran tras nuestra política exterior y que afectan tanto a la ciudadanía como a las dos principales formaciones políticas.

Mientras Europa debatía el margen de maniobra diplomático de que se disponía para intentar detener el expansionismo ruso, las posibles responsabilidades del presidente georgiano por su comportamiento, las implicaciones de la dependencia europea del gas ruso, la conveniencia de adelantar el ingreso de Georgia y Ucrania en la Alianza Atlántica, la viabilidad y los costes de seguir la propuesta norteamericana de trasformar el G-8 en G-7 y de castigar a Rusia desde la Organización Mundial del Comercio... los españoles veíamos el espectáculo desde la distancia de saber que esta crisis no va con nosotros ¿Cómo es posible que un problema internacional que se produce en las lindes de la Unión Europea y de la OTAN no nos afecte? ¿Cómo una situación que obliga, por ahora, a sendas reuniones extraordinarias del Consejo Atlántico y del Consejo Europeo puede parecernos ajena? ¿Cómo aceptar que tanto Rodríguez Zapatero como Rajoy no hayan considerado necesario interrumpir sus vacaciones estivales y hacer, por lo menos, unas declaraciones en profundidad, cuando Sarkozy, Merkel o Cameron, el jefe de la oposición británica, entre otros muchos, han sentido la obligación de desplazarse hasta Tiflis para conocer la situación de primera mano y mostrar su solidaridad con la nación georgiana?

La respuesta hay que buscarla en un cambio de ciclo. Desde el inicio de la democracia hasta la Crisis de Iraq la sociedad española y sus clases dirigentes hicieron del reconocimiento internacional el primer objetivo de su diplomacia. Había que lograr estar en los centros de decisión, influir desde la defensa de los propios intereses, situar a España en “primera división” o en “la liga de los mayores”. Lo hicieron y lo consiguieron. No fue mérito de un dirigente ni de un solo partido, sino de treinta años de trabajo constante. Esa visión se esfumó con el ascenso de Rodríguez Zapatero y con el debate nacional sobre la Crisis de Iraq.

Por una parte los españoles sufrimos de “mal de altura”, al comprobar que cuando se accede al club de las grandes potencias no sólo se tienen ventajas, también toca decidir sobre el uso de la fuerza, desplegar unidades militares... Los españoles redescubrimos entonces que nuestra vocación por jugar en “la liga de los mayores” era limitada. En realidad sólo queríamos superar las viejas trabas y el complejo de inferioridad provocados por el aislamiento a la España de Franco.

Por otra, el ciclo de construir una España grande concluyó con la formación del primer gobierno Rodríguez Zapatero. La “opción confederal” triunfaba. España iniciaba un proceso de deconstrucción incompatible a todas luces con una política exterior vigorosa. La diplomacia es una faceta del Estado, es parte de su dimensión internacional. Cuando de lo que se trata es de deshacer el Estado no se piensa en reivindicar su papel en la escena mundial. A menor presencia pública de la Nación mayor espacio para las nuevas nacionalidades. La desaparición de España como actor internacional no es casualidad ni resultado sólo de la incompetencia del tándem Zapatero-Moratinos. Es la condición necesaria, o al menos conveniente, para desmigar lo que costó siglos amasar. La exaltación de la aldea no sólo implica en este caso el menosprecio de corte, también la irrelevancia de nuestra imagen internacional.

El “mal de altura” y la “opción confederal”, tan presentes en populares como en socialistas, convergen en el peculiar europeísmo español. Posiblemente no hay un solo país en el Viejo Continente, entre los de tamaño medio y grande, en los que haya un acuerdo tan amplio entre las diferentes formaciones políticas sobre las bondades del proceso de construcción europea. Tampoco será fácil encontrar un país, entre los citados, donde el desconocimiento sobre la materia sea tan grande. Si los españoles son europeístas no es porque participen de esta corriente idealista, que desconocen, sino porque la Europa unida era el marco ideal para superar el aislamiento de décadas y para asentar una democracia en la que no acababan de confiar. No sólo Franco creía en unos “demonios familiares” que abocaban al conflicto civil. Ahora, años después de enterrar al Caudillo en su monumental panteón y de aprobar una Constitución democrática, Europa sigue siendo un marco ideal, en este caso para deshacer sin conflictos una de las más viejas naciones occidentales. De ahí que Rodríguez Zapatero se haya limitado a decir que apoya el trabajo realizado por la Presidencia francesa de la Unión. Lo que no ha querido aclarar es que le hubiera parecido bien cualquiera cosa que Sarkozy hubiera hecho. Es la lógica del “modelo confederal”, las competencias del Estado se desagregan en dirección a Bruselas en unos casos y a las capitales autonómicas en otros.

No es sólo que Georgia quede sentimental y culturalmente muy lejos para los españoles de hoy, es que, guiados por sus dirigentes políticos, creen que son otros los que tienen que decidir por ellos. La España de Zapatero sí cree en el Despotismo Ilustrado, en el deber de la Europa Unida de resolver nuestros problemas y, en especial, de garantizar nuestra convivencia y nuestro bienestar. El problema es que esa Europa no existe, que los tratados de la Constitución y de Lisboa han sido rechazados y que los estados miembros no comparten los principios básicos para una acción exterior común. La opción provinciana enarbolada por Zapatero, y de la que Rajoy se ha convertido en fiel escudero, renuncia voluntariamente a ser en la escena internacional, pero no acaba de encontrar una Europa en la que disolverse plácidamente.

Florentino Portero

Profesor

FLORENTINO PORTERO es analista del Grupo de Estudios Estratégicos, responsable del Área de Política Exterior y de Seguridad española

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