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TRIBUNA

El gran fraude paraliterario de la nueva sentimentalidad

Víctor González-Quevedo
viernes 06 de noviembre de 2020, 20:12h

Hoy vamos a hablar, siguiendo la razón de Coco, el afelpado muñeco azulino de Barrio Sésamo, acerca de por qué lo que antes estaba justamente arriba está hoy injustamente abajo, y de por qué lo que antaño se hallaba justamente abajo está hogaño injustamente arriba. Pues bien, esta manifiesta cacicada tiene un motivo, y es político: el racismo y el clasismo inversos instaurados en España si no en todo el mundo libre, a la cual (España) hoy «no reconoce ni la madre que la parió» (muy graciosillos y gracejistas los grandes acuñadores de butronadas); siendo sobre todo este último clasismo inverso el que provoca que ciertos hegemonistas de sobra conocidos, sin más brillo que el oropel y talento muy justito, así como sus rancias cohortes de propagandistas conciliabulares, se crean con derecho a menospreciar a «los poetas que usan palabras raras» [sic], lo cual en nuestros izquierdistas radicales no es nuevo, y contribuye únicamente a desacreditar, tan ridícula como ofensivamente, por ejemplo, toda la poesía culta que va desde Góngora y Quevedo a Jovellanos o incluso hasta Rosalía de Castro, sin ir más lejos, por no hablar de autores extranjeros a los que no han entendido. Lo que pasa es que la poesía de Góngora, por ejemplo, es culta y exigente, al menos la de tono mayor, y la de sus pseudoeminencias de hoy resulta pueril, sin hermenéutica asociada, otrosí de manifiestamente inferior para el lector culto de todos los tiempos: para esta tropa inicua, y admiradora de genocidas como Castro, Mao o Stalin, sin embargo, todo vale con tal de perpetrar la aséptica engañifa, todo se ajusta al muñeco de barro (copra & cigarro) para imponerle el defenestrado canesú, y que les den azufaifa a los Teognis de Mégara o a los Semónides de Argos, por poner dos ejemplos de poetas griegos clásicos y aristocráticos, a los que estos tunantes no han leído ni en la portada de una revista de sudokus, porque claro, son «de letras», y nos cargan continuamente con que aunque la letra sea impura y patocha, letra gordona se queda: esta memez es el adagio ya casi cuarentón de ese plastrón sedimentario de «la nueva sentimentalidad», que consiste en la banalización de la literatura que éstos destruyen, patulea de orcos buscando seda sangrienta que no se les niega, y desayunando éxito económico con un planteamiento de mientes-oropel... Si no fuera ofensivo, sería también ridículo. Su admirado Lorca era un gran poeta, pero en España no ha existido ningún poeta-profesor que haya sido no digamos ya excelente como poeta, sino meramente decente versificando. Lo afirmo taxativamente porque es la verdad, y yo de esto entiendo lo suficiente; he llegado casi a perder mi vida en más de una ocasión por mi concepto de arte por el arte, que siempre es verdadero y arriesgado, y que se paga crudamente a cargo de los mismos simios sin eximios...

Por cierto, que todos estos anticapitalistas de pegolete viven bastante mejor que el que suscribe, pegados al poder del cual forman parte con su mínimo y basuriento jumento hipocrítico y a falta de un juramento hipocrático en condiciones, haciendo todos un arte pararrealista bastante grueso y muy pedestre (temen al malditismo, por ello son ellos quienes fabrican malditos, no los malditos mismos), que se podría resumir en «escribir como escupir», al par que venden sus libros en el mercado internacional panhispánico bajo sellos y premios editoriales potentes (dinero, dinero, dinero), mientras a nosotros nos edita la Niña de los Peines después de la jumera: una tontuna flagranticia e incongruente más, otra forma de arrostrar la baja inclinación moral y la ética prostituida, bajo el paraguas abullonado y con agujeros múltiples de «la tolerancia», «la ética», «la democracia». Ja, ja, já, muy gracioso, igual tiene esto de elevación y de donaire que el vuelo pedorriento de las balas de un tiro de gracia, los que se van de montería a cazar incautos con tanta prisa son tan conmovedores que dan risa, pero ante todo estomagancia. Esta tropa nos ofende no sólo a mí y al lector al que desprecian, mientras le sacan del talego los cequíes (hipócrita lector, nuestro no-semejante, nuestro fraticida), sino también a amigos míos de mucho mayor calado artístico que ellos, y estos «compañeros de viaje» son adictos a aparecer en no-lugares perorando acerca de su lingüismo de bombillas: el cunilingüismo de su propia pepita autolustrada está garantizado, con estas señorías, y he visto cerca de mi domicilio a loros procaces con más arte que una gavilla al azar de estos manipuladores del cotarro bajokultural, cuyos cutres premios literarios deben de estar tan lustrosos que la última vez ya un hastiado Mister Proper se dejó el greñaje largo, y dijo aspaventosa pero racionalmente aquello de «que limpie esta cochiquera su señor padre de ellos». Si se hicieran a los premios y premiados auditorías, cuántas metáforas tiñosas habría: de hecho, proliferan como hongos los Pierrots y las socaliñadas de cheque al portador, que cuando encanezcan acabarán poniendo el índice en la poco conturbada o frecuentada sien: papá, soy filólogo y pensador, Jack Kerouac hace cuac-cuac... Pues claro, los patos barahundosos siempre abundaron en el odio al cisne, esta vieja envidia es deudora en la mímesis de una ya muy antigua envidia burguesa de hace doscientos cincuenta años, por parte de estos «queridos compañeros». No han inventado nada; tan sólo lo reformulan para fastidiar al creador hidalgo...

En fin, miren, capto su benevolencia tanto como su malevolencia: uno de nuestros poetas y escritores favoritos de todos los tiempos, que era genial y por lo tanto también fue arrumbado, fue el checo Vladimír Holan, de manera parecida a como lo fuese el gran poeta Manuel Machado, y no Antonio, con sus delirios mairenosos: a este hombre (Holan), los ilustres comuneros mamarrachos le prohibieron publicar sus grandes y espiritualmente fecundos libros durante tres lustros, ¡tan sólo por ser creyente y tener talento! ¡Eso es represión, eso es anatema, eso es papanatismo radical! Es hora de decir, ya sin ambage alguno, que todas esas eximias luminarias que hablan de «extrema derecha» tienen a la Extrema Izquierda depauperando a España, a la cual quieren arrastrar hacia la socialización de la pobreza y a la injusticia del picapiedra adicto al «albañilismo con pretensiones». Eso es inaudito en Europa Occidental, que es menos miserable que la gallufa cuestionada, por mucho que se rían del patriotismo y que nos consideren gilipollas perdidos: pues creen los Ayatollahs de la hoz y el martillo que un grano bello y bueno no puede juzgar a la arena negra y mala, o que el mar se forma por la lluvia: pero qué quieren, si pudres la base corrompes todos los ápices, bobo... Porque tamaño despotismo, si fuera ilustrado, tendría su elevación, y ahí anidaría una justificación ético-moral. El problema de este despotismo-nepotismo es que es peor que los despotismos ilustrados, que al menos tenían una cultura verídica o lo intentaban, así como un respeto por la misma. El despotismo-nepotismo inilustrado ha llegado no para quedarse, que también, sino para infectar al mundo libre, y la Covid parece ser únicamente el primer plazo de toda la estrategia del inmenso (y menso) apparatchik socialcomunista. Les deseamos mucha mierda en su teatro, del cual salimos con las probóscides tapadas, si es que entramos en la bufonada sin socaire. Y (ya de paso) les acusamos de informalismo decadente: por diez mil euros maniatan al Arte, por cien mil lo fusilan; por un millón... ¡Ay, Juanita, qué no harían todos estos seres tan facundos y jocundos por un millón! Pues la muerte del arte tenía un precio: el precio consistía en reírse babosamente de Giacomo Leopardi o de Jules Laforgue, a los cuales debían todos estos graciosillos chupar taba por taba. La vieja resentimentalidad es el (no tan) nuevo resentimiento, hegemónico y cesarista, del nuevo «privilegé», que es también cuasihortera, mediático, corporativo y colusivo. Y las últimas dos décadas de «poesía de la experiencia» (¿qué experiencia, por favor?) son, en su mayoría, un florilegio muy poco edificante para el lector, de rosas plasticosas y postmodernas, símbolos vacíos y desertados, y finalmente calambures facilones y absurdos. Ahí es nada, y he ahí la nadería. Mientras, entre estos paralipómenos, ritornelos y estrambotes lamentables, que nada aportan a la cultura ni al arte (sí a las faltriqueras), alguien lee libros ignífugos, incluso hoy...

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