Un genio norteamericano, Groucho Marx, hace ya muchos años, dijo: “Debo de confesar que la televisión me parece muy educativa. En cuanto alguien la enciende, me voy a otro cuarto y me pongo a leer un libro”.
Veinte años después, en 1997, Giovanni Sartori, profesor en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas, en su libro, “Homo videns. La sociedad teledirigida”, sostenía la tesis de que la televisión -y la comunicación instantánea de Facebook, Twiter, Instagram, etcétera-, produce fundamentalmente imágenes, y también fundamentalmente tiende a anular los conceptos. A partir de esta observación, Sartori advertía que ese cambio profundo en la comunicación estaba deteriorando las prácticas de conocimiento y de debate intelectual, y derivado de todo esto, la democracia se estaba degradando.
En la segunda década del siglo XXI, los líderes políticos, sabiendo que “una imagen vale más que mil palabras”, han dejado de asesorarse con expertos en asuntos nacionales e internacionales -antaño Keynes, Robert McNamara o John K. Galbraith, como ejemplos-, para confiar su acción política a gurús de la propaganda y de la imagen publicitaria, caso del antiguo e inquietante asesor de Trump, Steve Bannon.
No pretendo que esta percepción de la realidad norteamericana sirva de explicación a lo está sucediendo en Estados Unidos, con el empate y desempate entre Trump y Biden a la presidencia de ese gran país, que sigue siendo un sismógrafo de los movimientos profundos de la política mundial.
Lo que me niego a admitir es que los más de 68 millones de habitantes que han votado a Trump sean todos igual de groseros y malvados como el actual presidente norteamericano.
En un artículo que se va publicar para la Enciclopedia de Ciencias Políticas y Morales, después de dedicarle un verano a estudiar la evolución del socialismo en los dos últimos siglos, llegué a la conclusión que de los tres grandes proyectos de esa corriente (que iría desde el comunismo al liberalismo norteamericano, pasando por los socialdemócratas americanos y europeos), los cuales son, la revolución, la propiedad pública de los medios de producción y el internacionalismo, sólo este último concepto mantiene su vigencia, y es más, mantendría su capacidad de trazar un objetivo atractivo para los seres humanos de nuestro tiempo, irritados y desorientados por el avasallamiento de un capitalismo financiero que está produciendo desigualdades sociales en las democracias atlánticas, una reducción del libre comercio mundial y la sustitución del multilateralismo por un nuevo mercantilismo en las relaciones internacionales.
Si esa influencia de la imagen, y por tanto, la confusión entre la información y el espectáculo, se ha convertido en la causa por las que las democracias están degenerando en demagogia (algo que sabemos desde que Tucídides lo observó en la Atenas democrática), eso, se debe, en mi opinión, al colapso que esta sufriendo hoy el internacionalismo, entendiendo internacionalismo como cosmopolitismo, aquello que Kant propuso para asegurar la paz y la justicia mundiales.
A Trump no le han votado solo los ricos egoístas, sino que amplios sectores de la clase trabajadora, los granjeros alarmados por las dificultades para competir, una parte de los ciudadanos de origen latinoamericano, un importante estrato de la clase media, y también -por acción o por abstención- los norteamericanos con trabajos precarios y mal pagados, son su base electoral, haciendo del trumpismo un factor de futuro, con Trump dentro o fuera del círculo de la política americana, e incluso, mundial.
¿No fueron estos sectores la base social y el proyecto ideológico del progresismo de sus años gloriosos?
Trump no puede ser el modelo de la mitad de la sociedad norteamericana, sociedad de fuertes raíces morales y religiosas, el puritanismo como humus social de aquella nación, con vocación de ser ejemplo en el mundo.
Pero Trump ha conseguido la gran mentira de no aparecer dentro de la aristocracia del dinero, unos sujetos que habitan en un mundo privado, y como él, no pagan impuestos, que gozan de una justicia particular, que influyen en los gobiernos por su posición social, aunque nunca se presentan a las elecciones. A esa aristocracia se refiere Trump, cínicamente, cuando señala a las élites de Washington como peligro oculto.
La videopolítica, las imágenes en lugar de análisis racionales, hace posible cambiar la realidad.
Trump es un fullero que no paga impuestos, pero sintoniza con ciudadanos que no soportan que los super ricos paguen menos impuestos que sus secretarias asalariadas, o que, como Trump en ocasiones, vean hundirse sus empresas antiguas, mientras los bancos acaban superando sus dificultades con el dinero aportado por los ciudadanos con sus impuestos.
Gane Biden o Trump esta situación no puede seguir así. Los votos de todos y cada una de los ciudadanos se han convertido en una fuerza formidable; ya ninguna ideología plantea, como en el pasado, suprimir el voto del pueblo. Si los países no superan esta situación, la democracia norteamericana -y todas las demás representativas- se irá pareciendo a la “democracia popular” como la china, sin pluralismo y sin derechos humanos. Sólo con un proyecto de alcance mundial, que termine con los privilegios de la aristocracia del dinero, la democracia, tal y como la entendemos como conquista de la libertad, vencerá a la demagogia.