www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Óscar Díaz: el poeta con gato de Vallecas bajo todas las bombillas simbolistas

jueves 12 de noviembre de 2020, 20:08h

El abrigo largo de judío comerciante con piedras preciosas, los jerséis cisnes con la gola de Lope en cascabeleo a la barbilla, la barba fría de marinero en fuga de todas las galernas y el gato, el gato que el poeta pasea por Vallecas como si fuera un perro, con collar al pecho y cadena, y el gato que pide un puro en los bares, y el gato que llama por teléfono a Antonio Gamoneda y Marcos Barnatán desde las terrazas, porque es un gato que busca a los sabios de las tribu, mientras que el obrero, quien escribe los poemas, es el poeta enlutado cuyas ojeras cotizan con los cordones de los zapatos brillantes.

Óscar Díaz (1997) publica nuevo poemario: En el principio era América (Isla de Siltolá). El poeta del gabán es un acontecimiento escrito, según Mestre. El poeta con pintas de negociante de humo es un barroco joven donde palpita una tensión propia de estudiante de Filosofía en la Complutense, según Jordi Doce. El poeta parece hacer libros solo para Guillermo Carnero: culturalismo, imagen, simbolismo, vida cotidiana y toda la cultura/arte que en ella se mete para generar aventura, explosión, orgía, pasión insustituible. Disecciona a Rubert Brooke (“el poeta más guapo de Inglaterra”) como corolario y empieza con un martirologio de cuerpo entre llagas (“El apriori del dolor”) para luego viajar desde ahí a Tulcídides, Li Bai, Murillo, Durero y toda la vasca cultureta. Hace de pintor y esteta de sinfonías en el III Reich, misas de gallo o santuarios de Ise, mientras el gato está frito con ese rollo.

Tercer poemario (Rosa hermética, El sentir) de un poeta que viene de los novísimos, la enfermedad de la cultura por encima de la vida y un sentido muy francés de destrucción del lenguaje, de escritura del miedo, de un nerviosismo, una electricidad, bajo todas las bombillas de esa tradición encendida, asimilada, puesta a circular. Parte de John Locke (“In the begining, all world was America”) pero tiene mucho más sentido la frase/poética de Jaime Siles: “Feliz de aquél que puede/ fijar su vida como si fuera un texto”. Díaz se aferra a un mundo antiguo, aurigas y mandatos en Delfos, para también mandarle mensajitos a Marta junto a la Alhambra, para también hacer radiografía de la casa repleta de fantasmas librescos, para también bailar con Santo Tomás hasta las tantas donde la lluvia es otra electricidad en los cristales y el pollo se hace rápido en el crematorio de la cocineta.

No separa versos por signos de puntuación, para así dar otra velocidad al conjunto, que unida a las repeticiones voluntarias, dan clima bello de locura y ninguna calma. Una cima, un ascenso, una elevación por encima de la calle, donde el gato tiene que salir atado porque si no ladra a los perros. Son poemas-cuchillo en tiempo de guerras, las bombillas siempre encendidas, espera y deseo, cadáveres en Aurasio, hogar y abandono, hamburguesa con sabor a sepia junto a las estatuas de Dédalo. El poeta hace tiempo, y mientras nos cuenta otro, mientras todo toma temperatura de hechizo, endecasílabos que escapan del olor a la basura y nos explican por qué, dentro del poema, son endecasílabos. La parte central (Sustine et abstine) es casi una poética, el poeta explica su escritura herida, y ella desde el primer instante, como el mar o una montaña, sólo aspira a aparecer y durar, sí, la pura ciencia de las cosas, porque el poeta desde Valery tiene que dar/ofrecer cosas.

Tucídides, Giorgio Baglivi, Pericles… el poema histórico es otra máscara para hablar del pan nuestro de cada día, desidia que deja un beso a sabor sintáctico y rica veta. El poema No seas una inteligencia sugiere por dónde va el río: playas de Libia, Demóstenes, metáforas como bolas de fuego, naturaleza escurridiza, pero mucho aquí y ahora, carnalidad enmascarada. Realidad, sí, que no quiere o exige contenido pero cuyo túnel es siempre el de la franqueza. Rehace el poeta constantemente su fiebre: “Ejerce la literatura/ la sofisticada pasión de una abstinencia”. Poemas bajo pórticos extranjeros, muchos pájaros embadurnados de sangre, disertaciones como fresas, ferrocarriles y monedas, todos los límites marcados en las figuras de la ausencia: “El reproche, sin vocación, tan vano/ para atenuar las exigencias del espíritu;/ técnica unánime contra lo dado:/ consiste en aceptar lo dado/ que coincide con la realidad”. Poesía objetual donde la molestia es tantas veces el espíritu.

Venía el poeta del abrigo como ataúd de unos versos herméticos, muy Mallarmé, y ahora se acerca al incendio de lo físico, lo inmediato, en una tradición donde baila y tiembla el visor del arma que apunta. El poema dedicado a Durero es explícito a este parecer: desprecia en él la rectitud de la imaginación y loa la infinita capacidad de imaginar (si nos fijamos, sí, la primera siempre cierra alguna puerta cuando la segunda abre una tras otra). Pasa a Murillo, y viaja a través de los significados que ocultan o evitan verdades, donde los libros se abandonan, nos consuelan las invenciones de los ornamentos y el hacedor de buenas palabras –Murillo- sortea tanto odio común. Es un clásico, un moderno, un gato feliz y un abrigo que escribe solo y se mantiene en pie sin percha y como una horca. Díaz, poeta encantado.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+

0 comentarios