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Novela

T. C Boyle: Los terranautas

domingo 15 de noviembre de 2020, 19:51h
T. C Boyle: Los terranautas

Traducción de Ce Santiago. Impedimenta. Madrid, 2020, 562 páginas. 25,95 €.

Por Francisco Estévez

C. Boyle es autor al que precede una notoria fama por novelas y relatos en los que maneja con prodigio su desenfrenada imaginación para construir una ficción de estructura y tiempo narrativos destacables, siguiendo la estela de los clásicos, y tan pegada a la realidad que atemoriza. Siendo así, pareciera un autor más moderno que el resto de sus coetáneos estadounidense afectados por un narcisismo autoficcional que embobece tanto como enmohece algunas narraciones, pensemos en los casos de Philip Roth o John Updike, puesto que Boyle atiende a ficcionalizar temas que, raudos, despiertan el interés lector al conectar con las angustias posmodernas. Se cita aquí descaradamente el desvaído y algo anacrónico término de “posmoderno” con toda la vaguedad y ausencia de sentido posible. Según las vanguardias filosófica-literarias el problema de nuestra actualidad no resulta la caída de los grandes relatos que proclamó con monótono altavoz el Posmodernismo, sino la quiebra de todo relato, quedando el sujeto a la deriva en un proceloso océano de acuosas posverdades que anega la realidad en que naufragamos.

De tal modo Boyle, siendo un escritor posmoderno, resultaría un escritor viejo si miramos con ojos actuales. Y siguiendo tal lógica, el entretenimiento que nos producen la lectura de sus narraciones, esa satisfacción incómoda, surgiría de la complacencia de ser entendibles, abarcables, en suma, a pesar de sus amplias dimensiones, claudicando el intento de narrar una realidad inefable. La escritura actual, debiera fijarse en tal sinsentido. A saber…. En definitiva, lo bueno es enemigo de lo mejor, pareciera el signo de nuestros tiempos.

Boyle construyó una ácida visión del arquitecto Frank Lloyd Wright en Las mujeres (2009) cuando desprecio cualquier otro acercamiento previsible, como pudieran ser las fantásticas intuiciones arquitectónicas, para centrarse en las contradicciones y fracasos amorosos del genial creador para dar cumplido retrato del mismo. En sus pequeñas narraciones insiste siempre en las extrañezas de la identidad. La colección de cuentos Si el río fuese whiskey (1989, aún sin edición española) llevó al delirio asuntos como la sexualidad y el miedo a la descendencia con una escena de amantes fornicando con preservativos gigantes. En El pequeño salvaje (2010, editado por Impedimenta en 2012) expuso sin tibiezas la rudeza de las instituciones, su pesimismo civilizatorio, donde privilegia a una indómita e incurable naturaleza salvaje.

De tal forma, el alma humana versus la naturaleza parece ser la constante a explorar por Boyle. Igual en las ruinas del Proyecto “Biosfera 2”, en mitad del desierto de Arizona, en Los terranautas (2016), aquel delirante experimento de duplicar un mini arca de Noé para estudiar la viabilidad de una colonia extraterrestre donde convivieron ocho científicos, 4 mujeres y 4 hombres, y una pequeña selección de animales durante dos años. La presente dramatización de aquel proyecto real permite a este aventajado discípulo de John Cheever, que ha leído con atención la novela decimonónica, desplegar todo su arsenal narrativo. Y sin riesgo de destripar la trama, que pasará del experimento sociológico, con sus ribetes orwellianos, a una desasosegante narración de la fragilidad humana.

Una comicidad tan despiadada que baila con lo grotesco con suma habilidad y un detallismo heredado de la gran novela del XIX son otras bondades que relucen en la presente novela. Pero valga un ejemplo de esa fractura del ser humano, tema mayor de Boyle, vista a través del poliédrico prisma que forma la naturaleza condensada en gotas de lluvia (del ensimismamiento de un personaje al cuestionamiento de la descendencia): “Se suponía que no iba a llover , pero está chispeando, una neblina fina y plumosa reluce toda superficie, incluido mi pelo […] La humedad no trata bien a mi pelo -le sobra cuerpo, no le falta, y cuando miro al interior del cristal veo el fantasma de mi reflejo en él y el modo en que se me ha hinchado el peo por un lado y aplanado por el otro, […] la llovizna se aposenta sobre el cristal y se acumula hasta que una veta tras otras desciende y se mezcla en el frontal del vidrio, y segmenta Dawn y a su bebé, como si fuesen piezas de un rompecabezas gigante”.

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