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TRIBUNA

El nuevo sueño euroamericano

Jesús Romero-Trillo
miércoles 18 de noviembre de 2020, 20:15h

Hace unos días visité la exposición “El sueño americano: del pop a la actualidad” con obras de artistas gráficos que describen la sociedad estadounidense desde la década de los años 60 hasta nuestros días. En sus salas, con obras de autores de la talla de Andy Warhol, Jasper Johns, Roy Lichtenstein o Robert Rauschenberg, los artistas muestran su compromiso y posición hacia temas tales como el racismo, el feminismo, la guerra de Vietnam, la carrera atómica, el VIH-SIDA etc. Si las obras se hicieran hoy, seguramente reflejarían el drama de los refugiados, intentando mostrar la percepción que la sociedad tiene de ellos, pero también la que tienen ellos de la sociedad a la que llegan.

El año 2019 registró una cifra record de casi 80 millones de personas en situación de refugio, solicitud de asilo o desplazamiento interno, siendo los ciudadanos de Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur y los Rohingya de Myanmar quienes encabezaban este triste ranking (datos del Alto Comité de Naciones Unidas para los Refugiados). Lo más impresionante es que este número casi duplica el registrado en 2010, en el que había 41 millones de personas en esta situación. En la actualidad el 1% de la población mundial vive una separación traumática de su lugar de origen. Además, no hemos de olvidar que la mayoría de estas personas, el 73%, busca acogida en los países de su entorno, como es el caso de los 10.000 etíopes que huyeron a Sudán en apenas dos días durante la semana pasada.

Hasta octubre de 2019 los Estados Unidos habían acogido a 30.000 refugiados en ese año (datos del U.S. State Department Refugee processing Center), y no deja de resultar curioso el número tan exacto, con el 43% de la República Democrática del Congo, mientras que del resto de países de los previamente citados por su número de refugiados acogieron a ciudadanos procedentes de Myanmar, con el 16%, y en números muy inferiores como los nacionales de Afganistán y de Siria, con el 4% y el 2% respectivamente.

En ese mismo año 2019, según Eurostat, los 27 países de la Unión Europea admitieron a 295.800 personas con estatuto de refugiado o de protección internacional, liderando Alemania con un 44,2% del total y estando España en tercer lugar con un 13%. Por nacionalidades, Europa acogió principalmente a demandantes de protección de origen sirio (27%), afgano (14%) y venezolano (13%).

Creo que el gran problema de fondo es la imagen fluctuante de los refugiados en los ciudadanos. Esto lo podemos comprobar en estos momentos si comparamos la acogida mediática de la llegada a Valencia del barco Aquarius con 629 personas en 2018 y la ausencia de grandes movimientos sociales de indignación ante la llegada a Canarias de migrantes / refugiados, como en el caso de la más de 2.500 personas arribadas entre el sábado 7 y el lunes 9 de noviembre de este año. Sirva como dato añadido que en lo que llevamos de 2020 ya han desembarcado en Canarias 11.409 migrantes / solicitantes de asilo, con un aumento de un 665% respecto al año 2019.

Para muchos la cuestión se reduce a identificar quiénes de los llegados son refugiados de verdad, pero esto no se puede saber cuando se avista una patera en medio del mar, y en el caso de los que fallecen en los viajes de esperanza esto nunca será posible. Lo que sí sabemos es que en según las Naciones Unidas, en 2019 más de 800 personas murieron intentando llegar a la frontera de E.E.U.U., y que en el mar Mediterráneo perdieron la vida al menos 1.200 personas durante 2019. Estas dramáticas cifras de lo que ocurre en la cercanía de las costas europeas sigue aumentando, y quiero recordar con dolor a Joseph, el bebé de seis meses fallecido en el naufragio del 11 de noviembre de 2020, que se une a las decenas de personas fallecidas en nuestras costas la semana pasada, varias de ellas también menores.

Tras la movilidad humana hay una mezcla de desesperación con sueños de un futuro mejor, compuestos en nuestra época multimedia de imágenes y palabras. Sueños, imágenes y palabras que empiezan mucho antes de comenzar el viaje y que van tejiendo una historia única en la vida de los que huyen con nuevos sentimientos y nuevas emociones. Europa fue testigo de este drama al final de la Segunda Guerra Mundial cuando alrededor de un millón de personas vagaron sin un lugar donde ir, como describe de forma elocuente el reciente libro de David Nasaw: “The Last Million: Europe’s Displaced Persons From World War to Cold War” (El último millón: las personas desplazadas de Europa de la guerra mundial a la guerra fría”).

Estas nuevas imágenes y palabras proporcionan a la historia de nuestro tiempo un archivo que hay que reivindicar y conservar, como es el caso del “Corpus of Irish English Correspondence” que contiene las cartas que intercambiaron cientos de emigrantes en E.E.U.U. con sus familiares en Irlanda entre 1750 y 1940. Sus historias de viaje, desarraigo y nueva vida en Estados Unidos son conmovedoras, como las que hoy pueden narrar tantos hombres, mujeres y niños que cruzan fronteras. Son historias que trenzan recuerdos dramáticos del presente, con un pasado muchas veces feliz, y con un futuro lleno de sueños.

Cada uno de los números mencionados en este artículo son un drama, porque no son números sino nombres con historias como las nuestras. Estos nombres esconden el nuevo sueño euroamericano para los que emprenden la travesía. A nuestras sociedades occidentales les resulta extraño que se pueda llegar a arriesgar la vida por un lograr un sueño, y este sueño viaja desde lugares lejanos y puede reavivar la visión de nuestra sociedad y de nuestro continente. Con cada desembarco puede comenzar un diálogo con el que llega, y con cada naufragio se hunde un sueño que no se cumplió.

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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