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ORIENT EXPRESS

El comunismo y la mentira

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 22 de noviembre de 2020, 19:39h

En España, existe una deuda pendiente con las víctimas de los crímenes cometidos por los comunistas. Recordarlas parece de mal gusto. Los miles de muertos durante la persecución religiosa perpetrada durante la II República y la Guerra Civil sufren un silencio ominoso que sólo rompen las misas que se celebran por sus almas y algunas voces que insisten en recordar que el comunismo es una ideología que tiene las manos manchadas de sangre. Casi nadie recuerda, fuera de la Iglesia, a los sacerdotes, las monjas, los frailes y los laicos asesinados muertos a causa de su fe.

Eso hace esa ideología perversa que combina odio, violencia y mentira. Primero señala al enemigo de clase -el campesino ucraniano, el patriota polaco, húngaro o de los países bálticos, el judío religioso o incluso el sionista, el disidente, el sacerdote católico, el pope ortodoxo…- y después dirige contra él todas las formas de violencia concebibles. Lo detiene, lo tortura, le confisca los bienes, lo deporta, lo encarcela, lo condena a trabajos forzados solo o con su familia, lo mata, cubre de basura su nombre, lo difama, lo calumnia, lo injuria, lo condena al olvido. En efecto, para que la violencia y el odio funcionen, es necesaria la mentira. Los comunistas intentaron, por ejemplo, esconder el Holodomor -la hambruna con que exterminaron a los campesinos ucranianos- y las matanzas de Katyn. Cuando las atrocidades ya son innegables, tratan de reducir su gravedad, de restarles importancia, de “contextualizarlas”, de acusar de “revisionistas” a quienes las denuncian y, en fin, de defender que “eso no es el verdadero comunismo”. Se prodigan en acusaciones de “fascismo”, “negacionismo” y “complicidad” con otras ideologías totalitarias. Por supuesto, la verdadera complicidad de los comunistas con la Alemania nazi entre 1939 y 1941 es discretamente soslayada.

Tal vez radique en la mentira la fuerza más poderosa del comunismo y, paradójicamente, su mayor debilidad. En efecto, el odio y la violencia pueden ser formidables, pero no se puede matar a todo el mundo ni se lo puede convertir en enemigo (o, al menos, no a todos al mismo tiempo). Hasta que a cada uno le llegue el turno, es preciso recurrir a la mentira bajo las formas de la propaganda y el adoctrinamiento. Para vergüenza de tantos intelectuales europeos y del resto del mundo, el comunismo reclutó para su causa a muchos de ellos desde Hollywood hasta la orilla izquierda del Sena. Todavía goza de prestigio en determinados círculos de una pretendida élite cultural de Occidente superpoblada de «artistas». Sin embargo, incluso la mentira propagada por tantos escritores, poetas, actores, músicos y profesionales de la militancia política tiene sus límites.

En efecto, el arte -el verdadero, no ese que se pone al servicio del partido- es el principal valladar y la fortaleza más poderosa de la memoria. Recuerdo la respuesta conmovedora de Anna Ajmátova a esa mujer que le preguntó, a las puertas de la cárcel de Leningrado durante el terror de Yezhov, si ella podía “dar cuenta de esto”. “Puedo”, le contestó. Esas palabras siguen resonando. Se sigue oyendo el eco de Bábel, Serge, Marina Tsvetáieva, Pável Florenski, Koestler, Stajner, Orwell, Valentín González “El Campesino”, Kravchenko, London y tantos, tantísimos, que denunciaron los crímenes cometidos por los comunistas.

Por todo el mundo, siguen pidiendo justicia los testimonios de los supervivientes de los campos, las actas de los juicios farsa, las fotografías de los atentados terroristas jaleados como acciones anticapitalistas, los diarios de las víctimas del hambre y las persecuciones. Los intentos de cerrar, esconder o destruir los archivos no han logrado sofocar la voz de los fusilados, los deportados, los muertos de hambre y frío en la Ucrania del Holodomor y en la China de Mao. No bastan todos los cantautores ni todos los novelistas para callar el lamento de los “judíos del silencio” cuya historia contó Elie Wiesel: “tiene suerte de vivir lejos de nosotros, pero ¿sabe lo que ocurre aquí? Mire y no olvide. Escuche y recuérdelo todo. Vuelva a su país y hable. El tiempo apremia y ya no podemos soportar más. No se demore en detalles. No me pida explicaciones. Comprenda. Quizás ahora mismo nos observan. Es muy posible que pague caro esta conversación. Por lo menos no la olvide”. El premio Nobel la recordó muy bien y la contó, al describir el sufrimiento de los judíos soviéticos, en el libro que les dedicó.

Sobre la costa del Báltico, en Tallin, se alza la prisión de Patarei, uno de los penales que fue símbolo del terror soviético en Estonia. Allí pude ver la sala donde, después de un procedimiento administrativo que incluía una fugaz audiencia, se despachaba de un tiro en la nuca a los condenados. El comunismo sabe mucho de tiros en la nuca. Así asesinaron a los oficiales polacos en Katyn. Así mataron a miles, a decenas de miles. Por supuesto, no siempre era así. A veces, bastaba con incoar al enemigo una causa penal para que terminase acusado ante un tribunal y sin posibilidad alguna de salir absuelto. Así les sucedió a Kámenev, Bujarin y a tantos otros.

En septiembre de 2019, en un momento de lucidez y claridad moral, el Parlamento Europeo aprobó su resolución “sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa” y en ella recordaba que “que los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad; recuerda, asimismo, los atroces crímenes del Holocausto perpetrado por el régimen nazi; condena en los términos más enérgicos los actos de agresión, los crímenes contra la humanidad y las violaciones masivas de los derechos humanos perpetrados por los regímenes comunista, nazi y otros regímenes totalitarios”.

Más de treinta años después del hundimiento de las “democracias populares” en Europa, pudiera parecer desolador que, en España, algunos se jacten de ser comunistas. Es otro síntoma de la confusión de nuestro tiempo. Los mismos que pretenden reformular el lenguaje y fijar los límites de la vida y la muerte pretenden reescribir la historia. Intentan secuestrar la causa del “antifascismo” como si sólo los comunistas hubiesen luchado contra Hitler. Tratan de ganar la Guerra Civil Española ochenta años más tarde. Vuelven el rostro a la historia porque no pueden contemplar la pavorosa magnitud de los crímenes cometidos en nombre de su ideología.

Pero no pueden ni podrán silenciar el clamor de los muertos.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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