"Identidades asesinas” es el título del libro del escritor líbano-francés Amin Maalouf, quien describe cómo en ocasiones las identidades en lugar de servir como punto de encuentro y de riqueza para una sociedad, se convierten en arma arrojadiza cuando son instrumentalizadas por el fanatismo. El 21 de noviembre de 2020 se celebró el 25 aniversario de los Acuerdos de Dayton que pusieron final a cuatro años de guerra fratricida en Bosnia, en el corazón de Europa. Aquella contienda puso de manifiesto que las identidades no desaparecen, sino que permanecen agazapadas y que pueden vuelven a florecer y a ser causa de conflicto en el momento más insospechado. En gran medida la guerra en Yugoslavia no significó una disputa entre territorios, sino que supuso una guerra entre bosnios, croatas y serbios, y como consecuencia entre musulmanes, católicos y ortodoxos. Para comprender lo ocurrido es fundamental analizar la asimilación que se produjo entre territorio, etnia y confesión religiosa. Así, la fuerza de la identidad religiosa en el conflicto tuvo un papel determinante que tiene que ver con la cosmovisión de los pueblos, la relación de los individuos con el bien y el mal y con la trascendencia, todos ellos conceptos que forman parte de los sentimientos y no se explican con palabras ni categorías. Por ello creo que la curación de las heridas en los cuerpos y almas de los que sufrieron este atroz conflicto no se resolvieron con los acuerdos que se firmaron en Dayton, sino que solo se podrán curar con una renovada confianza de unos hacia otros.
La guerra duró demasiado, como todas las guerras, pero en este caso duró mucho para nuestra sorpresa al ver, una vez más en Europa, que el terror puede estallar bajo de nuestra ventana en cualquier momento. Hubo miles de víctimas, las cifras varían según la fuente, pero seguramente superaron las 100.000, produciendo como consecuencia añadida varios millones de desplazados. Sin embargo, la gran secuela fue el miedo al otro, y con él la tentación de mantener territorios étnicamente puros con la ilusión de que así se evita el conflicto y se garantiza la seguridad y la estabilidad.
La firma del acuerdo el 21 de noviembre de 1995 en la Base Aérea militar de Wright-Patterson fue suscrita por los tres líderes de cada parte en la contienda: Alija Izetbegovic, por parte de Bosnia, Franjo Tudjman por parte de Croacia, y Slobodan Milosevic por parte de Serbia. Pero la firma fue precipitada y no devolvió la confianza a las partes en conflicto.
Hace unos años tuve ocasión de recorrer Bosnia-Herzegovina y me causó una profunda impresión ver las fachadas de muchos edificios mostrando aún las señales de los disparos, visitar los centenares de pequeños cementerios en las afueras de las aldeas, y observar los carteles indicando la existencia de minas antipersonales en las cunetas de muchas carreteras. No es posible volver a confiar en los otros cuando la memoria del terror está tan presente y cercana en la vida cotidiana.
En lugar de apostar por una convivencia de las identidades tras la guerra, los acuerdos de Dayton establecieron una organización del país que continuó la división entre los habitantes: por un lado, se constituyó la República Srpska, habitada principalmente por ciudadanos serbios, mientras que por otro lado se estableció la federación de 10 territorios con mayoría de musulmanes y croatas. Además, hay un gobierno federal que está bajo la presidencia rotativa de los representantes de cada identidad.
Creo que la vuelta a la vida cotidiana es el gran desafío en todos los conflictos, porque la identidad no es algo abstracto. En el mundo post-globalización en el que vivimos tenemos una cuenta pendiente con la identidad. La identidad nos ancla a nuestras costumbres, nos ancla a nuestro pasado y nos proyecta al futuro. En el caso de Bosnia ni siquiera la lengua es motivo de división entre las tres identidades, por lo que la diferencia se manifiesta en lo profundo del ser humano, en el silencio del lugar donde se asiste al culto, o en el nombre y apellido que nos fue dado al nacer. Si el siglo XX fue el siglo de las ideologías, creo que el siglo XXI es el de la identidad. Por ello, un cuarto de siglo después, la pregunta que me hago es si los Acuerdos de Dayton se centraron en detener la hemorragia de la guerra, sin afrontar la curación de la herida de las identidades divididas.