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TRIBUNA

Diegos

jueves 26 de noviembre de 2020, 20:07h

Venía leyendo un libro soberbio de Bertrand de Jouvenel, aquel pasaje que dice: “No es cierto que el Poder se esfume cuando traiciona la fuente jurídica de la que procede, cuando actúa contra la función que tiene encomendada. Sigue mandando y siendo obedecido, que es la condición necesaria y suficiente para que el Poder exista. Y ello demuestra que no se confunde sustancialmente con la nación y que tiene vida propia”. Es el día en que los apoyos que nuestro gobierno ha recabado para aprobar los presupuestos generales del Estado, hacían resonar con un tono fúnebre las palabras de Jouvenel.

Hace mucho tiempo que no espero nada de la política española, ni de la política en general. Entonces he recibido la noticia fenomenal y rotunda de la muerte de Diego: Diego Armando Maradona. Yo era joven cuando Diego jugó el partido de fútbol más importante de la historia, en el que facturó dos goles inolvidables y una respuesta de leyenda. Se denostó el uso de la mano, como si en la historia positiva los vencedores hubieran respetado escrupulosamente alguna suerte de ley natural. Hacía poco tiempo que la guerra de las Malvinas había terminado con la anunciada derrota. La guerra había sido un factor en la política argentina, un movimiento táctico cuyo resultado se podía dar por descontado. Ya era eso lo de menos, aquel Inglaterra-Argentina tenía una importancia extraordinaria. La mano de Dios – que estoy seguro que Diego jamás confundió con la propia – había puesto las cosas en su sitio en un plano simbólico. El único que nos queda a los vencidos, porque en la historia fáctica y positiva hispano-americanos e hispano-europeos hemos hecho el mismo aprendizaje: sabemos perder. Pero en ese terreno simbólico aquella tarde ganamos y en la cancha ganamos de lejos, porque en el lado argentino un malabarista poderoso permitía quebrar la defensa, en un arranque fugaz, y sobrepasar – de a uno – a medio equipo inglés, para anotar el gol más grande de la historia. Para marcar ese gol al actual astro argentino del F. C. Barcelona le sobra técnica, pero algo le falta. Será que el kairós no le ha sido favorable, pero los héroes saben también encontrar la ocasión.

La conquista del Estado puede lograrse de modos diversos, pero una vez tomado el aparato del Poder – armado de recursos, impensables hace poco tiempo – seguirá siendo obedecido, aunque su ejercicio se oriente contra la función que tiene encomendada. Es asombroso que el aparato del Estado se oriente a su propia fragmentación. No es que España se rompa, hace tiempo que sangra por los costurones que tiene abiertos. Es el mismo Estado español el que da curso final a una descomposición inscrita ya en la constitución del 78, sobrepasada y fuera de vigor, es decir, triunfante. En efecto, porque en su composición se contenía como conclusión nuestro presente. Cuanto más escarnecida resulte, más exactamente se realiza.

Como Diego, ha sucumbido a la minuciosa demolición a la que él mismo se ha sometido. Audaz y soberbio, dueño de una potencia juvenil y un conocimiento perfecto del oficio, se vio desbordado por la absoluta mercantilización de su arte, a la que se entregó fascinado para no escapar jamás a la hipnosis de ese orden virtual que ha estragado y deshecho su cuerpo. Y , sin embargo, Dieguito – envejecido y gordo, lunático y cojo – vale más que todos los mercaderes que seguirán haciendo caja con sus despojos. Como un D. Quijote chaparrito y venal, como esta España del siglo XXI bajo el yugo inflexible del gran demócrata de la cosa nuestra. Fascidemobolchevismo es la expresión que resuena en mis oídos, viendo pasar el cuerpo exánime de Maradona, para ser velado en la Casa Rosada, expuesto sin sus alardes y vanaglorias. En algún lugar escuché que los ingleses nos llaman “diegos”: nunca como esta tarde el título pudo resultarme honorable. Es cierto que Maradona se consumió al fuego del éxito económico y la fama mundial. Basta escucharle en la juventud de sus veinte años para comprender la desesperación que iba a traerle el tantísimo dinero y la aclamación multitudinaria. No creo que mintiera en modo alguno cuando afirmaba ser feliz con mucho, porque sabía ser feliz con poco.

Pero ni poco, ni mucho, la misma existencia de un miserable que sonríe es inaceptable. La España residual debe abandonar su propio nombre como Maradona tuvo que dejar de ser quien era para convertirse en la gruesa figura de la nada, en la icónica muerte por exceso que permitiera culparle de su derrota. Mañana ya no hablarán de nosotros y Diego será un vástago sin fruto que asombró al mundo con filigranas fabulosas. Yo sé que ha sido un hombre vencido y, a la vez, el mejor practicante de su oficio. Diego será reconocido por el último hispano europeo o hispano americano que todavía se reconozca.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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