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Y tercer cuento de verano

Martín-Miguel Rubio Esteban
jueves 28 de agosto de 2008, 22:41h
La puerta de la oficina se abrió violentamente, como empujada por un vendaval de espíritus del bosque y, en su marco, se recortó la silueta de una mujer muy hermosa, llenita de carnes, brava y desenfadada, como de 45 años, que preguntó con imperiosa voz:

- ¿Es aquí la Agencia en donde se escriben cartas de amor?
- El empleado, un tipo encanijado, devolvió a la sobaquera la pistola que había sacado en previsión de que se tratara de un atraco.
- Sí, señora -respondió.
- Señorita, si no le parece mal -rectificó la bella.
- Sí, señorita.
- Bien, pues póngase a la máquina y dele a la tecla, que voy a dictarle una carta de amor.
- Un momento, señorita; aclaremos las cosas. Aquí las cartas las hago yo. Las personas que acuden a nosotros no saben escribir, generalmente. Somos los empleados de la Agencia quienes lo hacemos todo. Que para eso estamos y por eso nos pagan.
- Eso son mandangas. Yo, no sé escribir, naturalmente, pero sí dictar una carta de amor, porque estoy locamente enamorada y me sale de aquí -dióse un golpe en su amplio pecho que hizo toser al empleado, y prosiguió-. Firmaré con el dedo. Supongo que tendrán ustedes un tampón y alcohol, o cosa similar para limpiar el dedito.
- Por supuesto.
- Empiezo, pues. Manos a la obra.
- Pero es que yo... no soy el jefe. Si viniera él y me viera escribiendo lo que usted me dicta, me borraría de la nómina de un plumazo.
- Escuche usted, monito bobo. Usted se sienta aquí y escribe con letra clara lo que yo le diga, ¿vale? Si no lo hace lo exprimiré con mis manos como si fuera un limón.

La hermosa mujer acercóse al empleado y le miró cara a cara con sus grandes ojos de soberbia vaca tudanca. Su mirada inquieta, como de leona en celo, recorrió su demudado rostro, lamiéndole ansiosa y echándole el aliento.

- Como un limón -repitió despacio.
- Comprendido, señorita. Puede usted empezar cuando guste.
- “Mi querido Leoncito:
- ¿Con mayúscula, leoncito?
- Eso lo sabrá usted.
- Quiero decir si el tal leoncito es un cachorro de león o corresponde al diminutivo hipocorístico de un nombre de persona o prosopónimo.
- ¿Usted qué piensa, señor tutilimundi?
- Lo pondré con mayúscula.
- “¡Qué plenitud de sensaciones, qué arrobamiento de los sentidos, qué entumecimiento de los miembros, amor mío, me produce el recuerdo de tu aliento de hombre apasionado! ¡Y qué desolación en mi alma durante las noches inacabables del insomnio! Palpo a mi lado y no hallo nada, grita mi corazón y el tuyo no responde. ¿Dónde estás, amor mío, Globo henchido de besos, de tus besos, quisiera estallar de pronto entre tus brazos? ¡Oh, amor mío, palomo arrullador! Presumo que estas descargas adrenalínicas terminarán con mi pobre vida de mujer herida de amor. Ven pronto, cielo mío, corazón mío, dulzura de mi alma. ¿Aún te acuerdas, amor mío, el primer día en que nos vimos? Yo bajé a tu piso avergonzada porque se me había caído a tu tendedero de ropa mi sujetador de talla grande especial. Tú me lo devolviste con las manos estremecidas y los ojos negros clavados en mis nalgas rebosantes. Días después volvimos a vernos en el ascensor; tú ya te morías por hacerme el amor, y me invitaste a tomar un café en tu casa. Fue allí donde te lanzaste, y vivimos nuestro primer paraíso levitando en tu cama con colchón de plumas. ¡Te adoro, te adoro, rey mío, conquistador glorioso!”.
- Señorita, un momento, por favor. La máquina está echando humo.
- Sí, lo he visto. Pero creí que era que estaba usted fumando.
- Yo no fumo.
- Bien, hagamos un breve paréntesis. Estaba ya lanzada. Y yo, cuando me lanzo... ¿Qué le va pareciendo mi dictado?
- Es usted la criatura más gloriosa que he visto en mi vida.
- ¡Oh, esa frase pertenece al repertorio profesional, supongo! Muchas gracias, no obstante.
- Señorita, no. Yo...
- Adelante, adelante. Diga usted lo que sienta, sin empacho alguno.
- Señorita, permítame besar sus pies, sus manos, sus...
- ¡Ah, mira, mira cuán bien sabe la lección! Siga ahora, si quiere, con las manos. Siga, siga, Oh sí.
- Señorita, permítame bañarme en el mar de sus ojos.
- Veo que es usted una anguila, sabe usted mucho de amor. Pero siga, siga. Oh.
- ¡Qué belleza, qué rico, qué rico, qué hermosura, qué dulzura!
- ¿Le gusta, mi amor? Siga, siga, por favor. Así, así así.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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