Obama y los TLC
viernes 29 de agosto de 2008, 01:50h
La postura de Obama, en concreto -y de los demócratas en general- respecto los Tratados de Libre Comercio con países de América Latina está creando un gran estado de ansiedad en muchos estados latinoamericanos. Los demócratas se han posicionado hasta ahora en contra de los TLC ya que consideran que perjudican a los trabajadores estadounidenses. Así, hace pocos meses, vimos como la mayoría demócrata del Congreso paralizó la aprobación del tratado con Colombia -aún pendiente-, a pesar de que George Bush Blanca lanzó una fuerte campaña de presión conseguir la aprobación del mismo.
Tanto Hillary como Obama se mostraron contrarios a la firma del TLC en su día y no parece que el recién elegido candidato demócrata vaya a cambiar de opinión. Álvaro Uribe, por su parte, que a principios de este verano recibía al candidato republicano, John McCain -que ha asegurado que mantendrá la misma política que Bush en este terreno, si gana las elecciones- en Colombia, ya ha anunciado una visita a Estados Unidos el próximo mes para hacer campaña en pro del TLC.
Esta semana, en el único acto de la convención demócrata centrado en América Latina, embajadores de once países latinoamericanos expresaban su preocupación por la postura de Obama respecto al tema. Los diplomáticos de Costa Rica o República Dominicana, entre otros, recordaron que cualquier variación en los tratados puede ser gravísimas para sus países, cuya economía depende casi enteramente del TLC con EEUU.
La postura abiertamente contraria a los TLC de Obama busca atraer para sí el voto de los trabajadores de clase media baja estadounidenses, que los culpan de la pérdida de empleos. Sin embargo, es de esperar que el sentido común pueda más que el ansia electoral. Los Tratados de Libre Comercio son beneficiosos y necesarios tanto para los Estados Unidos como para los países firmantes y oponerse a ellos resulta reaccionario y provinciano. A pesar de no haber estado nunca en América Latina, Obama ha afirmado en múltiples ocasiones que, de ganar, no cometerá el error de sus antecesores de obviar la región. Pues bien, su primer gran reto está en tener el valor de defender sin ambages esta herramienta fundamental en las relaciones entre Estados Unidos y sus vecinos. En este asunto central, es chocante la indiferencia europea. Sobre todo en España, resulta curioso la falta de reacción -ni siquiera un comentario- ante una postura tan retrógrada y tan contraria a los intereses de la región, especialmente los intereses españoles, tan sensibles a lo que pueda afectar a la economía Latinoamericana.