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TRIBUNA

Jesucristo falta a clase

Jesús Romero-Trillo
sábado 05 de diciembre de 2020, 19:39h

El Catedrático Emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca, José Luis Corzo, publicó en 2008 un libro con el título de este artículo donde defendía la propuesta de que la escuela, pública y privada, debería ofrecer una asignatura de religión común para todos los alumnos, cuyos contenidos se basaran en la cultura de las religiones, que es algo de interés para creyentes y no creyentes.

En España este tema es controvertido y a menudo no se afronta dialogando, sino imponiendo mayorías en el parlamento que, a mi entender, no contribuyen a afrontar la cuestión sino a enfrentar a los ciudadanos. Creo que repensar el espíritu de la asignatura de religión puede convertirse en la ocasión para defender la aportación de la escuela a una sociedad plural como lugar de encuentro de la diversidad, y el lugar donde los niños y niñas con familias de diferentes credos (o de ninguno) puedan compartir una misma asignatura de religión. Quiero enfatizar el papel de las familias porque son obviamente quienes deciden si sus hijos asisten o no a la asignatura de religión, pero también quiero resaltar mi preocupación de que esta asignatura sea un motivo de separación para quienes conviven en el aula, lo que no me parece ni educativo ni, por supuesto, evangélico.

Para pensar en la escuela inclusiva a todos los niveles, y no solo el pedagógico, deseo recordar la figura de D. Lorenzo Milani, sacerdote italiano que falleció en 1967 a la edad prematura de 44 años. Milani fue “desterrado” a la aldea de Barbiana por sus “ideas revolucionarias” al querer establecer puentes con lo que era la laicidad de aquella época, representada por el Partido Comunista, y por defender lo que era más importante para los obreros: la educación de sus hijos. Milani, dándose cuenta de la marginación que sufrían los niños de las familias de obreros y campesinos en la escuela tradicional, organizó la “Escuela Popular” para jóvenes trabajadores en su parroquia de Calenzano. Más tarde, en Barbiana creó una escuela de 12 horas los 365 días al año. Lejos de suponer un castigo, esta “escuela a tiempo completo” como la definía D. Lorenzo, era un lujo para aquellos chicos y chicas. Por esto la Escuela Popular supuso una revolución pedagógica, pero también una revolución humana y por tanto religiosa en defensa de los últimos. El secreto de esta escuela no se publicó en ningún libro escrito por pedagogos, sino en el libro escrito por los propios niños titulado “Carta a una maestra” que debería ser lectura obligada en institutos y universidades.

Milani narra en un pasaje de su libro “Experiencias Pastorales”, publicado en 1958, cómo estando en una procesión un sacerdote que estaba junto a él expresó en forma de oración mirando a los que no se habían unido: “Padre, perdónalos porque no están aquí Contigo”, y D. Lorenzo respondió: “Padre, perdónanos porque no estamos allí con ellos” (Editorial BAC, p. 42). Creo que esta última expresión debería quedar fijada siempre en nuestra mente, como pienso que está en la mente y el corazón del papa Francisco cuando habla de la Iglesia en salida. El mismo papa Francisco fue en peregrinación a la tumba de D. Milani en el pequeño cementerio de Barbiana el 20 de junio de 2017, en el 50 aniversario de su fallecimiento, a honrar la memoria de este sacerdote que creyó en la importancia de “la posesión de la palabra como instrumento de libertad y fraternidad”, como dijo el papa. Por ello, estar con la gente en las calles y plazas, y escuchar lo que dicen y buscar cauces de encuentro con todos a través de la palabra, es la premisa para convivir en una sociedad democrática madura.

La nueva ley de educación -también llamada ley Celaá, y no deja de resultar curioso que las leyes educativas siempre lleven la etiqueta del ministro que las promueve-, mantiene la oferta de la asignatura de religión, pero desaparece la obligatoriedad de contar con una asignatura alternativa. A muchos les preocupa que esto lleve a la religión a estar en el rincón del horario escolar, y tienen miedo de que los alumnos que la escojan tengan más horas de clase frente al resto de sus compañeros. Además, la asignatura dejará de contar para nota para la solicitud de becas o para el acceso a la universidad. Sin embargo, en lugar de agitar la polémica, yo me pregunto si en el espíritu de la reciente Encíclica “Fratelli Tutti” del papa Francisco, no ha llegado la ocasión de que la clase de religión sirva para difundir la cultura de las diversas religiones y su mensaje de fraternidad, y dejar lo específico a cada una de ellas en los respectivos lugares de culto.

Si los alumnos de familias católicas comparten la asignatura de religión con alumnos de otras religiones, o con los no creyentes, el resultado puede ser una revolución positiva que neutralice cualquier integrismo o anticlericalismo -que es otro tipo de fundamentalismo. Sin embargo, para ello es necesario que las familias se sientan representadas en una asignatura común explicada por profesores cualificados. De este modo, se fomentaría el diálogo entre el alumnado de diferentes religiones y la escuela sería la promotora de una educación para la ciudadanía en el sentido pleno. Si no se consigue, una vez más, Jesucristo se quedará fuera en el patio con los que faltan a clase de religión.

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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