Casi se termina 2020 sin que escriba yo sobre el centenario de Rafael Sanzio, que nació en Urbino en 1483 y falleció en Roma hace ahora cinco siglos. Deslumbró a Italia con su pintura. Recibió encargos de nobles y de papas. Asumió las obras de la basílica de San Pedro a la muerte de Bramante. Decoró cuatro dependencias privadas del Papa Julio II, que se llaman hoy, precisamente, las Estancias de Rafael. Entonó en su muro occidental el más bello canto al espíritu del humanismo renacentista: “La escuela de Atenas”, pintada entre 1510 y 1512. Fue amante de Margherita Luti, apodada «La fornarina», de cuyo cuidado se ocupó en su testamento. Ocupó el puesto de mayordomo del Papa León X, un puesto de influencia en la corte del pontífice. Retrató al humanista y diplomático Baltasar Castiglione, el autor del célebre “El cortesano”. Resumió, pues, con su vida, el espíritu de una época. Junto a Miguel Ángel y Leonardo, forma el triunvirato artístico del Renacimiento.
El Renacimiento italiano es un momento luminoso de esa sucesión de renacimientos que florecieron en Europa desde la Alta Edad Media y cuya luz llega hasta el humanismo barroco del siglo XVII. Es un error creer que los siglos XV y XVI vinieron a sacar a nuestro continente de una pretendida oscuridad medieval. Antes bien, el Quattrocento y el Cinquecento son productos naturales de la civilización del occidente cristiano que, desde tiempos de Carlomagno, venía atravesando sucesivos momentos de creación artística y crecimiento filosófico y literario. Hay un camino que va, sin rupturas, desde el Renacimiento carolingio hasta el tiempo de Descartes e Isaac Newton, que fue por cierto un humanista notable. Sólo la soberbia de ciertos ilustrados fue alejando a Europa de sus raíces para encaminarla hacia una visión adánica del ser humano y su relación con el mundo.
A partir de la herencia grecorromana y bíblica, la civilización del occidente medieval fue alumbrando sucesivos renacimientos en los que reyes, obispos, emperadores y papas fundaron monasterios, bibliotecas, universidades y escuelas palatinas. Desde la costa del Báltico hasta Transilvania y desde el Vístula hasta el Tajo, se erigieron catedrales, se alzaron conventos y se copiaron manuscritos griegos y latinos, árabes, hebreos, armenios, georgianos… La biblioteca de Matías Corvino, el gran rey de Hungría que murió en Viena después de haberla conquistado, sirvió como inspiración a la de Lorenzo de Medici, “El magnífico”. La bellísima iglesia de la Asunción de la Santísima Virgen María de Cracovia, la famosa “Mariacki”, acoge el deslumbrante Altar de la Dormición de Veit Stoss, que vivió en la ciudad polaca junto a sus ocho hijos desde 1477 hasta 1496. Es la misma época en que Durero despunta en Núremberg, donde había vivido Stoss, y en que Sandro Botticelli pinta “La alegoría de la primavera”.
Así, el quinto centenario de la muerte de Rafael nos brinda la oportunidad de recordar qué es Europa y, por extensión, qué es la civilización occidental. Si se la desarraiga de su fundamento -Grecia, Roma, Jerusalén y por extensión las grandes ciudades de nuestra cultura desde París y Toledo hasta las capitales de los virreinatos americanos- sólo queda un edificio vacío en el que nadie puede vivir. La crisis que atraviesa la Unión Europea -el Brexit, el choque con Polonia y Hungría, el olvido de las raíces cristianas, la deriva socialdemócrata y “progresista”- tiene en ese desarraigo su causa primera y definitiva. Si se diluye la argamasa que une los ladrillos, es imposible que el edificio europeo se mantenga estable.