En una nueva y eterna rueda de prensa de autobombo, Pedro Sánchez ha dicho que está “cumpliendo” con lo prometido electoralmente, pero la realidad de su acuerdo con Pablo Iglesias en el Gobierno de coalición, en el que nadie sabe exactamente quién manda, si los dos que aparecen en las noticias siempre para dar buenas noticias e insultar a la oposición o la cúpula demoscópica en la sombra, se ha caracterizado desde que está en el poder por tres cosas: mentir (a todas horas), gobernar a base de decretos ley (37 en un año) y garantizarnos que la vida será más cara para los ciudadanos de este país que pagan sus impuestos imperativamente.
Antes de empezar este primer año de Gobierno confederado con un amasijo de tendencias dispares, muchas veces inconexas y totalmente opuestas, el propio Sánchez ya era famoso por mentir. Lo viene haciendo desde la moción de censura, cuando prometió la máxima brevedad en su “interinidad” como jefe del Ejecutivo en funciones y convocatoria de elecciones, hasta la promesa en las últimas ‘generales’ con sus problemas de sueño por una posible alianza con Podemos.
Pedro Sánchez siempre sorprende. Pero para mal. Nadie pensaba que fuera capaz de vender España y lo ha hecho a lo peor de la sociedad española: los que desprecian –y no tienen ningún problema en decirlo y trabajar en ello– a la propia España. Ese es su balance de 2020.
Desde Moncloa se miente todos los días sobre todo tipo de cuestiones, pero este año que acaba, a los verdaderos hombres de paz les ha dolido especialmente sus pactos con Bildu. Ha dado alas a todas las corrientes independentistas de este país. Si era especialmente sangrante el trato de favor a todo el separatismo catalán, Sánchez pasa a la historia también por revivir el vasco dando voz y voto a los herederos de la banda terrorista ETA en los proyectos del Gobierno de España. Pensaba una mayoría, gran parte de la familia socialista incluida, que no sería capaz y lo ha sido.
Por supuesto, hay que reprochar la nefasta gestión de la pandemia del coronavirus, además de demostrar una pésima capacidad operativa, por mentir constantemente con el número de muertos, por cambiante criterio con el uso de las mascarillas, con la llegada de la vacuna contra la covid en otoño, con los expertos… Igualmente, aunque importa menos visto lo anterior, no se puede olvidar la tesis doctoral falsa del presidente (que ya avisaba de una catadura moral) o la visita por sorpresa y nocturnidad de Delcy Rodríguez en Barajas como enviada del régimen bolivariano de Venezuela con, que se sepa, hasta 14 maletas sospechosas.
Por otro lado, pese a presumir de capacidad de pacto con lo mejor de España, este Gobierno ha sido incapaz de confrontar ideas en el Congreso con el resto de partidos “constitucionalistas”. El excesivo foco mediático en todo lo que hace el Ejecutivo ha podido hacer creer que gran parte de las leyes propuestas se han debatido políticamente cuando la realidad es que el Gobierno de Sánchez ha firmado en 2020 hasta 37 decretos ley. Pero es que lleva 78 desde que llegó a la Moncloa en 2018. Un auténtico récord de Sánchez, que se ha convertido en un experto en abrir atajos para evitar que los diputados enmienden.
Pero si Pedro Sánchez nos ha tocado la moral con Pablo Iglesias, Arnaldo Otegi, Oriol Junqueras o Quim Torra, también meterá mano en nuestros bolsillos. En los de todos. Se puede pensar que es para tener más servicios o ayudas a los más necesitados. En algún caso, puede. También está el pensamiento de “nunca estoy entre los beneficiados”. Como fuere, no crea que el Estado ha pensado en imaginativas formas de sufragar todos los méritos que luego se apuntará: lo pagará usted.
De esta forma, le subirán el precio de los seguros, habrá menos desgravación en los planes de pensiones, sube el IRPF en las rentas más altas, se incrementa también el impuesto de Patrimonio, pagaremos más por bebidas azucaradas y los plásticos, sube el impuesto de Sociedades para las grandes empresas (todo esto repercute luego en el precio de sus productos), mejora el Ingreso Mínimo Vital, suben las pensiones, se retrasa la edad de jubilación, vuelve a subir el salario de los funcionarios y se iguala el permiso de paternidad.
Es verdad que el año que acaba, especialmente desde que se decretó el estado de alarma por la pandemia de coronavirus, no ha sido bueno en casi ningún sentido. Habrá quien diga que 2020 fue fantástico. Seguro que sí. Han nacido hijos, se han superado enfermedades o se han creado empresas de éxito. Pero el balance de lo que ha hecho este Gobierno para la tranquilidad y mejor vivir de los ciudadanos no ha sido nada favorable. Más bien al contrario, ha predominado la incertidumbre y el desasosiego entre la población, tanto en el aspecto personal como en el económico. Y en cuanto a que todo se ha hecho en aras de proteger la salud… todo se ha hecho tarde y de forma improvisada.
¿Estaré siendo apocalíptico?
Esperemos que 2021 sea mejor para todos. Con poco, con muy poco, se supera este 2020.