Andrés Amorós, Catedrático de Literatura Española, autor de más de ciento cincuenta libros, académico en al menos tres doradas plateas (Real Academia de Cultura Valenciana, Real Academia Sevillana de Bellas Artes, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga), premiado y laureado (Nacional de Ensayo, Nacional de Crítica Literaria, Fastenrath de la Real Academia Española, Joaquín Romero Murube), crítico taurino (ABC), hechizo permanente en las ondas y radios peligrosas, publica sus memorias de trato y cercanía: Maestros y amigos: Semblanzas y recuerdos (Fórcola). Un fiestón de la palabra vivida y la generosidad manifiesta.
Brilla Amorós en sus melenas juveniles, la voz atiplada de mago o hechicero secreto, la pasión por el dato del erudito, el gozo entero del disfrutón a tiempo completo de todas las artes, el respeto y el trato sin recovecos ni jactancias, de frente y por derecho, siempre desde el rango y el criterio de autoridad, el mucho amor y la deuda impagable hacia los maestros eternos. Desfilan por las páginas hermosas y escogidas Dámaso Alonso, descubridor de Góngora (ángel de la luz en los romances y ángel de las tinieblas en su veta o venero hermético), locuaz, parlanchín, bebedor, heraldo del 27 frente a la rancia cultura académica (según Alberti), lector en Berlín, Cambridge y Columbia. Dámaso, maestro impagable de la crítica estilística, poeta desarraigado cuyo libro (Hijos de la ira, 1942) lo fue del aullido preciso: “Lo escribí lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre”. Bajito, gordito, con gafas, puntual y ágil, cuyo chófer tantas veces fue Amorós.
La fiesta sigue en gozosas libaciones, es la cátedra de San Juan de la Cruz y el desgarrón de Quevedo, hijos ligeros y graves de Manuel Machado, conocemos a distancia de un palmo a José Luis Alonso, hombre teatral, toda la escena de posguerra, menudo y oficinista de sí mismo, intelectual agudo, orgías de la palabra y sus festivales en la calle Serrano, entre Anouilh y Rivas Cheriff, entre Corteau, Pirandello y Girandoux; Bertold Brecht o Ionesco para siempre. Teatro vivo, no académico, escena y personajes, años en los que también Amorós visita a Ionesco en París y cuando espera toparse con un hippy se da de bruces contra un burgués de tomo y lomo que con una bolsa de malla va rápidamente a la esquina a comprar cruasanes, entre frailezuco y payaso triste. Amorós siempre en las tablas, entre Gala y Nieva.
Defensa militar de Francisco Ayala, amor eterno por Ayala, larguilucho pálido con mirada inquisitiva, casoplón en Marqués de Cubas junto a Cibeles, el triunfador a muchos dólares de la América Literaria Contemporánea, entre Sender y Max Aub, la vanguardia americana un poco a caviar y burbujas, intelectual educado y discreto, a punto de ser editado a lo bonzo por Aguilar, más cheque y más pasta fina, en cuya gestión anda Amorós igual de despeinado y cordial, el paso de la tierra quevedesca a la cervantina, tal vez lo que no dice, escritor sin público, ni en el tremendismo ni en la ironía, tragicomedia y realismo, un señor muy de bigote y melancolía, algo que peina mal con la calle, pese a los ditirambos de Amorós: “Francisco Ayala es maestro en el arte barroco de descubrir ocultándose”. Sarcasmo, pena negra, amor y júbilo, sosiego perturbable o imperturbable, a saber, todos los premios (Nacional, Cervantes, Príncipe de Asturias) a la vez, como si hubiera que pagar algo muy rápido, a lo bruto, sin que se note.
Francisco Nieva, Nieva y sus mariconadas, aunque Amorós no lo cuenta, la casona de cortinones, el lenguaje viejo y palabra crujiente, el gran clásico que renueva el Siglo de Oro desde París, y aquí nos enteramos tarde. Buero Vallejo y su rigidez, severo y distante, beso y disparo, quijote con gravedad de hidalgo manchego, quién sabe si alegre o fúnebre, dibujante eterno de Miguel Hernández con su cara de patata en la cárcel, pisazo en el barrio de Salamanca y sin gastar un duro, teatro de la sencillez y hondura sentimental, jamás del exceso o la idea, siempre la realidad y no la evasión, más posguerra, digna modestia, ningún lujo, la suma del sainete trágico con el neorrealismo italiano. La esperanza es infinita, sí, pero hay que esperar siempre, como acaba su célebre obra. En lucha con Alfonso Sastre por el posibilismo: teatro del aquí y ahora, representable. Dibujante también de Esquilache, Velázquez y Goya. Elegante sobriedad hasta en la copa traviesa después de las obras: “¿Pero no tiene torrijas, oiga?”. Tremendo.
Amorós entre vasos de agua tan pronto tibia como hirviente, junto a Nuria Espert y la lucha adolescente por llevar teatro a los institutos. Amorós en la bohemia de Luis Calvo, maestro de Anson, entre Pérez de Ayala y Carlos Luis Álvarez, entre Julio Camba y la carcajada épica, aromado de meretrices, amigo de las mujeres con toisón de oro (quienes en el orgasmo se tapan el rostro), fiel a los pubis rubios, la lágrima de risa y el mejor método para aprender idiomas: “¡On the pillow!” (“¡En la cama!”). Tertulias, chicas, cráneos privilegiados, Calvo salva a Manuel Machado del calabozo porque es un hermano de casta y noche, jugador a malvado y niño monstruo, gritón y un cromo más para el álbum tierno.
Amorós alterna, trata a unos y otros, azotacalles intempestivo, sibarita de Lapesa o Américo Castro, incendio y no simulacro, lee desde la exigencia y toda la cortesía exquisita de sus maestros, también Seco o Delibes, Cela o Torrente… la fiesta es interminable. Cuesta de las Perdices, Madrid íntimo, pocos suicidios y muchos escalones arriba, lo lee todo, lo cata todo, nadie va a él vestido o con aparato, el erudito ayuda a los gigantes a brillar más lejos. Amorós huye de la retórica y siempre conecta por otro mundo donde a los humillados y ofendidos se les tiene respeto y orla. Busca al trabajador incansable, que corrige y tacha mucho, porque él también lo es. Lo sobrio del castellano y su lenguaje popular (Delibes) lo enraízan en otra dignidad.
Maestros y amigos se lee, se relee, se paladea, se disfruta. Es la vida en los libros de la cultura pero también el aprendizaje de la vida sin libros. Amorós, sombra del Siglo del Oro, castizo y costumbrista, taurino y con apego a pegar la hebra y amar la tierra. Luis Miguel Domínguin, Marcial Lalanda, Eduardo Miura, Manolete… la gente del cobre le enseña a ser orejero, ladrón de oído, hombres de barra y mucha enciclopedia interior, sin haber vuelto una página jamás pese a acudir a las conferencias de Zubiri. Amorós es siempre
torero largo: aquel que puede con más toros y domina más suertes. Se cumple, al dedillo, la máxima de Dominguín: “Sólo eres tú de verdad con alguien a quien respetas”.
Maestros y amigos es un taxi loco de camino a la felicidad y sin casi sacar la cartera.