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TRIBUNA

Mundo y Estado

lunes 04 de enero de 2021, 20:12h

A lo largo de su vida, si la vida del hombre tiene un sentido, un hombre va creando un mundo. El mundo en el que se envuelve para salir al mundo, sobre el que se cierra para abrirse a todo lo demás y que determina su contemplación del conjunto de la realidad. Esto era lo propio de los practicantes de los viejos oficios: su espacio estaba saturado de herramientas y materiales característicos. Si era mujer se rodeaba, por ejemplo, de asombrosas mantelerías y cubiertos labrados, de delicados tejidos bordados y de cazos y sartenes veteranos, por los que había pasado el trabajo de los años y el alimento de la comuna. Cuando William Cobbett visitó, no recuerdo dónde, a un grupo de mujeres obligadas al trabajo meramente económico, lamentaron éstas no poder ofrecerle las elaboradas delicadezas de otro tiempo, servidas sobre manteles blancos como una mañana de verano. Esas mujeres – forzadas por el imparable proceso de salarización – a renunciar a la labor doméstica en nombre del trabajo alienado, empezaban a vivir entre objetos listos para su uso. Mercancías de la misma naturaleza que su propio trabajo enajenado. Si era varón se rodeaba, por ejemplo, de escofinas, buriles, gubias, escoplos, de mazos y tornos y su tacto adquiría la dura sensibilidad de la madera y su ojo veía siempre el mundo como el don inapreciable e inmenso del que disponer para su trabajo. No un fondo energético explotado en la producción, sino un paisaje de morfologías plurales y diversas – un tesoro en joyas y galguerías – aptas para la labor y puestas al servicio del hombre.

En una bellísima escena de la película Gran Torino (Dir. Clint Eastwood) un viejo solitario le enseña al joven desamparado, al que adopta a su manera, el nombre de la gran diversidad de herramientas que cuelgan en las paredes de su garaje. Son los nombres de los medios imprescindibles de la libertad. Nombre y función, habilidad y carácter: el obrero de oficio sostuvo, durante muchos años a lo largo del XIX, frente al obrero industrial una dignidad basada en su habilidad y su fuerza en el uso de herramientas que todavía no habían sido reemplazadas por máquinas. Esa dignidad dotaba al obrero de oficio del carácter que imprime la libertad.

La demanda de distribución de los medios necesarios para el sostén del propio grupo elemental, de la comunidad mínima que constituye la familia, es una exigencia que desoirán y aplastarán los grandes poderes del (infra)mundo en que hemos convertido el paisaje milagroso y soberbio del viejo mundo. Un espacio de inmundicia. No me refiero únicamente a los mares saturados de plásticos, a las cumbres como estercoleros, a los ríos envenenados por herbicidas o fertilizantes. Me refiero también a los luminosos espacios para la compra-venta – cada vez más presentes en el viento electrónico de las pantallas – áreas comerciales saturadas de adminículos de menesteroso, útiles para las operaciones más elementales, oráculos fascinantes para fijar nuestra mirada al abismo sin fondo de las mercancías, mientras en torno a nosotros grita la maravilla oscurecida de la realidad: hipnóticos que nos aturden y nos fascinan.

En la balumba mundial, en el gran muladar comercial que – fantasías del diablo – celebramos precisamente en torno a la Navidad, es lo más duro contemplar la degradación del trabajo. La fuente del viejo orden de enseres que bendecían y adornaban la vida se ha convertido en servicio de una máquina infame, que destruye cualquier mínimo espacio de sentido en nombre de la absoluta mercantilización de la existencia.

Quedan resistentes, espacios de labor gratuita que será favorecida por bienes intangibles, obras que llevan su valor de cambio tan apegado al cuerpo que resulta inseparable: su precio no puede negociarse. Quedan obras reales entre el marasmo de mercancías, como queda labor humana entre el trabajo destructivo, pero eficaz, del mercado laboral. ¿Están destinadas a la extinción?

Frente a los revolucionarios del mañana, que contribuyeron a anular la propiedad privada y comunitaria confundiendo lo común con lo público, la Comunidad con el Estado, acaso habría que atender a los revolucionarios del ayer. Revolucionarios en lo económico, reformadores en lo político, conservadores en lo antropológico. La fórmula misma nos dice ya que será mucho pensar para quien divide el espacio social con una simple recta que separa izquierda y derecha.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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