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UN PSC NACIONALISTA

sábado 30 de agosto de 2008, 23:11h
Hay quienes piensan que la total identidad entre el gobierno y el partido que lo sustenta no es del todo positiva. Esto significa una completa ausencia de contestación interna y de voces críticas que pongan el acento en los posibles fallos del poder ejecutivo. Por otro lado, no deja de ser totalmente normal que gobierno y partido vayan de la mano. Ocurría en el PP de Aznar, al que sus críticos acusaban de monolitismo, pero al que muchos atribuyeron como mérito el haber sido capaz de hacer creer a todo su partido en un proyecto común sin fisuras. No parece ocurrir lo mismo con el ejecutivo de Zapatero y el PSOE. Se habla mucho de los “socialistas catalanes”, pero quizá lo más correcto sería empezar a referirse a ellos como “el partido de los socialistas catalanes”. Y no porque sean una agrupación local dentro de un partido nacional. Tal afirmación, si alguna vez fue así, hace tiempo que dejó de ser cierta. El Partido Socialista de Cataluña –PSC- tiene identidad propia, intención de formar grupo propio en las Cámaras de representación nacional y sus propias ideas a la hora de abordar asuntos tales como el de la lengua o la financiación autonómica. Mucho propio y poco en común.

Montilla, presidente socialista de la Generalitat, ya ha manifestado que Cataluña "no aceptará un mal acuerdo" sobre financiación y que el Govern "no se levantará de la mesa" negociadora pero tampoco aceptará una imposición del Gobierno central”. “No se puede responder con imposiciones a las razones de Cataluña y no dejaremos que se haga", añadió el dirigente socialista, en referencia a su disparidad de caracteres con el vicepresidente económico del Gobierno, Pedro Solbes. Bastaba con echar una ojeada esta semana a la práctica totalidad de medios de comunicación catalanes, afines todos ellos al “tripartito”, para ver la satanización de Solbes en contraposición de Montilla, como paladín de los irrenunciables derechos económicos de los catalanes. El problema es que Montilla esgrimía como arma principal las contraprestaciones que le otorga un Estatut que nunca debió ni siquiera plantearse. Ha llegado la hora de que Zapatero empiece a pagar los votos que cosechó en Cataluña. Votos, muchos de ellos, de clara procedencia nacionalista. Quienes le votaron, puede que no lo hicieran sólo a su figura, sino a sus compañeros catalanes, sabedores de que éstos abogarían más por el Parlament que por el Parlamento. Se comportan como un partido nacionalista más, voraz y antipático. Quizá ahora Zapatero se de cuenta de que tiene al enemigo en casa. Enemigo de la estabilidad nacional y de las políticas de estado coherentes. Falta por ver si el resto de socialistas españoles ponen en vereda a sus compañeros catalanes. Caso contrario, el problema que empieza a gestarse –si es que no lo hizo ya hace tiempo- puede ser muy grave. Y no sólo en el PSOE: es un hecho que los grandes partidos españoles se están “confederalizando”. No pasaría nada, sino fuera porque ese no es el pacto constitucional ni el sentir de un 80% largo del electorado.

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