Por fin dos héroes como son Jorge Carrión en The New York Times (“Ideas para renovar el periodismo cultural”) y Nando Cruz en El periódico de Cataluña (“El botellón es cultura”) han abierto el melón de toda la cultura impresa nacional. El debate, planteado por el primero, a su aire, es si todos los suplementos españoles deben ir a rebufo como acémilas sordas de la industria editorial, artística o cinematográfica. El debate del segundo es hasta cuándo el periodismo cultural va a seguir prescindiendo de la calle, de la gente, de cómo todo gran movimiento cultural empezó ahí, en un botellón cualquiera, en el ocio más estricto, con cuatro perras, para ir creciendo desde abajo.
Pongamos un ejemplo literario, Pérez Reverte o Javier Marías sacan nuevo libro, empieza el runrún mediático, el tam-tam de las rotativas arruinadas, todas las cabeceras nacionales con el tambor, luego siguen las de provincias, el sonido acaba en las hojas parroquiales de cualquier aldea remota. ¿De qué no se dan cuenta? Que es información generalista, que todo eso ya entró por tierra, mar y aire, radios y televisiones, y que una vez mostrado en el papel es más antiguo que la pana. El suplemento, como una vez dijo Luis María Anson, debería “señalar el mérito allá donde se produzca”, y ello implica rebuscar, pico y pala, tajo y soldada, lo contrario es ser un vocero, puro paletismo, infantil, absurdo, mediocre, lamentable. Suplementos culturales que son octavillas comerciales, Carrefour del alma, Mercadona enlatada, caca de la vaca soberana, pasquines de caridad pública.
Lo que hay es el robo eterno, mientras la onda se propaga del centro del estanque (gran cabecera nacional) a la hoja parroquial entrañable (prensa local), todos roban a todos, copia y pega indiscriminado, y lo que al final llega al lector es lo de siempre, cata de aire acorralado, apenas una caricatura de lo que un día fue serio, letras del boca a oreja y poco más. De ahí que las editoriales independientes pasen de esa historia, y venda más un blog o un youtuber que no habla -perdonen la cursilería- de los valores de poder dominantes. Que hablan de lo bueno, que también es nuevo, pero no al revés. El periódico metido en la rotativa por la noche ya es antiguo según se mete, es antiguo leído a la mañana siguiente, y las nuevas generaciones hacen una peineta a la antigualla y no sueltan el euro y pico, cada vez más dos.
Los suplementos literarios, peto y espaldar del periodismo cultural, donde entra igual arte, música, teatro y cine, durante años no superaron el efecto pinza. El lector, por medio de pulgar e índice, pasaba las hojitas en bloque y sin leerlas, para seguir con deportes o el horóscopo erótico y resultón. ¿Por qué? El careto con el que amanecían era el de Vargas Llosa o cualquier otro, más repetido que la fabada entre tintorro campesino. Cansancio, hartazgo, paso del sermón, a otro con ese bolo, Manolo. Lo cultural, para ser intrépido, ha de ser desconocido, y lo generalista llega igual, porque la fama va por otros canales que están en el aire y no se apagan. El tam-tam, el runrún de los cuatro mosqueteros del alma mía, tiene las horas contadas. El lector demanda lo que no se sabe, y esto no puede ser lo visto en el Telediario. Carece del menor sentido. La genuflexión de los medios (“Vargas Llosa nos recibe”, “Reverte nos concede una entrevista”, “Javier Marías enseña su casa”) es lo más paleto de una España gruesa y en blanco y negro, toda ella con boina, chaleco y garrota mostrenca.
En una vieja presentación del último Premio Nobel español, Camilo José Cela, el director editorial de turno, gomina y cuatro luces, mucha hambre de flash, se refería al libro de forma recurrente como “el producto”. Su discurso, la perorata, era “el producto”, ni refería siquiera el título o género (“la novela”). Cela frenó en seco al exclamar con su vozarrón de oro, chorro de luz gallego: “El producto es un cartón de leche”. Toda esa cultura industrial de querer vender libros y discos como chorizos, cartones de leche, productos manufacturados y en serie, solo lleva a la desafección del que está al otro lado, ni asiente ni niega, pasa y no lo compra. Es buzoneo. Cada vez el lector (cultural o no) lo siente como tal. Se aleja de lo presencial, deserta de los acontecimientos, suena a enlatado, falta nervio, perora en el erial chatarrero, todo el mundo lo manda a tomar por el culo, ni lo quieren para envolver el pescado fresco de la mañana. Vizcaíno Casas o Vázquez Figueroa salieron jamás en ningún suplemento cultural, y vendieron entre tres y cinco millones de libros (Figueroa muy leído en las cárceles).
Queridos periodistas culturales: se os ve la boina, no tenéis ganas de trabajar, no sentís ni probáis lo que vendéis, y eso de enfriar el vino o no beberlo a la hora de despacharlo, cada vez se nota más. Rebuznáis por escrito pero el alarido tampona los oídos desde la yema de los dedos sucios. Y curiosamente los grandes –de los que habláis- van por otro lado: Anson puso de moda una novelita (Panza de burro) de una chica desconocida, Vargas Llosa habla de lo que está leyendo en sus misivas, Javier Marías reseña muchos títulos de editoriales independientes (Libros del Asteroide, etc.). Ver a Macario (sin José Luis Moreno) o a Paco Martínez Soria hacer Alta Filología Española es depresivo. Mejor un cubalibre.